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Todos van a Cadaqués, pero pocos conocen el pueblo de Girona amurallado sobre un promontorio y rodeado de arrozales: un centro histórico medieval de piedra, junto a una llanura de humedales

Un paisaje que cuenta la historia de un cultivo que tiene más de seis siglos de antigüedad. 

Pals, el pueblo medieval de Girona rodeado de un mar de arrozales

Pals, el pueblo medieval de Girona rodeado de un mar de arrozales / Istock / Alex Salcedo

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Hay un pueblo en Girona situado sobre una colina o promontorio que presume de tener un conjunto medieval muy bien conservado, con el núcleo histórico parcialmente rodeado por las antiguas murallas. Lo más interesante y que muy poca gente conoce es que desde su parte alta se domina la llanura del Empordà, donde se encuentran los arrozales de Pals, una de las zonas arroceras más importantes de Cataluña. Y es ahí donde vamos.

Pals es un cuento medieval.

Pals es un cuento medieval. / Istock / Sue Martin

Pals, situado en el corazón del Baix Empordà (o Bajo Ampurdán), en el interior de la provincia de Girona, es uno de los pueblos más bonitos de la Costa Brava. Y decimos Costa Brava porque, aunque el pueblo está en el interior de la provincia, el término municipal sí está bañado por el mar.

Parece un palacio y tiene jardines secretos: el pueblo que nadie conoce oculta el castillo más bonito de España

Adriana Fernández

Entre el mar, las marismas y la montaña

La playa está a unos cinco kilómetros y, lo más curioso es que no tiene (casi) nada que ver con las calas recónditas y secretas que salpican la Costa Brava y que cualquiera puede tener ahora mismo en la cabeza: esta es larga y ancha, un inmenso arenal de más de tres kilómetros, abierto al mar y con dunas protegidas, donde el viento (a veces Levante, otras Tramuntana) suele hacer buena compañía. Eso la convierte en un lugar ideal para la práctica de deportes náuticos y de vela.

Pals y el Mediterráneo al fondo.

Pals y el Mediterráneo al fondo. / Istock

Es el núcleo medieval de Pals lo que realmente atrae viajeros y el lugar que todos quieren visitar a este lado de la Costa Brava. Y es que se trata de un pueblo que conserva un extraordinario conjunto de calles empedradas, casas de piedra, arcos y elementos de la antigua ciudad fortificada. La Torre de les Hores, una torre románica del antiguo castillo, es posiblemente su imagen más reconocible.

Pals también tiene playa.

Pals también tiene playa. / Istock

Un arroz con siglos de antigüedad

Y luego están los arrozales. A los pies de la colina sobre la que se levanta el pueblo de Pals, se extiende la llanura de inundación del río Ter y del Daró, donde se cultiva arroz desde hace siglos. Es un paisaje sorprendente porque normalmente asociamos Pals con el Mediterráneo y, sin embargo, desde el pueblo se contempla una enorme extensión de campos de arroz.

Y es que, aunque muchos piensan que Pals vive solo de su belleza arquitectónica y su pasado medieval, la realidad es que el arroz forma parte de su identidad gastronómica y agrícola, hasta el punto de que existe el Arroz de Pals, ligado a la tradición arrocera de esta zona del Baix Empordà, en ese paisaje que forman el Parque Natural del Montgrí, las Illes Medes y el Baix Ter, desde que se tiene memoria.

El paisaje de arrozales que rodea el pueblo desde la llanura, cuenta la historia de un cultivo documentado desde el siglo XV. De hecho, existe constancia de un molino de arroz fechado en 1452, que todavía se conserva, aunque la historia del arroz de Pals tuvo un importante paréntesis.

Cultivo con identidad propia

Durante los siglos XVIII y XIX, el arroz llegó a convertirse en un problema sanitario: los campos inundados se asociaban a enfermedades y epidemias. Las protestas de los campesinos y la preocupación por la salud pública acabaron provocando que en 1838 una Real Orden prohibiera el cultivo del arroz en la zona, lo que llevó al arroz de Pals a la extinción casi por completo.

Fue a comienzos del siglo XX cuando se volvió a impulsar su cultivo gracias a un emigrante gerundense que llegó de Cuba y se hizo con unos terrenos en la zona. A partir de 1908 impulsó de nuevo su cultivo y su producción, que alcanzó su esplendor durante la posguerra y hasta mediados del siglo XX. Y aunque hoy en día el turismo es el principal motor económico de la zona, su cultivo nunca ha llegado a desaparecer, convertido ya en parte de la identidad de Pals. Y de la Costa Brava.