El bosque de León donde se esconde una bruja buena
En Faedo de Ciñera no sólo encontramos ecos de leyenda sino la belleza cromática de la temporada otoñal.

Érase una vez un bosque en el que descansa una bruja buena, oculta entre las copas de los árboles. Un hayedo diminuto con un arroyo saltarín, que aparece y desaparece. Unos troncos centenarios en cuyas hojas explosiona el otoño cromático. Érase una vez un cuento convertido en leyenda. Una bonita fantasía cargada de realidad.

Este bosque se llama Faedo de Ciñera y está emplazado en la cuenca del Alto Bernesga, en las estribaciones de la Cordillera Cantábrica, a 40 kilómetros de la capital de León. Descubrirlo, especialmente en esta época del año, es empaparse de historias verdaderas e imaginadas.
Cuento infantil
A caballo de la realidad y la inventiva está la bruja, llamada Haeda, a la que físicamente se ve posada sobre un árbol gigantesco y a la que los niños buscan entre las ramas retorcidas como quien busca la rana en la Universidad de Salamanca. Una bruja que nació de la pluma de Josefina Díaz del Cuadro, una vecina del lugar que escribió un cuento para su nieta.

En él narraba la historia de Haeda, que gozaba de poderes sobrenaturales, que le habían sido otorgados por el demonio solamente para hacer el mal. Si, por el contrario, hacía con ellos el bien, recibiría el castigo de morir, después de consumirse poco a poco. Una imposición que la bruja decidió incumplir a riesgo de desaparecer: cuando vio a una familia luchar contra la nieve y a la ventisca, decidió arrancar las piedras de la montaña y prender una hoguera gigantesca para resguardarlos del frío.
Es así como la bruja buena pereció a la sombra del Faedo, dejando, cuenta la leyenda, mechones de pelo blanco entre las hayas. Hay quien dice que el carbón que se encuentra en las entrañas (la hulla que dominó el pasado minero de esta comarca se siente bajo los pies que avanzan en la hojarasca) no es otra cosa que los restos carbonizados de las rocas incendiadas. Lo que sí es cierto es que, desde entonces, nunca más los niños pasaron frío por las noches.

Un haya de 510 años
Más allá de los ecos de leyenda, este bosque que ha sobrevivido a la tala de la madera, a los incendios y al impacto ambiental de esta mina de carbón a cielo abierto, encierra una incomparable belleza otoñal. La vista se pierde en una paleta de colores imposibles, mientras el olfato percibe el aroma de la tierra húmeda y al oído llega un silencio absoluto, tan solo roto por el rumor del agua.
Tarde o temprano, el sendero que culebrea entre los árboles conduce hasta Fagus, un haya de 510 años que ha sido declarada árbol monumental. Con su tronco de 6,5 metros de diámetro y su aspecto fantasmagórico, está también catalogado como uno de los cien ejemplares más singulares de España.
Después, una vez que el bosque termina de repente junto a las paredes de roca, la pasarela se adentra por un cañón, provocando un giro en el paisaje. Ahora es la piedra la que domina el horizonte a lo largo de un estrecho desfiladero. Son las Hoces de Villar, originadas por el arroyo del mismo nombre, aquí donde antaño hubo un puente precario en el que murieron algunos mineros.
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