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Bécquer dijo que este lugar tenía “una melancólica belleza que impresiona profundamente”, y no exageraba: tiene el monasterio medieval más bonito de España, convertido en refugio de artistas

Un lugar que estuvo a punto de desaparecer por abandono en el siglo XIX hasta que llegaron los artistas.

Monasterio de Veruela, un templo medieval a los pies del Moncayo que se convirtió en refugio de artistas románticos

Monasterio de Veruela, un templo medieval a los pies del Moncayo que se convirtió en refugio de artistas románticos / Istock / Curto

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Hacia mediados del siglo XII comenzó a construirse en los campos de Aragón una abadía que acabaría siendo todo un icono para la arquitectura medieval; y es que, una vez finalizada, se convirtió en el primer monasterio cisterciense de Aragón. Los monjes lo habitaron hasta mediados del siglo XIX, pero al llegar la desamortización, lo abandonaron, permitiendo que otros tomaran el relevo.

No es de extrañar que los poetas románticos quisieran vivir aquí

No es de extrañar que los poetas románticos quisieran vivir aquí / Istock

Fue entonces cuando el flamante monasterio de Veruela, en la provincia de Zaragoza, se convirtió en refugio perfecto de artistas que buscaban un lugar de calma e inspiración y puede que Gustavo Adolfo Bécquer fuera uno de los más conocidos. Pero empecemos por el principio.

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Un monasterio medieval a los pies del Moncayo, el pico más alto de esa cadena montañosa de unos 15 kilómetros de largo que se extiende entre las provincias de Zaragoza y Soria. El templo medieval está justo ahí, en Vera de Moncayo, en Zaragoza, prácticamente entre las faldas del pico y la comarca del Campo de Borja.

Detalle de arco con pinturas en el claustro.

Detalle de arco con pinturas en el claustro. / wikicommons / ecelean

Primer monasterio cisterciense de Aragón

Se empezó a construir hacia 1145-1146 y cuando se terminó se convirtió en el primer monasterio cisterciense de Aragón, título que elevó su protagonismo y su importancia frente a otros templos medievales levantados en la época. Y aunque arquitectónicamente pueda parecer que se trata solo de una iglesia bonita más, en realidad esconde un auténtico complejo monástico medieval.

Un gran complejo monástico rodeado de un kilómetro de muralla medieval

Un gran complejo monástico rodeado de un kilómetro de muralla medieval / Istock

Entre los aspectos más interesantes se encuentra la muralla, de aproximadamente un kilómetro de longitud, que servía para dar cobijo a los monjes y todo su universo, donde todavía se conserva el antiguo molino que abastecía el huerto; la iglesia, extraordinariamente sobria a pesar de su descomunal tamaño; el claustro gótico levantino, probablemente el espacio más fotogénico del conjunto; la sala capitular, con sus bóvedas de crucería y el antiguo calefactorio, o lo que es lo mismo: la única dependencia ‘climatizada’, de ahí el nombre.

El día que Bécquer llegó al monasterio

La comunidad de monjes permaneció en el monasterio hasta la desamortización, o lo que es lo mismo, hasta 1835. Ese fue el año en el que los monjes lo abandonaron para siempre y aunque podría haber caído en el olvido (se sacó incluso a subasta y estuvo a punto de desaparecer), contra todo pronóstico volvió a ver la luz gracias a unos cuantos románticos que lo eligieron para vivir en él.

Interior del Monasterio de Veruela

Interior del Monasterio de Veruela / wikicommons / ecelean

En 1863 llega el poeta Gustavo Adolfo Bécquer acompañado de su hermano Valeriano. Y, como pasaba con los viajeros de la época, no lo hacían por turismo sino buscando un lugar donde recuperarse de un estado de salud enfermo, y deciden instalarse durante temporadas. El resto, es historia, porque el paisaje del Moncayo y la propia atmósfera del monasterio terminan impregnando su obra.

Es allí donde escribe las ‘Cartas desde mi celda’, y buena parte de las leyendas que escribió están relacionadas con los paisajes del Moncayo. Fue precisamente en esa publicación, en la primera carta, donde puede leerse una frase que resume como ninguna otra la majestuosidad del lugar que tanto le impresionó y que le invitó a quedarse. “En el fondo de este valle, cuya melancólica belleza impresiona profundamente, cuyo eterno silencio agrada y sobrecoge a la vez…”. Nada más que añadir.