Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Badajoz, la tierra de los placeres sencillos

Serranías, castillos, pueblos blancos y dehesas interminables desfilan por el territorio que ocupa el sur de Badajoz en las inmediaciones de Tierra de Barros y Sierra Suroeste. Un rincón alejado de la urgencia del mundo, en el que emociona la calidez de sus gentes y el paladar se lleva la recompensa del exquisito oro pata negra.

Dehesa extremeña.

Dehesa extremeña. / Cristina Candel

Hay en el sur de Extremadura un territorio en el que la vida gira en torno a las labores del campo, en el que los pueblos sostienen el peso de la historia y en el que el alma regresa de manera inconsciente a las pequeñas cosas, a los placeres sencillos, a los sabores de siempre. En estos parajes discretos y silenciosos, el propio olvido ha resguardado la esencia más auténtica. Aquí lo que apetece es escuchar el rumor de los arroyos, aspirar el aroma de las retamas que amarillean los prados, escudriñar el suelo en busca de espárragos silvestres o, simplemente, sentarse a la sombra de un alcornoque y dejar que la tarde se estire sin urgencia.

A caballo por los alrededores de Fregenal de la Sierra.

A caballo por los alrededores de Fregenal de la Sierra. / Cristina Candel / Cristina Candel

Es este un viaje conectado con lo más profundo de la tierra. Una ruta por los últimos confines de Badajoz, ya en los lindes de Andalucía, allí donde lo autóctono pervive a espaldas del tiempo y la calma es un bálsamo contra este mundo acelerado. Entre onduladas serranías, almendros en flor, dehesas infinitas y castillos enseñoreados sobre los valles, emprendemos un recorrido geográfico y emocional por un lugar que además hace del pata negra su más sabroso emblema. Aquí, como en el norte de la vecina Huelva, se presume de producir y curar el mejor jamón ibérico del mundo.

Vista de Zafra.

Vista de Zafra. / Cristina Candel / Cristina Candel

Desde las planicies rojizas de Tierra de Barros, con sus desoladas llanuras cerealistas que dan paso a océanos de viñedos y olivares, hasta Sierra Suroeste, el reino absoluto de las dehesas, enmarcadas en el horizonte por la Sierra Morena. Desde los blancos caseríos, ambicionados por los caballeros del Temple y revestidos de mudéjar y barroco, hasta el solitario monasterio de Tentudía, arropado por masas boscosas. Es también un rincón por el que transita la Vía de la Plata, la ruta imperial que unía el oeste de la Península de sur a norte. Esta vieja calzada, que atesora entre sus losas desgastadas el espíritu viajero en los albores de la civilización (y que hoy se ha transformado en una de las grandes rutas senderistas de España), todavía asoma de trecho en trecho en su estado primigenio, tal y como la pisaron los romanos.

Maestro cortador Pepe Alba junto al embalse de Nogales.

Maestro cortador Pepe Alba junto al embalse de Nogales. / Cristina Candel

En Zafra, una de las ciudades más hermosas de la provincia, arranca esta mañana primaveral en la que el aire huele a bollo recién horneado y desde la Plaza Grande apenas se escuchan las campanas de la Iglesia de la Candelaria entre el choque de las tazas del desayuno. El sol se empeña en colarse entre las nubes, sobre los tejados planea una cigüeña despistada y todo en este porticado conjunto renacentista, con sus solemnes soportales y sus casas enjalbegadas, destila un aire muy andaluz. Será por eso por lo que a esta localidad la llaman “Sevilla la chica”, aunque bajo su entramado de calles floridas y balcones con barandillas de forja enseguida lograremos apreciar el más puro sabor extremeño. Unida a ella está la Plaza Chica, donde sorprende un detalle tan nostálgico como la vara castellana de 83 centímetros, labrada en un pilar, que servía a los comerciantes para medir sus transacciones. Y es que ambas plazas son un tradicional lugar de mercado en una ciudad donde la posición geográfica ha impulsado un carácter comercial desde finales de la Edad Media. “La Feria de Ganado de San Miguel gozó del favor real en el siglo XV y desde entonces se sigue celebrando en torno al 29 de septiembre”, cuenta Sara Rodríguez, especialista en historia de la región, aunque enseguida aclara que hoy es mucho más que una de las citas agrícolas y ganaderas más importantes de Europa: “Es nuestra fiesta por antonomasia, con pabellones y casetas animadas con música en las que comer, beber y bailar hasta que el cuerpo aguante”.

Jerez de los Caballeros.

Jerez de los Caballeros. / Cristina Candel

No será la única ocasión en la que este municipio muestre una vena festiva que a menudo se manifiesta en los arraigados encuentros familiares, con los que se fortalecen unos lazos que, calladamente, pugnan por mantener vivas las costumbres ancestrales. También hay fiesta a principios de noviembre en lo que llaman el Chess and Cheese, un curioso evento gastronómico y deportivo, en el que se combina la Feria del Queso Artesano con un prestigioso torneo de ajedrez que rinde homenaje al que está considerado el primer campeón oficioso del mundo en esta materia: Ruy López, un clérigo y humanista nacido en Zafra en el siglo XVI, que exhibió su maestría en la corte de Felipe II y dejó para la posteridad la famosa Apertura Ruy López (también llamada Apertura Española), que es una de las más jugadas y analizadas de la historia.

Segura de León.

Segura de León. / Cristina Candel

Corazón dulce

La Plaza Grande y la Plaza Chica son el corazón de la vida cotidiana, en cuyas terrazas los lugareños comentan las inclemencias del clima que tanto inciden en los quehaceres del campo. Este año, por suerte, las lluvias han sido generosas, según se escucha desde la mesa de al lado, repleta de vinos y tapas de chacinas. Pero hay que perderse por las callejuelas inmaculadas para descubrir joyas como el Ayuntamiento, la Casa del Ajimez o el Convento de Santa Clara, en el que de pronto nos invade el aroma a anís que emana del interior, donde las monjas elaboran dulces desde tiempo inmemorial. Perrunillas, roscos de yemas, aceitados y corazones de almendra, que despachan a través de un torno que les impide ser vistas. Una imagen que contrasta en el exterior con la ajetreada calle Sevilla, la arteria más comercial, siempre atestada de gente.

Embalse de Nogales.

Embalse de Nogales. / Cristina Candel

“Estamos felices, pero sin queso.” En el paseo nos sorprende este cartel de la quesería Jarropa y Sita, que tiene su razón, lo sabremos después, en que uno de sus productos ha sido condecorado como el Mejor Queso de España en 2025. Su joven artífice, Remedios Carrasco, se encuentra desbordada ante tanta demanda, pero aun así nos dedica unos minutos para contarnos que se trata de Jabaíno, elaborado con leche cruda de cabra y corteza de carbón. Tarde o temprano, nuestros pies dan con el gran hito monumental: el alcázar de los duques de Feria, hoy reconvertido en Parador, que, pese a mantener su imponente torre almenada y sus torres circulares en las esquinas, luce un aspecto más palaciego que militar. “Al principio se le llamó Parador de Hernán Cortés porque cuentan que aquí se alojó el conquistador extremeño antes de partir a las Américas”, señala Sara mientras recorremos sus estancias: el patio renacentista proyectado por Juan de Herrera, los interiores con bonitos artesonados, el jardín a la sombra de naranjos y laureles. Ya desde la torre más alta apreciamos las vistas de los alrededores: los llanos abrasados por el sol que, poco a poco, van ganando en altitud y frondosidad.

Queso Jabaíno de la quesería Jarropa y Sita de Zafra.

Queso Jabaíno de la quesería Jarropa y Sita de Zafra. / Cristina Candel

La comarca de Tierra de Barros, que debe su nombre al tono de su suelo arcilloso, cuenta en sus inmediaciones con encantadoras villas como Puebla de Sancho Pérez, con su Ermita de Belén adosada a la Plaza de Toros; o Calzadilla de los Barrosretablo gótico en la Iglesia de San Salvador; o Fuente de Cantos, el pueblo natal de Francisco de Zurbarán, el pintor del Siglo de Oro. También cuenta con la majestuosidad de Feria, que se extiende sobre una ladera y culmina en un castillo que dio origen a uno de los señoríos más poderosos de Extremadura. Nuestra ruta, sin embargo, enfila hacia Sierra Suroeste, donde el paisaje da un giro inesperado. Es aquí donde descansa la mayor extensión de dehesas del mundo.

Los reyes de la dehesa

“Este ecosistema no es cien por cien natural, sino que, siglos atrás, fue intervenido por la mano del hombre, que lo clareó para una mejor explotación.” Así lo explica Pepe Alba, un cortador profesional de jamón con el que emprendemos una suerte de safari por este bosque de encinas y alcornoques que, en esta primavera reventona, luce tapizado de flores. Margaritas, lavandas, lirios silvestres y unos fragantes racimos blancos a los que llaman pan y quesito colorean los pastos rebosantes de bellotas, mientras, al fondo, una sinfonía de gruñidos anuncia la proximidad a los reyes de la dehesa.

Cerdos ibéricos en Salvatierra de Barros.

Cerdos ibéricos en Salvatierra de Barros. / Cristina Candel

Ahí aparecen, torpes y juguetones, disputándose ese fruto que dará calidad al manjar más universal y emblemático de nuestra gastronomía: el jamón ibérico. “Los pueblos de la zona están consagrados a esta raza de cerdo que, en lo que llaman la montanera o periodo de alimentación natural, pasará de pesar unos 90 kilos a alcanzar, de media, unos 160”, cuenta Pepe, responsable también de actividades de jamónturismo “que acercan al público los procesos de elaboración del jamón, desde la fábrica hasta el campo, donde se remata con una degustación de exquisitos productos”, añade.

En este punto nos encontramos. Un pícnic a la orilla del embalse de Nogales, donde Pepe ha desplegado todo un repertorio de ibéricos cien por cien de bellota: jamón y lomo, claro, pero también salchichón, chorizo, morcón y panceta, acompañados de un buen aceite de oliva y regados con vino de pitarra. Hay un silencio casi denso, tan solo alterado por el canto de los mirlos, las nubes avanzan en el espejo del agua y la tarde invita a exprimir el preciado placer de no hacer nada. Pero tenemos que partir porque nos espera otra de las visitas más interesantes de Badajoz.

Cortijo Boutique Acepados.

Cortijo Boutique Acepados. / Cristina Candel

Jerez de los Caballeros aparece con su blanca fotogenia, ribeteada por cuatro torres que apuntan al cielo inalcanzable. Aparece con su arquitectura medieval, su sinuoso trazado de origen islámico y su exuberante sucesión de muestras del barroco que le han llevado a ingresar, justo el pasado año, en el club de los Pueblos más Bonitos de España. Un pueblo que es Extremadura pura, con su gente a la fresca, sus animadas tabernas y el rastro de aquellos conquistadores que, pese a ser de tierra adentro, se lanzaron al mar para escribir nuevos capítulos en la historia. Aquí, en una casa solariega reconvertida en museo, vino al mundo en 1475 Vasco Núñez de Balboa, descubridor del océano Pacífico.

Alfarería y Cerámicas Gallardo en Fregenal de la Sierra

Alfarería y Cerámicas Gallardo en Fregenal de la Sierra / Cristina Candel

Pasear por Jerez, siempre a la sombra de estas cuatro torres que son una virguería de ladrillo, yeso y barro vidriado, es descubrir un catálogo de conventos, palacios y casonas nobles, presidido por el castillo de los templarios, a quienes la localidad debe su apellido y su porte señorial. Estos monjes-guerreros, que velaron por la cristiandad durante las Cruzadas, hicieron del lugar un baluarte inquebrantable, como muestra la fortaleza con otra torre, la del Homenaje, sobre la que pesa una leyenda sangrienta.

Pero aquí lo suyo es fundirse con la vida local. Tomar el aperitivo en la Plaza de España y darse un homenaje de delicias extremeñas (migas, caldereta de cordero, espárragos, setas, gurumelos…) en alguno de sus restaurantes. O, los más golosos, acercarse al Obrador de Paqui, donde se elaboran los dos dulces típicos del pueblo: los pestiños, de masa fría pasada por miel, y el bollo turco, que mantiene la receta templaria a base de almendra, huevo, azúcar y limón. “Soy feliz cuando quienes lo prueban me dicen que les evoca la infancia”, nos cuenta la propia Paqui, después de agasajarnos con todo un repertorio deliciosamente calórico.

Arco de Jerez en Zafra.

Arco de Jerez en Zafra. / Cristina Candel

Es esta calidez de las gentes, esta generosidad espontánea y desinteresada, la que hace sentir como en casa. Lo comprobamos también en Fregenal de la Sierra, el siguiente pueblo al que nos dirigimos abriéndonos paso entre las dehesas y con Sierra Morena ya como telón de fondo. Otra bonita villa, que tuvo el honor de instalar la primera línea telefónica del país, y en la que, junto a sus ornamentadas iglesias y casonas nobles, destaca el peculiar conjunto que conforma la fortaleza con una plaza de toros y un mercado de abastos en su interior.

El monasterio de la leyenda

¡Santa María, detén tu día! Esta fue la súplica del monje Pelayo Pérez Correa mientras libraba un cruento combate para expulsar a los musulmanes de la zona y ante el miedo de que cayera la noche y no pudiera derrotar al infiel. Y entonces la virgen detuvo el sol, los cristianos ganaron la batalla y en agradecimiento se levantó un templo que recordaría siempre este milagro (de-Ten-tudía). Así narra la leyenda del sol parado el origen de lo que hoy es un monasterio gótico-mudéjar que también da nombre a la sierra en la que se yergue, ideal para explorar a caballo. Un soberbio conjunto en el que destaca la belleza del claustro y el retablo de azulejos de Niculoso Pisano, uno de los más significativos del Renacimiento español. Hasta Alfonso X el Sabio retrató este lugar en una de sus Cantigas.

También lo comprobamos en Monesterio, donde, además de detenernos en el interactivo Museo del Jamón, descubrimos la maravilla de Acepados, un cortijo boutique perdido en una finca gigantesca de olivos y de alcornoques, en el que el lujo es la naturaleza que se cuela por las estancias. Un lugar para, definitivamente, apearse del mundo y quedarse en estas tierras extremeñas tocadas por el arte de los placeres sencillos.