Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Astorga, el sueño interrumpido de Gaudí

Cruce de Caminos de la ruta jacobea y la Vía de la Plata, Astorga custodia una de las obras menos conocidas de Gaudí: un palacio con aire de castillo de cuento que dejó a medio construir. Cuando se cumple el centenario de su muerte, recorremos esta ciudad bimilenaria donde conviven vestigios romanos, arrieros de leyenda y una de las tradiciones chocolateras más antiguas de España.

Una de las obras inacabadas más espectaculares y menos conocidas de Gaudí.

Una de las obras inacabadas más espectaculares y menos conocidas de Gaudí. / Istock

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google

Todo comenzó con un pavoroso incendio. En 1886, las llamas devoraron el palacio episcopal de Astorga y el entonces obispo, Juan Bautista Grau y Vallespinós, natural de Reus, eligió a un paisano para levantar la nueva sede episcopal: un joven llamado Antoni Gaudí. Hay quien dice que el obispo estaba obsesionado con la capilla que el arquitecto había diseñado para el colegio de las Teresianas en Barcelona; lo que es seguro es que Grau y Gaudí forjaron una amistad que cambió para siempre el skyline de Astorga. En 1888, el genio catalán llegó a la capital maragata para conocer el solar; al año siguiente, en 1889, coincidiendo con la onomástica del obispo, se colocó la primera piedra de un edificio que hoy se considera uno de sus alardes constructivos más audaces. El arquitecto quiso contar con artesanos del territorio —cerámicas de la Tierra de Jamuz, granito del Bierzo y pizarra de Valdeorras— para crear una obra arraigada en la región. “Gaudí desplegó aquí un juego entre la espiritualidad y la geometría, pero también hizo hincapié en el respeto por los oficios locales”, explica Víctor Murias, director del palacio desde hace más de una década. El resultado, sin embargo, desconcertó a muchos. El Palacio de Gaudí, entre la catedral y las murallas romanas, es un espejismo de granito gris en mitad de la ciudad bimilenaria, cuyas formas le confieren un aire de fantasía, de castillo de cuento de hadas. Así que no es extraño que muchos mostraran su rechazo a esta maravilla neogótica, una de las tres únicas obras que el catalán realizó fuera de su tierra.

Plaza del Ayuntamiento de Astorga, León

Plaza del Ayuntamiento de Astorga, León / Javier García Blanco

Cuando el obispo murió en 1893, la relación entre Gaudí y la nueva junta diocesana se deterioró sin remedio. El arquitecto abandonó el proyecto —algunos dicen que no quería terminarlo sin su amigo— y las obras no finalizaron hasta años después, de la mano de Ricardo García Guereta. La huella de ambos es visible: las dos primeras plantas, las de Gaudí, hacen gala de una exuberancia decorativa que la planta superior, mucho más sobria, no es capaz de igualar.

Astorga Casa Panero

Astorga Casa Panero / JAVIER GARCIA BLANCO

El centenario de la muerte de Gaudí, que se cumplió el pasado 10 de junio, ha servido para llevar a cabo una transformación profunda del palacio y su entorno. El foso se ha musealizado e incorporado a la visita, los jardines se han renovado siguiendo la idea original de Gaudí y se ha incorporado una nueva iluminación que envuelve al edificio y justifica una visita en horario nocturno. Hay también un nuevo recorrido, El Palacio Escondido, que permite acceder, mediante un ascensor, a las terrazas del edificio, un rincón que regala una de las mejores vistas de la vecina catedral, las murallas y el centro histórico de la ciudad.

Astures y romanos

Todo empezó en 1986, cuando la ciudad celebró los 2.000 años de su fundación. Aquel acto conmemorativo fue el germen de lo que hoy constituye una de las celebraciones más singulares de España: Astures y Romanos, declarada Fiesta de Interés Turístico Regional en 2011. Cada año, a finales de julio, la capital de la Maragatería cambia su rostro. En el parque del Melgar se levanta un campamento en el que se cruzan tribus astures y tropas romanas, con una participación vecinal que roza el 20 % y el fin de recrear con rigor las guerras astur-cántabras y la fundación de Asturica Augusta. Incluso las monedas son de época: astures y romanos acuñan las suyas, y algunos comercios incluso las aceptan como pago. Entre los eventos más esperados están la Marcha de Fuego —un desfile nocturno con antorchas que da inicio a las celebraciones—, el Desfile de Recibimiento del César o el Gran Circo Astur-Romano, que congrega a miles de espectadores.

Dos mil años bajo los pies

Antes de Gaudí, mucho antes incluso que la catedral, hubo aquí una Urbs Magnífica, como la llamó Plinio el Viejo. El origen de Astorga se remonta al campamento de la Legio X Gemina que, sobre el 19 a. C., se asentó en un cerro que domina la confluencia de los ríos Tuerto y Jerga, con la mirada puesta en las valiosas minas de oro de Las Médulas. Medio siglo más tarde, aquel puesto militar se había convertido en Asturica Augusta.

Astorga Catedral

Astorga Catedral / JAVIER GARCIA BLANCO

Hoy, cada vez que se escarba en el subsuelo de la ciudad, aparecen vestigios de aquel pasado. La mejor forma de recorrer esa Astorga que hablaba latín pasa por realizar la ruta guiada que parte del Museo Romano, instalado en la Ergástula, una galería abovedada que, se cree, pudo servir de cimiento para el altar del culto imperial. El recorrido conduce por los fosos del campamento, las cloacas, las termas, las murallas y una lujosa domus con un mosaico espléndido, adornado con un oso y varios pájaros.

Con el paso de los siglos, Astorga asistió a la aparición de otro de sus hitos: la catedral de Santa María. Primero hubo un templo primitivo; después, otro de estilo románico y, a partir de 1471, el actual, un edificio cuya construcción se demoró tres siglos y que hoy acumula distintos estilos con una naturalidad insólita. Su fachada occidental es un espectacular retablo de piedra barroca que deja boquiabiertos a los peregrinos. En el interior destacan el retablo mayor de Gaspar Becerra —obra cumbre del manierismo hispano— y una sillería de coro con tallas de una delicadeza admirable. Fuera, en lo alto del ábside, se divisa la figura de Pedro Mato, un maragato que monta guardia desde el siglo XVIII. Cuenta la leyenda que, durante el asedio napoleónico, los franceses lo confundieron con un vigilante de carne y hueso y le dispararon: parte de la escultura se desprendió y mató a uno de los invasores.

Astorga Palacio Episcopal Gaudí

Astorga Palacio Episcopal Gaudí / JAVIER GARCIA BLANCO

Manjares maragatos

Si la historia monumental de Astorga deslumbra, la cotidiana no le va a la zaga. Para entenderla hay que fijarse, precisamente, en los maragatos, esos arrieros legendarios que durante siglos tejieron con sus recuas de mulas una red de transporte entre las costas gallegas y las ciudades de la Meseta. “Son tan nómadas y errantes como los beduinos, sin más diferencia que llevan mulas en vez de camellos”, resumió el hispanista británico Richard Ford, que se cruzó con ellos en sus viajes por España.

Fueron esos arrieros quienes sembraron una industria que acabaría definiendo a Astorga. Alfredo Cabezas, cuyo abuelo Lorenzo fundó Chocolates La Cepedana en 1903, lo cuenta con la memoria intacta: “Los arrieros maragatos trajeron el grano de cacao desde Galicia y se empezó a elaborar chocolate entre pequeños artesanos”. En un listado de 1942, en el partido judicial figuraban unas 40 industrias chocolateras y en toda la provincia, cerca de 65. “Hoy quedamos dos”, reflexiona Alfredo. La Cepedana es hoy cooperativa, gestionada por dos empleados de Alfredo que llevan dos décadas al frente de la fábrica. La memoria chocolatera de la ciudad puede explorarse también en el Museo del Chocolate, instalado en el palacete modernista que el industrial Magín Rubio se hizo construir en 1910. Pero la gastronomía astorgana va mucho más allá del chocolate. Astorga es tierra de deliciosas mantecadas, de cecina curada al frío de la sierra y, sobre todo, de cocido maragato: un plato humilde en origen que se toma “al revés”—primero, las carnes; después, los garbanzos con berza, y al final, la sopa—. Para probarlo en su versión más auténtica hay que acercarse a Casa Juan Andrés, en Castrillo de los Polvazares, un bellísimo pueblecito de calles empedradas y casonas de grandes portones que conserva como ningún otro la arquitectura arriera y que inspiró a Concha Espina su novela La esfinge maragata.

Astorga Palacio Episcopal Gaudí

Astorga Palacio Episcopal Gaudí / JAVIER GARCIA BLANCO

De vuelta a Astorga, el legado de Gaudí no se agota en el palacio. En el tramo del Camino de Santiago que lleva a la ciudad, el escultor Amancio González ha creado varias obras que dialogan con la historia y el carácter de la ciudad; una de ellas es un dragón de acero que fusiona los motivos gaudianos del parque Güell y el palacio Botines. “La idea era recordarle al peregrino que se encuentra en una ciudad Gaudí y, al mismo tiempo, que el mal siempre está al acecho”, explica González junto a la pieza.

Astorga Ruta Romana

Astorga Ruta Romana / JAVIER GARCIA BLANCO

Una huella que sigue viva

La capital maragata es también una ciudad decorada con grandes murales —obra del artista David Esteban (DA2.0)— que evocan facetas de la ciudad: las mantecadas, la Guerra de la Independencia, la cecina… y por supuesto, Gaudí, que aparece junto al palacio que nunca terminó.

Y en la Chocolatería La Cepedana, la silueta del edificio sirve de molde para unas tabletas que convierten en chocolate lo que Gaudí imaginó en piedra. A solo unas calles de allí, la Casa Granell, construida en 1915 para una familia de industriales del chocolate, añade otra pincelada modernista a una ciudad que, bajo su apariencia de lugar de paso, lleva más de dos mil años sorprendiendo a quien se detiene a mirarla.