Así viven en Almería Western: el lejano Oeste... sin salir de España

Los vecinos del desierto de Tabernas han vivido grandes duelos al amanecer gracias a los spaghetti westerns

Matteo Fagotto
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Foto: Matilde Gattoni

Los desgastados paneles de madera crujen bajo los pesados pasos de Rafael Molina mientras camina por el saloon bar. Fuera, resuena a lo lejos el sonido de unos caballos al galope, quebrando el silencio del entorno desértico. Las tiendas vacías y los almacenes abandonados de la ciudad del Viejo Oeste parecen haber sido saqueados por una banda de bandidos. “Cuando era niño solía soñar con todo esto”, reflexiona con un orgullo no disimulado este hombre de 68 años.

Matilde Gattoni

“Entonces, mi única aspiración era ver un set de rodaje de primera mano. Hoy soy el dueño de uno de los más famosos de la historia del cine del oeste.” Doble de acción y antiguo actor, Molina compró Fort Bravo a finales de los 70. Hoy este plató de westerns es uno de los más concurridos del mundo, uno de los tres situados en la localidad de Tabernas y su desierto homónimo, en Almería. En las últimas décadas, estas montañas escarpadas, estas llanuras áridas y sus cañones secos han servido de plató de rodaje de más de 170 westerns, incluidas obras maestras del género como El bueno, el feo y el malo y Hasta que llegó su hora. 

Matilde Gattoni

Molina comenzó su carrera cinematográfica a mediados de 1970, cuando se presentó en el set de Por la senda más dura con la esperanza de conseguir un trabajo. La película se estaba rodando en Canarias, pero la fascinación de Molina por los westerns era tal que se gastó todos sus ahorros en un billete de avión para llegar allí. “Hice todo tipo de trabajos en plató: peón, pintor, albañil y finalmente jinete”, recuerda. “Al terminar el rodaje me quedé en Canarias seis meses más, haciendo trabajos menores para poder reunir dinero y comprarme el billete de vuelta.”

Por un puñado de dólares

Molina pertenece a una pequeña y fascinante comunidad de vaqueros y dobles de acción locales que han aparecido constantemente en películas y espectáculos desde la llegada de las primeras producciones en los 50. Entre los mejores del mundo en su profesión, pueden hacer casi cualquier cosa, desde pelearse a puñetazos hasta precipitarse desde altas alturas. La mayoría de ellos prefieren transmitir sus conocimientos y habilidades de padres a hijos para conservar los trucos del oficio dentro de su familia. Imbuidos del espíritu de los clásicos de la era dorada de los westerns europeos, personifican los valores de sus héroes cinematográficos: orgullo, bravuconería, libertad y una relación simbiótica con los caballos. 

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El amor del doble de acción y jinete Ricardo Cruz Fernández, de 29 años, por el Salvaje Oeste empezó cuando era un niño, tras enamorarse de películas como la Trilogía del dólar, de Sergio Leone, El hombre sin nombre —interpretado por un joven y entonces desconocido Clint Eastwood—, Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo, todas rodadas en la provincia de Almería. “Las películas de Leone no necesitaban muchos diálogos o tramas intrincadas. Los gestos de los actores, la música y los pequeños detalles son suficientes para ponerte la piel de gallina”, explica Ricardo.

Despreciados por los críticos estadounidenses al principio, los spaghetti westerns (subgénero del western) tuvieron, sin embargo, un gran éxito gracias a la visión extranjera y desencantada que aportaron a un género que casi había desaparecido en Estados Unidos en ese momento. El Lejano Oeste que describían estaba lejos de la epopeya de la conquista blanca retratada en los clásicos americanos. Sus personajes eran cazadores de recompensas amorales movidos por el beneficio personal, la codicia y la venganza y rara vez triunfaba el bien.

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Cuando las producciones extranjeras de westerns descubrieron Almería en los 60, la provincia era una de las más pobres de España, asolada por un alto paro y la emigración. A pesar de su lejanía, los costes de producción eran extremadamente bajos y sus habitantes eran hábiles jinetes. En su mayoría de piel oscura, eran dobles y extras ideales para spaghetti westerns ambientados en la frontera entre Estados Unidos y México. “Ganaba más dinero en un día que mi padre en una semana de duro trabajo en la mina”, recuerda Manuel Hernández Montoya, un hotelero de 61 años que trabajó como extra en varias películas del género cuando era niño.

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En los años que siguieron al éxito de Por un puñado de dólares, se construyeron alrededor de Tabernas dos platós al aire libre de westerns llamados Oasys MiniHollywood y Western Leone. La zona apenas disponía de carreteras asfaltadas entonces y la industria del cine jugó un papel decisivo en la construcción del aeropuerto de Almería y los primeros hoteles. En solo unos años, la ciudad pasó de ser un páramo a una versión europea de Hollywood, con famosos como Claudia Cardinale, Alain Delon y Charles Bronson tomando bebidas junto a la piscina del Gran Hotel entre tiroteo y tiroteo. “Nuestros paisajes son idóneos. Tenemos mar, desierto y montañas nevadas, todo a poca distancia”, explica el productor local Plácido Martínez. “Podemos servir como Texas, Nuevo México, Arizona, California y un sinfín de escenarios naturales más.”

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La industria del cine también impulsó la imagen internacional del dictador Francisco Franco. “El régimen estaba muy contento de recibir a famosos como Ava Gardner, Frank Sinatra o John Wayne”, cuenta Evaristo Martínez, periodista y experto en cine afincado en Almería. “Franco facilitaba las producciones internacionales de una forma u otra, incluso aquellas cuyas películas eran censuradas localmente.” 

El género del spaghetti western vivió su declive en la segunda mitad de los 70 debido a la sobreproducción, una caída sostenida en la calidad y el interés cambiante del público. El revés fue un duro golpe para la industria local. Se perdieron miles de puestos de trabajo y los decorados de westerns cayeron en el abandono. Abandonados por sus dueños, unos pocos especialistas los mantuvieron en funcionamiento y comenzaron a ofrecer espectáculos del Oeste a los turistas para conseguir llegar a fin de mes. Cuando Molina compró Fort Bravo por 6.000 dólares de la época, los decorados estaban en ruinas. Le llevó un arduo mes de trabajo devolverles su antiguo esplendor. 

Matilde Gattoni

Tras albergar algunas grandes producciones en los años 80, como Indiana Jones y la última cruzada y Conan el Bárbaro, la industria cinematográfica de Almería se recuperó en la década siguiente. Los westerns nunca recuperarían el protagonismo de los años dorados, pero los lugareños aún se sienten profundamente ligados a ellos. “El western ha cambiado el destino de nuestra provincia, desde los años 50 hasta ahora”, continúa Plácido Martínez. “En los últimos ocho años han disfrutado de un gran renacimiento en todo el mundo.” 

Hasta que llegó su hora

Cada año, Tabernas organiza un festival del género que atrae a miles de visitantes de todo el mundo. Agencias turísticas especializadas los guían a través de los cañones y montañas remotas donde se rodaron sus películas favoritas. “Una vez tuve un turista que vino de Japón solo para hacerse selfies en cada lugar de la Trilogía con el poncho de Clint Eastwood”, recuerda Cristina Serena Seguí, gerente de la agencia Malcaminos. 

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En ninguna parte es más llamativa la conexión entre los westerns y Almería que en las polvorientas carreteras de los platós. Estar entre estas viejas casas de madera descoloridas por el sol abrasador y golpeadas por los vientos de la montaña es una experiencia única. Nos lleva a un pasado atemporal. “Las películas del Oeste tienen tanto éxito porque todo el mundo puede entenderlas. Tú me matas, yo te mato”, explica Molina. “No hay política, no hay injusticia sistémica involucrada y aquellos que hacen algo malo deben pagar. Es muy diferente de esas películas sobre mafiosos millonarios de Wall Street que operan dentro de la ley. ¿Qué mensaje envían a la sociedad?”.

Matilde Gattoni

La simplicidad y los valores universales de las películas occidentales son sin duda una de las razones por las que nunca pasarán de moda. Las películas de Quentin Tarantino están llenas de referencias al género y dos de sus películas más recientes, Django desencadenado y Los odiosos ocho, pueden considerarse spaghetti westerns modernos. “Las películas del Oeste cuentan la creación de un país y una sociedad desde cero. Representan la historia de la humanidad”, añade Plácido Martínez. Descubierta por un grupo de directores visionarios y vaqueros sucios y polvorientos, Almería sufrió la misma metamorfosis descrita en esas películas, convirtiéndose en un homenaje moderno y real al Lejano Oeste. 

“No creo que pueda jubilarme nunca”, explica Rafa Molina. “Y eso está bien para mí, porque significaría renunciar a mi felicidad.” Rafa dejó de actuar hace mucho tiempo, después de que un accidente casi fatal le obligara a elegir entre su familia y su amada carrera. Pero cree que nunca podrá abandonar Fort Bravo. “Aquí pasaba las noches de verano, en pleno centro de la plaza de México. Me acostaba de espaldas y miraba al cielo. Hay tantas estrellas, que es imposible contarlas.”