5 lugares de Ibiza para desconectar: un refugio cinco estrellas, una cueva de contrabandistas y playas para perder el sentido
Al norte de Ibiza, lejos de las pistas de baile del sur, hay una costa que cierra el día frente al horizonte y guarda, en sus acantilados, un siglo de historia de contrabando.

Unos cuantos lugares de Ibiza en los que desconectar está más que asegurado. / Istock
En el sur de Ibiza, el tiempo parece medirse en horas de fiesta. Las discotecas abren cuando buena parte del Mediterráneo ya duerme y el sol sorprende a muchos cuando todavía no se han acostado. Pero basta conducir menos de media hora para encontrar una costa donde sucede justo lo contrario: aquí el día no se estira, sino que termina. Al pie del Puig des Guixar, un promontorio de 189 metros, se abre la única playa del norte de Ibiza orientada al oeste. También es la única desde la que se puede contemplar la puesta de sol hasta el final, sin ningún cabo que se interponga en el horizonte.

Vista aérea del Puert de Sant Miquel. / Istock
A pocos kilómetros, escondida en un acantilado sobre otra bahía, se encuentra una cueva formada hace más de 100.000 años. Durante décadas sirvió de escondite para el contrabando de tabaco y café, que se subía desde el mar en plena noche. En sus paredes aún quedan las marcas rojas y negras que los propios contrabandistas pintaron para no perderse y encontrar la salida.

Adriana Fernández
Entre la playa y la cueva aparece un pequeño mundo concentrado en apenas unos kilómetros: un pueblo presidido por una iglesia que parece una fortaleza y un resort de cinco estrellas frente al Mediterráneo. Estamos en Sant Miquel de Balansat y en su tramo de costa, en el municipio de Sant Joan de Labritja: una Ibiza bastante distinta de la que suele acaparar los focos.
Sant Miquel de Balansat, el pueblo que vigila desde la loma
La iglesia de Sant Miquel domina el paisaje desde lo alto de una colina. Blanca, maciza y con aspecto de fortaleza, se levantó sobre el solar de una antigua alquería andalusí. No está del todo claro cuándo se construyó: la fecha que más se repite la sitúa en el siglo XIV, aunque otras fuentes llevan su origen hasta el XVII. Sí hay más acuerdo sobre una cosa: además de templo, debía servir de refugio.

Iglesia de Sant Miquel / Istock / TONO BALAGUER
En una época en la que los ataques de piratas berberiscos formaban parte de la vida en la isla, sus gruesos muros y su patio cerrado ofrecían protección a los vecinos. Ese carácter defensivo sigue siendo visible hoy, sobre todo al atravesar el pórtico de entrada.
En verano, el ambiente cambia por completo los jueves al caer la tarde. La plaza se llena de música, trajes tradicionales y el sonido seco de las castañuelas de enebro. Allí baila la Colla de Balansat, una agrupación folclórica con más de medio siglo de historia que mantiene vivo el ball pagès, la danza tradicional ibicenca. Vecinos y visitantes se acomodan en los escalones de piedra para verlo, prácticamente en el mismo escenario donde estas exhibiciones comenzaron a celebrarse en los años sesenta.

Iglesia de Sant Miquel de Balansat, en Ibiza. / Istock / Jose Juan Gonzalvez
Benirràs, la playa que mira de frente a la puesta de sol
Desde Sant Miquel, llegar a Cala Benirràs supone recorrer poco más de siete kilómetros y medio por una carretera de curvas entre pinares. Al final aparece una pequeña bahía de arena gruesa, de unos 160 metros de longitud, encajada entre dos salientes rocosos a los pies del Puig des Guixar. La particularidad está en hacia dónde mira. Benirràs se abre directamente al oeste, algo excepcional en la costa norte de Ibiza. Por eso, en verano, el atardecer acaba convirtiéndose casi en un ritual: la gente alarga el baño, se queda sentada en la arena y espera a que el sol desaparezca por completo en el horizonte.

Atardecer en Benirràs. / Istock
En medio de esa escena destaca Es Cap Bernat, un islote de 27 metros de altura que emerge frente a la cala como una enorme vela de piedra. Su silueta es tan reconocible como las historias que circulan sobre su nombre. Una leyenda cuenta que Bernat era el caballo de un vecino de la zona y que el Arcángel San Miguel lo convirtió en roca. Otras interpretaciones buscan un origen mucho más antiguo y relacionan el topónimo con la voz prerromana kar, vinculada a la piedra o la roca. Sea cual sea la explicación, Es Cap Bernat forma parte inseparable del paisaje de Benirràs. Cuando el sol baja detrás del islote, se entiende enseguida por qué esta cala tiene una relación tan especial con la puesta de sol.

Aguas de la playa de Benirràs. / Istock / TONO BALAGUER
Port de Sant Miguel: la bahía que corona un refugio de cinco estrellas
Es una de esas bahías que parecen dibujadas para protegerse a sí mismas. Dos promontorios rocosos la cierran por los costados y frenan el oleaje antes de que llegue a la orilla. Así que el agua entra en la playa casi sin fuerza, transparente y en calma incluso en los días en que el resto de la costa norte está agitada. La arena, por su lado, se extiende al pie de un anfiteatro de pinares y acantilados que bajan hasta el mar en terrazas naturales. Esa es, exactamente, la estampa que explica por qué la playa del Puerto de Sant Miguel se cita siempre como una de las mejores de Ibiza.

Playa de Port Sant Miquel / Istock
En esta misma bahía, asomado al agua desde la roca, se levanta un refugio de paz y tranquilidad: Cala San Miguel Ibiza Resort. Lo primero que sorprende al atravesar su puerta no es el lujo, sino la ausencia de artificio: interiores con la madera como protagonista, cerámicas, tonos crudos y formas que replican el paisaje de fuera casi sin distinguir dónde termina uno y empieza el otro. Es lo que bien se describe como "lujo descalzo": no va de ostentación, es la sensación de acabar de entrar en casa de alguien que tiene muy buen gusto y mucha calma.

Habitacion con piscina y vistas al mar. / Istock / Manolo Yllera
Sus habitaciones siguen esa misma lógica: una de las camas más cómodas en las que hemos dormido en nuestra vida, maderas locales, terrazas amplias, vistas que se reparten entre el mar y las piscinas. Sin artificios, solo el mismísimo placer de acurrucarte entre almohadas con el mar como acompañamiento.
Fuera de las habitaciones tienes dos opciones: ir a la playa, literalmente a las faldas del hotel, o pasearte por una de sus tantísimas piscinas. Contamos hasta tres en las que puedes relajarte: en la parte alta, para tener unas impecables vistas de la bahía; la principal de la zona The Club, la más grande del resort y donde encontrarás el bar Cálido, con camareros que sirven las bebidas directamente en las hamacas o dentro de la propia piscina; o una más aislada en la parte trasera donde no suena ni música, ni conversaciones y que es perfecta para los que viajan al norte de Ibiza a encontrar la calma.

Restaurante La Savina, con vistas a la piscina. / Manolo Yllera
La comida es otro de los motivos de peso para alojarse aquí y no en otro punto de la isla, busques lo que busques. Tiene su particular Beach House, el único club de playa del norte de Ibiza y en el que, por cierto, también tienes otra piscina. Este es perfecto para quienes buscan un espacio más animado que se comparte también con personas ajenas al hotel. El fuerte de su restaurante: los arroces. Hay uno que se repite en casi todas las mesas: el arroz del senyoret con gambas. Y para quien tenga más hambre: de entrante ensaladilla o croquetas (un espectáculo) y de postre tarta de queso vasca (con un toque flambeado y acompañada de helado y fresas).
Para quienes prefieran sucumbir a la tranquilidad del hotel el día se reparte entre espacios que funcionan con un particular carácter propio. Cálido es el bar de la piscina donde puedes comer poke bowls, sushi o bowls de fruta que llegan hasta la hamaca. La Savina, que es restaurante de noche, pescados frescos del día, bravas ibicencas con sobrasada o deliciosas ensaladas. Para cerrar la noche con vistas o disfrutar de un atardecer: Atrium, donde mirar a la bahía a vista de pájaro con cócteles de autor acompañados de ostras.

Comida del Resort Cala San Miguel Ibiza / Manolo Yllera
Para los que buscan la experiencia gastronómica completa tienen que visitar Paseo Steak House, situado a escasos pasos de Atrio y con la misma vista a la bahía repleta de pequeñas embarcaciones. Aquí se sirve bajo el formato rodizio: verduras, carnes y pescados a la brasa que se van trinchando en la propia mesa. Entre lo que merece la pena pedir de su carta: las alcachofas, el chuletón o la lubina.

Piscina y zona "The Club" del resort. / Manolo Yllera
Aunque lo mejor de este hotel es que todo sucede casi sin que se note que forma parte del programa del hotel: clases de yoga o stretching, caminatas guiadas por el entorno, sesiones de paddle surf aprovechando la calma de la bahía al atardecer, talleres de licores tradicionales, ceremonias del cacao… Y, para quien se aloje en la habitación De Antonio King Suite la experiencia se completa con una salida en el yate D32 de De Antonio Yachts Club hasta Benirràs para ver la puesta de sol desde el agua. Según indica la propia marca, es hoy el único hotel de Ibiza que ofrece a sus huéspedes un yate de lujo en exclusividad, un cierre que resume bastante bien de qué va este rincón del norte de la islamenos gente, más mar.

Zonas comunes del hotel. / Manolo Yllera
La Cova de Can Marçà, el escondite de los contrabandistas
Cien mil años de fallas telúricas dieron forma, entre los acantilados que separan Port de Sant Miquel de Benirràs, a una cueva que hoy está prácticamente fosilizada: apenas gotea en sus galerías más profundas. Antes de convertirse en atractivo turístico, la Cova de Can Marçà cumplió una función muy distinta: contrabandistas locales izaban tabaco y café desde el mar a través de una abertura situada a unos diez metros sobre el agua, y escondían la mercancía en sus salas interiores. Todavía se distinguen, pintadas sobre la roca, las marcas rojas y negras que señalaban el camino hacia la salida de emergencia -un detalle que sigue erizando la piel durante la visita guiada, de unos 40 minutos.

Cueva de Can Marça en Ibiza. / Istock / Asociación de Cuevas Turísticas de España
En los años setenta, el espeleólogo belga Jean Pierre Van der Abeelle exploró a fondo sus galerías y encontró fósiles de especies hoy extinguidas. La cueva abrió al público en los años ochenta y permanece abierta todo el año, con un horario de 10:30 a 19:30 horas en temporada de verano y salidas guiadas cada media hora. Conviene decirlo sin dramatismo, porque no resta interés al recorrido: los lagos y la cascada que se ven durante la visita están recreados artificialmente, con agua suministrada. Lo que sí es enteramente real es la historia del contrabando y el estado casi completo de fosilización de una cueva que empezó a formarse cuando el ser humano todavía no había llegado a Ibiza. Antes de bajar a las galerías, un mirador exterior regala una de las mejores panorámicas de la bahía, con Sa Ferradura, S'Illa Murada y la torre des Molar recortadas contra el mar.

Playa de Portinatx, Ibiza / Istock
Cala Xarraca y Portinatx, el broche de la costa norte
El fondo rocoso de Cala Xarraca, a poco más de cinco kilómetros de la cueva, es justo lo que buscan quienes bucean con tubo y gafas: aguas transparentes, una franja estrecha de arena gruesa y suficiente vida entre las piedras como para justificar una mañana entera con la cara metida en el agua. Un poco más lejos, Portinatx conserva en el nombre su pasado de pueblo pesquero, aunque hoy se reparte en tres calas de arena clara y aguas someras que en verano se llenan de familias y sombrillas. Ninguna de las dos playas necesita mucho más que su agua y su arena para explicar por qué el norte de Ibiza tiene, desde hace décadas, seguidores fieles que jamás pisan el sur de la isla.
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