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En 1978, un embalse dejó sin habitantes a este pueblo del Pirineo; 48 años después es el pueblo más bonito de España, levantado por ellos mismos piedra a piedra

Cuando se cerraron las compuertas vivían allí 147 personas. Hoy son 48 y habitan casas que levantaron ellos mismos.

Está considerado uno de los pueblos más bonitos de España.

Está considerado uno de los pueblos más bonitos de España. / Istock

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En mayo de 1976 se cerraron las compuertas de la presa y el agua empezó a subir por el fondo del valle. Primero cubrió los campos. Después los pastos, el viejo camino junto al río, los huertos y los corrales. Al final llegó hasta las casas de la zona más baja del pueblo, y allí se quedó. La cota prevista por la Confederación Hidrográfica del Ebro no llegó a alcanzarse y buena parte del caserío, levantado sobre la ladera, quedó por encima del agua.

Este pueblo está en una ubicación de ensueño.

Este pueblo está en una ubicación de ensueño. / Istock

Conviene aclararlo porque buena parte de lo que se ha contado sobre Lanuza repite una idea que no es del todo cierta: el pueblo no quedó sumergido. Lo que acabó vaciándolo fue el proceso de expropiación. La Confederación había empezado a adquirir casas y pastos en 1961, quince años antes de que la presa entrara en funcionamiento, y cuando llegó el momento de llenar el embalse la carretera de acceso ya estaba cortada y muchas familias se habían marchado a Sallent, Zaragoza o Francia. Cuando se cerraron las compuertas aún quedaban 147 personas empadronadas. Los últimos vecinos se fueron en 1978. Después llegaron casi dos décadas sin habitantes y un saqueo lento, sin demasiadas prisas: desaparecieron dinteles, escudos, cerraduras y vigas de madera.

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Redacción Viajar

El regreso empezó en los años noventa. Los antiguos vecinos se organizaron en una asociación y reclamaron la devolución de unos terrenos y unas viviendas que, pese a las previsiones, nunca habían quedado bajo el agua. En bastantes casos tuvieron incluso que pagar de nuevo por las casas que les habían expropiado. Empezaron por recuperar la iglesia, un trabajo que les llevó unos tres años, y después continuaron con el resto, tejado a tejado. Todavía hoy quedan cosas por hacer. Desde la orilla contraria, con los 2.321 metros de la Peña Foratata al fondo, el resultado es un pueblo compacto de piedra y pizarra asomado a un embalse de alta montaña. Se llama Lanuza y, para nosotros, es uno de los pueblos más bonitos del mundo.

Embalse de Lanuza.

Embalse de Lanuza. / Istock / http://www.pixachi.com

Pizarra, escudos y una iglesia que corona la ladera

Los coches se quedan fuera, una regla que define muy bien por qué este pueblo es único. El pueblo se recorre andando y cuesta arriba, por callejas que se van estrechando entre fachadas de piedra, dinteles de medio arco, ventanas recuperadas con materiales originales, bancales y fuentes rehabilitadas al mismo tiempo que las viviendas. El Ayuntamiento de Sallent de Gállego, municipio al que pertenece Lanuza desde que perdió su condición de ayuntamiento propio, resume el criterio seguido en la reconstrucción con una fórmula sencilla: las casas se levantaron “a imagen y semejanza de las antiguas”. En lo más alto está la iglesia de El Salvador, del siglo XIX y construida sobre un templo románico anterior. En su interior se conserva un relicario de plata fechado en 1557 con restos de Santa Quiteria, patrona del lugar.

Iglesia de Lanuza.

Iglesia de Lanuza. / Istock / JORGE FUENTES QUERO

La historia anterior puede contarse rápido porque, al llegar, lo que más pesa es lo que uno tiene delante. Lanuza aparece documentado ya en el siglo XIII y en 1488 constaban veinte casas. De aquí salieron además nueve justicias de Aragón, entre ellos Juan V de Lanuza, el Mozo, decapitado en Zaragoza por orden de Felipe II. Pero esa historia apenas ha llegado hasta nosotros en forma de edificios. Lo que hoy se ve es, en buena medida, un pueblo recuperado desde los años noventa siguiendo el trazado tradicional y reutilizando materiales antiguos siempre que fue posible.

Septiembre es probablemente uno de los mejores meses para venir. Después del verano el valle pierde parte del bullicio, el embalse suele conservar un nivel alto y los hayedos y abedules de los alrededores empiezan a cambiar de color. En invierno el paisaje funciona igual de bien, sobre todo cuando aparece la nieve, aunque hay que contar con el movimiento de coches que suben hacia Formigal, a pocos kilómetros de aquí.

Vista del pico Peña Foratata desde Lanuza

Vista del pico Peña Foratata desde Lanuza / Istock

El embalse que cambió un pueblo

Las cifras del embalse ayudan a entender qué ocurrió. Regula el río Gállego y tiene una capacidad total de 16,86 hectómetros cúbicos, una profundidad media de 17,5 metros y una máxima de 69, según los datos de la Confederación Hidrográfica del Ebro. La presa se inauguró en 1980 y el agua ocupó 114 hectáreas, en su mayoría terrenos de pasto. Las casas levantadas en la zona más llana sí quedaron debajo. Las que trepaban por la ladera, no.

Terjados de Pizarra en Lanuza.

Terjados de Pizarra en Lanuza. / Istock

Esos pocos metros de diferencia hicieron posible el regreso. Los vecinos, agrupados en la Asociación de Antiguos Vecinos de Lanuza, negociaron durante años la recuperación de las viviendas que habían quedado fuera de la zona inundada. No todos partieron de la misma situación: quien tenía la casa arriba pudo rehabilitarla; quien la tenía abajo perdió prácticamente todo y, en algunos casos, solo pudo conservar alguna construcción auxiliar. Ramón Navarro, miembro de la asociación, ha explicado en distintos medios aragoneses que buena parte de la recuperación se sostuvo con el trabajo y el dinero de los propios vecinos, y que la primera gran obra colectiva fue la iglesia. El proceso, de hecho, todavía no puede darse completamente por cerrado.

Al caminar por el pueblo todavía se adivina dónde estuvo la frontera. Hay bancales que terminan de golpe junto a la orilla, muros que reaparecen cuando baja el nivel del embalse y diferencias entre la piedra antigua que pudo recuperarse y la que hubo que incorporar durante la reconstrucción. No hay un gran recorrido interpretativo ni demasiados carteles que expliquen lo ocurrido. La historia está ahí, pero no se ha convertido en decorado.

Embalse de Lanuza.

Embalse de Lanuza. / Istock / http://www.pixachi.com

Doce noches de julio sobre el mismo pantano

Durante unas semanas al año la escala del lugar cambia por completo: miles de personas frente a un pueblo de apenas 48 vecinos. Es lo que ocurre con Pirineos Sur, el Festival Internacional de las Culturas que la Diputación Provincial de Huesca puso en marcha en 1992 y que celebró su XXXIII edición del 9 al 26 de julio, con conciertos de jueves a domingo sobre el conocido escenario flotante instalado en el embalse y la Foratata al fondo. Por allí pasaron Rubén Blades, Suede, José González, Rufus Wainwright, Jorge Drexler, Los Planetas, Bomba Estéreo, Nacho Vegas, La M.O.D.A., Valeria Castro, ETS y La Fúmiga. El festival vuelve cada julio, así que quien quiera hacerlo coincidir con una visita al pueblo tendrá que organizar el viaje con cierta antelación.

Vista del pueblo de Lanuza y el embalse del río Gallego

Vista del pueblo de Lanuza y el embalse del río Gallego / Istock / Erlantz Perez

El resto del año el agua recupera otro papel. El embarcadero de Suscalar, reconocido con un Solete de la Guía Repsol, alquila kayaks, tablas de paddle surf, material de windsurf, hidropedales y pequeñas embarcaciones de vela, y cuenta además con zona de césped, duchas y taquillas. También hay áreas habilitadas para el baño, aunque conviene recordar que esto sigue siendo un embalse de alta montaña: alcanza los 69 metros de profundidad y el agua está fría incluso en pleno agosto. Lo sensato es bañarse solo en las zonas señalizadas. Para quienes prefieran caminar, desde Sallent de Gállego puede hacerse una ruta de unos 6,5 kilómetros entre ida y vuelta, con alrededor de 85 metros de desnivel, que llega desde Panticosa.

Valle del Tena

Valle del Tena / Istock / Erlantz Perez

El valle alrededor y lo que se pone en la mesa

Sallent de Gállego, principal localidad del Valle de Tena, merece también una parada. Allí están la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, con un retablo plateresco del siglo XVI, y el puente medieval sobre el río Aguas Limpias. Muy cerca quedan el embalse de la Sarra, bajo el circo de Piedrafita, y el de Búbal, ligado también a la historia de un pueblo desalojado. Más allá aparecen las estaciones de Formigal y Panticosa, la tirolina de Hoz de Jaca y el Parque Faunístico de Lacuniacha, con bisontes, ciervos y lobos en grandes recintos sobre una ladera de bosque. Todo el entorno forma parte de la Reserva de la Biosfera Ordesa-Viñamala, declarada por la UNESCO en 1977 y ampliada en 2013.

La cocina del Valle de Tena es comida de frío, de olla y de brasa. La olla tensina, con alubia pinta, berza, arroz y cerdo, suele servirse entre octubre y mayo y es uno de esos platos que tienen sentido cuando fuera bajan las temperaturas. El lechal tensino y el ternasco de Aragón pasan directamente por la parrilla, y a ellos se suman las migas de pastor y las patatas encebolladas, que aquí funcionan como plato y no como simple acompañamiento. En Sallent, Cambium Pirineos, del chef David Guillén y presente tanto en la Guía Repsol como en la Guía Michelin, trabaja precisamente con este recetario y ofrece, entre otras propuestas, un menú dedicado a la olla tensina. En el propio Lanuza, La Casueña abrió en 2004 en un antiguo establo familiar y figura en la selección de alojamientos de la Guía Michelin; su comedor sirve desayunos y cenas, pero no comidas.