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En 1970 un puente roto condenó a la ruina a este edificio; 56 años después es la estación de tren más bonita de España, y se puede dormir en ella

El tramo francés lleva cerrado desde 1970 y su reapertura acaba de aplazarse otra vez, ahora a 2035. Mientras tanto, dentro del edificio que la vio nacer ya duermen huéspedes bajo dos Llaves Michelin.

Es una de las estaciones históricas más bonitas de España.

Es una de las estaciones históricas más bonitas de España. / Istock / Marcos Osorio

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Para 1928 alguien calculó que hacían falta 241 metros de fachada, 150 puertas y cinco cuerpos simétricos para absorber el tráfico que iba a cruzar los Pirineos entre España y Francia. El cálculo se hizo con un optimismo que la historia no confirmó del todo: cuarenta y dos años después de la inauguración, un tren de mercancías descarriló en territorio francés y se llevó por delante el puente que sostenía media conexión. Desde entonces el edificio quedó con la mitad de su función cortada. La española siguió llegando. La francesa, no. Y con los años se fue vaciando, una detrás de otra, la aduana, el casino, el hotel y la oficina de correos que le daban sentido a tanto metro cuadrado.

Vista de la estación de Canfranc.

Vista de la estación de Canfranc. / Istock / Marcos Osorio

Medio siglo después ese vacío se ha llenado de una manera que nadie previó en 1928: con huéspedes que pagan por dormir donde antes se sellaban pasaportes, y con un tren que en 2025 volvió a circular por el lado español tras una inversión superior a 180 millones de euros, mientras al otro lado de la frontera la fecha de reapertura sigue moviéndose hacia delante como si el calendario tuviera goma. Si el nuevo plazo se cumple, en 2035 se habrán acumulado 65 años desde que aquel puente cayó. Esta es la historia de la Estación Internacional de Canfranc.

La estación de tren más bonita de Europa se llama "la Catedral de hierro": un emblema con más de 20 tipos de mármol y una cúpula de cristal de 75 metros de altura

Adriana Fernández

El puente que sigue roto, cincuenta y seis años después

El 27 de marzo de 1970 un tren de mercancías francés descarriló y derribó el puente de L'Estanguet, ya en territorio galo. Lo que se cortó ese día fue el tráfico internacional, no la línea entera: los trenes españoles siguieron entrando en Canfranc durante años. Lo que sí se paró en seco fue el sentido de todo el conjunto, pensado como frontera y aduana de dos países. Sin pasajeros que cruzaran, el edificio se fue quedando sin funciones una a una: primero la aduana francesa, después el casino, luego el hotel y por último la oficina de correos, hasta dejar 241 metros de piedra prácticamente vacíos durante décadas. En esos años de tráfico fronterizo con Francia, y sobre todo durante la Segunda Guerra Mundial, la estación fue también paso de wolframio, de oro y de personas que huían.

Viaducto de Canfranc

Viaducto de Canfranc / Istock

Lo que importa hoy es lo que ha pasado del lado español en los últimos catorce meses. El 9 de junio de 2025 Adif restableció el tráfico en toda la línea Zaragoza-Huesca-Canfranc, tras una renovación integral que ha movilizado más de 180 millones de euros y que ha recortado unos 30 minutos el tiempo de viaje. Un viajero que hoy suba hasta Canfranc en un Media Distancia de Renfe llega por una vía que funciona de verdad. Lo que no llega es el otro lado: los kilómetros que separan Bedous de Canfranc, en torno a 30, siguen sin electrificar ni restaurar desde 1970, y la Sociedad Nacional de Ferrocarriles Franceses acaba de fijar 2035 como nuevo horizonte de puesta en servicio, tres años más tarde de lo que se manejaba hasta ahora. Antes de esa fecha circularon otras: 2025, 2028, 2032. Ninguna se cumplió. Quien se asome hoy hacia el túnel de Somport ve una vía que termina, literalmente, en la nada.

Estación de Canfranc.

Estación de Canfranc. / Istock

241 metros, 75 puertas por lado y una visita que hay que reservar

Setenta y cinco puertas a cada lado, cinco cuerpos y una planta perfectamente simétrica: así resolvió el ingeniero alicantino Fernando Ramírez de Dampierre -que murió antes de ver terminada la obra, y cuyo diseño cerró finalmente Ramón Martínez de Velasco- un edificio pensado para funcionar partido en dos. La mitad española y la mitad francesa tenían aduana propia, porque el ancho de vía cambiaba de un país a otro y los trenes no podían simplemente cruzar. Esa partición se nota todavía en el vestíbulo, en la escalera que separaba ambos accesos y que la última rehabilitación ha recuperado, y en los escudos de España y Francia que hoy se miran de frente sobre lo que era el control de pasaportes. Circula también la leyenda de las 365 ventanas, una por cada día del año: los recuentos reales han oscilado entre 300 y algo más de 400 según quién los haga, así que conviene tratarla como lo que es, una leyenda bonita, no una cifra.

Viejos vagones en la antigua estación de tren de Canfranc

Viejos vagones en la antigua estación de tren de Canfranc / Istock

Lo primero que hay que saber si se quiere entrar es que no se puede hacer por libre. El edificio se visita mediante recorridos guiados organizados por el Ayuntamiento de Canfranc, con aforo limitado y alta demanda, así que la reserva previa es obligatoria y conviene hacerla con margen; el propio consistorio avisa de que horarios y condiciones pueden variar por las obras de mejora que se están acometiendo en el vestíbulo, así que lo prudente es confirmar por teléfono antes de subir hasta allí. La visita dura aproximadamente una hora. Y hay un matiz que conviene tener claro antes de bajar del tren: quien llega en Media Distancia no para frente al edificio monumental, sino en la nueva estación de viajeros, inaugurada el 15 de abril de 2021 sobre dos antiguos hangares de mercancías, a apenas unos metros de distancia. Son dos estaciones distintas y solo una de ellas vende billetes.

Dormir dentro: 104 habitaciones donde estuvo la aduana

Donde antes se sellaban pasaportes hoy hay 104 habitaciones de un cinco estrellas Gran Lujo, el Canfranc Estación, a Royal Hideaway Hotel, del grupo Barceló, abierto en 2023 y distinguido con Dos Llaves Michelin. El estudio ILMIODESIGN ha resuelto el interiorismo con mármol, latón envejecido, terciopelo y madera, conservando elementos originales del edificio -parte del suelo del vestíbulo, la escalera que separaba los dos accesos- en diálogo con una zona de spa y wellness que solo cabe en un edificio de este tamaño: 241 metros dan para una piscina que en cualquier otro hotel de montaña sería impensable. Desde algunas habitaciones se ve directamente la vía que sube hacia el Somport, la misma que lleva más de medio siglo esperando su otra mitad.

Hall de la Estación Internacional de Canfranc, Patrimonio Histórico Cultural Ferroviario.

Hall de la Estación Internacional de Canfranc, Patrimonio Histórico Cultural Ferroviario. / Manolo Yllera

Comer aquí tiene, además, nombre propio. El Canfranc Express, instalado en un vagón de tren restaurado, consiguió una estrella Michelin a los pocos meses de abrir, con Eduardo Salanova -nacido en el propio Canfranc- al frente de la cocina y Ana Acín dirigiendo la sala; ambos venían de La Venta del Sotón y de Espacio N, ya reconocidos con estrella. Junto a él funciona un segundo vagón, el restaurante 1928, centrado en cocina francesa con guiños al recetario aragonés, como homenaje al banquete de gala que se sirvió el día de la inauguración de la estación. Quien quiera reservar mesa en cualquiera de los dos, mejor que no lo deje para el último momento: la demanda desborda con frecuencia la capacidad de ambos comedores.

Comer en un vagón de tren rehabilitado es posible en Canfranc Estación.

Comer en un vagón de tren rehabilitado es posible en Canfranc Estación. / Manolo Yllera

Qué más hay alrededor y qué se come

Alrededor de Canfranc queda todavía un paisaje de arquitectura militar que pocos visitantes llegan a pisar: la Torreta de los Fusileros y el Fuerte de Coll de Ladrones vigilaban la frontera mucho antes de que existiera el ferrocarril, y hoy se puede seguir una ruta señalizada por los búnkeres de la Línea P que el franquismo levantó en los años cuarenta ante un hipotético ataque desde Francia. Bajo el Tobazo, a unos 800 metros de profundidad, el Laboratorio Subterráneo de Canfranc aprovecha el apantallamiento de la roca para investigar materia oscura y neutrinos, una instalación científica de primer nivel que convive con las mismas montañas que se ven desde la estación.

A pocos minutos, en Villanúa, la Cueva de las Güixas ofrece una visita guiada por una cavidad kárstica que no llega a la hora de duración. Candanchú y Astún, dos de las estaciones de esquí más veteranas del país, cierran el valle hacia el norte, mientras que hacia el sur, a poco más de veinte minutos, Jaca guarda una de las primeras catedrales románicas de la península y una ciudadela abaluartada del siglo XVI por la que también pasa el ramal aragonés del Camino de Santiago. La mesa de la comarca se sostiene sobre el ternasco de Aragón, las migas, la sopa de ajo y la trucha que baja de los ríos del valle, junto a embutidos de matacía, quesos del Pirineo y la repostería tradicional de la Jacetania, con sus trenzas y almendrados, en cualquiera de las casas de comidas del pueblo que no forman parte del hotel.