180 kilómetros de cañones de granito entre España y Portugal, así son "los Fiordos ibéricos": Reserva de la Biosfera desde 2015, y atravesados por un crucero ambiental
Entre Zamora, Salamanca y Portugal, el Duero ha excavado un cañón de granito de 180 kilómetros que la Unesco declaró Reserva de la Biosfera en 2015. Se recorre en barco, se prueba en bodega y guarda más historia de la que parece.

El Parque Natural de Arribes del Duero es patrimonio compartido entre dos fronteras. / Istock
Hay una frontera entre España y Portugal que no se controla con aduanas ni con vallas: la marca un río que, durante millones de años, ha ido tallando paredes de granito de hasta 400 metros de desnivel. No hace falta enseñar el DNI para cruzarla —basta con subirse a un barco—, pero sí hace falta tiempo, porque el cañón se extiende más de 100 kilómetros y no se agota en una sola visita.

Arribes del Duero / Istock / Gush
Durante décadas, ese mismo desnivel sirvió de escondite a quienes cruzaban de noche cargados de café y licor de contrabando, aprovechando que ni un ejército ni una aduana pueden vigilar cien kilómetros de barrancos verticales. Hoy son los buitres leonados y las cigüeñas negras los que sobrevuelan esos mismos desfiladeros, declarados Reserva de la Biosfera Transfronteriza por la Unesco en 2015, y el paisaje se recorre en un crucero ambiental que zarpa varias veces por semana desde la orilla salmantina. Se llaman los Arribes del Duero, y son, para quienes ya los han visto, los fiordos ibéricos.

Adriana Fernández
Un tratado firmado en 1927 repartió el río antes de que nadie hablara de turismo
El granito no cede fácil. Ha hecho falta que el Duero y sus afluentes —el Águeda, el Esla, el Huebra, el Tormes, el Uces— trabajen durante millones de años para abrir una brecha encajonada entre las provincias de Zamora y Salamanca, en Castilla y León, y el lado portugués de Miranda do Douro y Bragança. En los tramos más profundos, las paredes caen hasta 400 metros; en otros, el cañón se estrecha y se abre sin patrón aparente.

Paisaje del río Duero en Miranda do Douro, Portugal / Istock
Eso fue precisamente lo que buscaron España y Portugal en 1927, cuando firmaron un tratado para repartirse el aprovechamiento hidroeléctrico de ese mismo tramo fronterizo. De ahí nació el complejo conocido como los Saltos del Duero: las presas españolas de Aldeadávila, Almendra, Castro, Ricobayo, Saucelle y Villalcampo, y las portuguesas de Bemposta, Miranda y Picote, construidas a lo largo de varias décadas para domar un cauce que hasta entonces solo servía de frontera. La más ambiciosa fue la de Aldeadávila, levantada entre 1956 y 1963: sus 139,5 metros de altura la convirtieron —y la siguen convirtiendo— en la instalación hidroeléctrica de mayor producción de toda España.

Parque Natural de Arribes del Duero / Istock / Miguel Habano
Antes de esa transformación industrial, y también durante ella, los Arribes vivieron de otro negocio, mucho menos oficial: el contrabando de café y licores con Portugal, especialmente intenso durante la posguerra y los años del estraperlo, cuando la comarca llegó a ganarse el apodo de "la despensa de España". Los mismos desfiladeros que hoy sirven para observar aves rapaces sirvieron entonces de ruta nocturna para quienes cruzaban la raya sin pedir permiso.

Cañón Aldeadeavila / Istock
El pueblo de las mil bodegas también fue frontera judía
Fermoselle se gana el título de capital de los Arribes por pura geografía: está construido literalmente sobre la roca granítica que forma el cañón, en el punto donde el Tormes entrega sus aguas al Duero, y desde algunas de sus calles se ve el río, el desfiladero y ya Portugal al otro lado. El Ayuntamiento la declaró Conjunto Histórico-Artístico en 1974, y el reconocimiento no es casual: bajo sus calles empedradas se esconde una red de más de mil bodegas subterráneas excavadas a mano en el granito, algunas con más de quinientos años, lo que le ha valido el sobrenombre de "el pueblo de las mil bodegas". La villa produce vino con Denominación de Origen Arribes desde 2007, con variedades autóctonas como la uva tinta Juan García.
Del pasado amurallado apenas queda el Arco de Requejo, único tramo en pie de la muralla que protegía el flanco más vulnerable de un pueblo que, por lo demás, se defendía solo con sus propios cortados. En el barrio más empinado, las marcas talladas en algunas fachadas de piedra remiten a la judería que Fermoselle acogió a finales del siglo XV, cuando la población sefardí que huía de la expulsión encontró refugio en los pueblos de la raya con Portugal. Toda esa historia —amurallada, judía, vinícola— convive a apenas unos kilómetros de una declaración mucho más reciente: en 2015, la Unesco incorporó los Arribes a la Red Mundial de Reservas de la Biosfera bajo el nombre de "Meseta Ibérica", con 106.105 hectáreas y 180 kilómetros de cañones fluviales en el lado español, y 85.150 hectáreas en el Parque Natural do Douro Internacional portugués. La misma figura protege una Zona de Especial Protección para las Aves donde crían la cigüeña negra, el alimoche, el buitre leonado y el águila perdicera.

Primer plano del buitre leonado, Arribes del Duero / Istock
Para ver todo esto desde arriba, los Arribes tienen su propia red de miradores: el del Fraile y el de Felipe, sobre la presa de Aldeadávila; el de las Barrancas, en Fariza; y el de Saucelle, cada uno asomado a un tramo distinto del cañón.
Un crucero por el cañón y bodegas centenarias
Quien quiera ver el cañón desde dentro, y no solo desde los miradores, puede subirse al catamarán de la empresa Corazón de las Arribes, que zarpa desde la Playa del Rostro, junto a Aldeadávila de la Ribera, y navega durante hora y media entre los embalses de Aldeadávila y Bemposta hasta plantarse frente a la propia presa. Pese a que actualmente esta opción stá temporalmente clausurada, cabe la pena mencionarla por ser una de las opciones más impresionantes de recorrer la zona.

Paisaje panorámico sobre el río Duero, Fermoselle, Arribes de Duero, Portugal / Istock
Fuera del agua, la Ruta del Vino de Arribes conecta bodegas como la de Bruneo, en Fermoselle, con siglos de historia sefardí en sus muros, dedicadas a recuperar variedades minoritarias de uva casi perdidas en la Denominación de Origen Arribes. Es una forma distinta de entender el paisaje: en vez de mirarlo desde un mirador, se prueba directamente lo que ese mismo suelo de granito y pizarra ha ido dando de sí durante generaciones.
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