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Esta zona perdida a tiro de piedra de Madrid tiene una arquitectura única en España, muy pocos visitantes y temperatura templada en verano

Una escapada a la sierra más desconocida del centro peninsular, donde las casas se funden con el paisaje, las chimeneas huelen a hogar y el turismo aún no ha llegado del todo.

Ruta por los Pueblos Negros de Guadalajara, la zona secreta al lado de Madrid más bonita del interior

Ruta por los Pueblos Negros de Guadalajara, la zona secreta al lado de Madrid más bonita del interior / Istock / Eduardo RM

No hace falta alejarse del centro peninsular para descubrir verdaderas joyas. A medio camino entre Guadalajara, Madrid y Segovia, en plena Sierra de Ayllón, existe un puñado de pueblos con una arquitectura única. Aquí no se empleaba ni ladrillo ni adobe. Los pueblos de Ayllón fueron construidos con pizarra, entre barrancos y robledales.

En este rincón donde el verano no abrasa –las máximas son de unos 25 grados–, las casas se confunden con el monte y el silencio es la mejor melodía. Son los Pueblos Negros de Guadalajara, una rareza única en España que, pese a estar a solo a una hora y media de Madrid, permanece como una joya en bruto donde todavía se saborea el rural auténtico.

La ruta de los Pueblos Negros de Guadalajara

  1. Tamajón

Con apenas 150 habitantes, Tamajón va a ser nuestra antesala al explorar este universo de piedra oscura. Entre encinas y calizas se asienta un caserío con historia, con joyas como la iglesia de la Asunción de Nuestra Señora, que data del siglo XVI, o el palacio de los Mendoza, en la calle de Enmedio, hoy reconvertido en ayuntamiento.

A las afueras, la Ciudad Encantada de Tamajón sorprende con formaciones rocosas esculpidas por el viento, y muy cerca, la Cueva de los Torrejones guarda restos de un leopardo del Pleistoceno. La ermita de la Virgen de los Enebrales, del siglo XVI, también es parada obligatoria; y el embalse de El Vado permite refrescarse con un baño. Si quieres extender aún más la visita, a pocos kilómetros se encuentra el monasterio cisterciense de Santa María de Bonaval, fundado en el siglo XII. Hoy solo se conserva parte de la iglesia.

La Ermita de la Asunción, en Tamajón, es una gota blanca en un mar de pizarra

La Ermita de la Asunción, en Tamajón, es una gota blanca en un mar de pizarra / Istock / José Luis Vega García

  1. Campillejo

Más aldea que pueblo, Campillejo explica de un vistazo la arquitectura espontánea (o "al revés") típica de esta zona. En lugar de trazar las avenidas y en ellas construir viviendas, sus casas de pizarra, madera y barro se construyeron sin orden aparente, según las necesidades de sus habitantes. Como resultado, las calles son irregulares y casi todas las viviendas cuentan con anejos: pajares, gallineros, huertos... Además, los amantes de la naturaleza querrán saber que en Campillejo hay una cascada en cadena de más de 10 metros.

Un paseo por Campillejo, Pueblo Negro de Guadalajara.

Un paseo por Campillejo, Pueblo Negro de Guadalajara. / Istock / angeluisma

  1. El Espinar

Según narra la leyenda, fue en este lugar donde San Eutropio se apareció aquí un pastorcillo, inspirando la fundación del pueblo y su iglesia. Más allá de los mitos, los primeros asentamientos datan del siglo II a.C., en época de los romanos, pero no fue hasta 1297 que recibió la Carta Puebla. En 1914 fue nombrado Villa Muy Ilustre por petición del Marqués de Nájera. Hoy, su entramado de calles y su herencia centenaria hacen de este lugar un alto imprescindible.

La arquitectura negra de El Espinar

La arquitectura negra de El Espinar / Istock / angeluisma

  1. Roblelacasa

Cuando uno está ascendiendo en coche al pico Ocejón, no divisa nada que le pueda hacer creer que se aproxima al pueblo. Roblelacasa aparece de pronto como por arte de magia. La primera visión al llegar es su iglesia en ruinas, y tras ella, casas negras desperdigadas entre la vegetación. El entorno es sobrecogedor: la pizarra de las construcciones se mimetiza con la pendiente en verde verde del paisaje, como si la aldea hubiera brotado de la propia tierra.

En Roblelacasa, arquitectura y naturaleza son una sola cosa

En Roblelacasa, arquitectura y naturaleza son una sola cosa / Istock / ABB Photo

  1. Campillo de Ranas

El núcleo de esta comarca es Campillo de Ranas, un pueblo que parece crecer entre matorrales y que, de nuevo, se confunde con la roca. Sus viviendas, de formas irregulares, albergan antiguas cocinas con hornos circulares y chimeneas monumentales. Desde aquí se articulan sus Barrios —Campillejo, El Espinar, Roblelacasa y Robleluengo, entre otros— como una constelación rural que trepa por el monte.

La torre de la iglesia de Campillo de Ranas es el punto de referencia del pueblo

La torre de la iglesia de Campillo de Ranas es el punto de referencia del pueblo / Istock / ABB Photo

  1. Robleluengo

Robleluengo está rodeado de naturaleza en estado puro. Sus construcciones, por supuesto, de pizarra negra, se integran perfectamente en el entorno. Una parada obligatoria en el camino es el Valle de Robles, un magnífico bosque con robles centenarios amparados por el río Jaramilla, que serpentea entre la vegetación.

El bello colorido de Robleluengo

El bello colorido de Robleluengo / Istock / Daria Maksimova

  1. Majaelrayo

La última parada de nuestro viaje debe su nombre a su pasado ganadero: sus verdes y fértiles prados facilitaron que se convirtiera en majada en el siglo XI. De hecho, fue una población relativamente rica gracias a lo profuso de sus pastos. Su preciosa arquitectura de mampostería negra se adapta al entorno verde y las duras condiciones de la sierra. Las casas, de una sola planta, se fueron agrupando en grandes manzanas donde convivían viviendas y corrales.

Un sendero de entrada a Majaelrayo deja entrever la arquitectura de pizarra

Un sendero de entrada a Majaelrayo deja entrever la arquitectura de pizarra / Istock / Daria Maksimova

Desde aquí parten varias rutas de senderismo y montañismo, incluido uno de los ascensos favoritos al pico Ocejón: 13 kilómetros y 864 metros de desnivel que culminan con vistas épicas sobre este territorio donde el rural todavía no ha dejado de ser auténtico para convertirse en postal.

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