El refugio de Truman Capote en la Costa Brava: geografía de no ficción
La Costa Brava lo es por ser salvaje, rocosa y ventosa. Soplan tantos vientos que están bautizados: Poniente, Levante, Garbi, Migjorn, Gregal, Xaloc y Tramontana. Vientos que doblan los árboles y los asoman a los acantilados a contemplar las calas que hay a sus pies. Calas comunicadas por caminos de ronda. Un territorio habitado por pescadores y payeses, contado por Josep Pla y frecuentado por forasteros, como Truman Capote, de quien este 2024 se cumplen 100 años de su nacimiento y 40 de su muerte.

El refugio de Truman Capote en la Costa Brava. / Cristina Candel
Galo Martín Aparicio
El litoral mediterráneo catalán comprendido entre Portbou y Blanes se conoce como Costa Brava. Denominación que se remonta a principios del siglo XX y que se atribuye a un periodista. Un lugar en el que conviven payeses, pescadores, trabajadores varios y visitantes. La discreción de la gente local, el entorno y el paisaje son polos de atracción que sedujeron a personajes como Dalí, Picasso, Ava Gardner, Elizabeth Taylor, Peter Sellers, Frank Sinatra, Orson Welles, Claudia Cardinale, Ernest Hemingway, John Wayne, Marlene Dietrich, Luchino Visconti, Coco Chanel, Truman Capote... Un desfile de almas en pena y faltas de cariño. De infancias perdidas. Robadas. Jodidas. Destrozadas.
La Costa Brava fue un refugio en el que la intimidad no se discutió. Un lugar en el que pudieron estar tranquilos y ser ellos mismos toda esa tropa que tenían accidentes en Rolls-Royce, mientras todo era en blanco y negro a su alrededor.

Tradicionales barracas de pescadores en cala S’Alguer. / Cristina Candel
Palamós
Palamós es un pueblo de la comarca del Bajo Ampurdán, a orillas y expensas del Mediterráneo. En los años sesenta su población era de unos siete mil habitantes, hoy son veinte mil. En verano ese número se multiplica por cuatro. Es un pueblo con infraestructura de ciudad; tiene hospital, puerto deportivo, club náutico, un puerto comercial en el que atracan algo más de cincuenta cruceros por temporada y otro pesquero, junto a la lonja, en la que se subasta su preciada gamba roja.
Un crustáceo que en realidad es transparente, hasta que lo pescan y lo suben a la superficie, momento en el que, por el cambio de presión, se le revientan las venas y su cuerpo se tiñe de rojo. Muy rojo. Cerca de la lonja se encuentra el Museo de la Pesca. Visitarlo ayuda a entender el lugar y a su gente a través de la pesca. Un hilo invisible y salino con el que se ha tejido parte de la historia e idiosincrasia de Palamós.

Museo de la Pesca de Palamós. / Cristina Candel
Palamós en el pasado era una ciudadela en alto y rodeada por una muralla. En la elevada plaça del Pedró hay un huérfano rosetón de un antiguo convento que los vecinos llaman Stargate. No hay pruebas de que si lo cruzas apareces en otra galaxia, lo que sí se ve es a personas simulando ser el hombre de Vitruvio dentro del rosetón mientras otras fotografían la pose. Junto al Stargate se encuentra el carrer Mauri i Vilar, una calle con doble vista al mar; al oeste, la platja Gran, y al este, el puerto deportivo.
Del mismo procede un sonido que se repite cuando sopla el viento y la driza, el cabo que iza las velas de los veleros, choca con el mástil una y otra vez. Para proteger a los transeúntes del viento, las calles del Palamós medieval se hicieron estrechas, sinuosas y curvadas. Fuera de ese pequeño entramado urbano, el viento despeina a todos y a los que no están acostumbrados marea, enerva, desconcierta y deprime. A los autóctonos parece no afectarles. Parece.
Desapego del territorio
Truman Capote escribió poquísimo sobre los tres veranos que pasó en Palamós y sus alrededores durante los años 1960, 61 y 62. Apenas una mención al viento, una crítica al uso habitual del aceite de oliva en la cocina, unas vagas referencias geográficas, algunas críticas a la zona, pistas sobre su estado de ánimo y, sobre todo, en qué punto se encontraba A sangre fría, su novela de no ficción por la que había dejado Manhattan y su ajetreada vida social en compañía de sus cines (mujeres hermosas y millonarias de la alta sociedad neoyorquina y a las que destripó en su libro Plegarias atendidas) para llevar una más monacal en la Costa Brava que le permitiera terminar el libro que fue un clásico desde el mismo día de su publicación.
Aunque para terminarlo necesitaba que ejecutaran a los sentenciados a la horca Richard Dick Hickock y Perry Smith, por el asesinato de la familia Clutter en su casa a las afueras de Holcomb, un pueblo al oeste de Kansas.

Calle Catifa de Palamós, donde estuvo una de las casas en las que habitó Capote. / Cristina Candel
Por aquel entonces, la Costa Brava ya era un lugar frecuentado por celebridades. Las excentricidades de aquellas pronto dejaron de llamar la atención entre los autóctonos, que siguieron con sus quehaceres. No está claro quién fue la persona que convenció a Capote para que se instalase en esta zona de la Costa Brava, a saber: J. Y. Millar y/o la actriz Madeleine Carroll, quien vivía con su marido, Lord Astley, desde 1936 en una casona señorial cerca de Sant Antoni de Calonge.
El escritor Robert Ruark no parece que fuera su prescriptor de confianza, a tenor de lo que dejó escrito Capote sobre él el 28 de abril de 1962: “Además, está la dificultad añadida de volver a instalarme en este horrible Palamós, apestado por Ruark. Puaj”. Por petición propia, Ruark está enterrado en el cementerio de Palamós, en el que crecen palmeras y en un rincón descansan los que murieron como no les gusta que mueran a los CEO de la Iglesia Católica.
El caso es que al final Capote escogió quedarse en la Costa Brava, en vez de en Córcega, según él por ser un buen lugar en el que poder trabajar en su libro y porque la Costa Brava estaba “muy pasada de moda, a la que no iba nadie, ni nadie quería ir, excepto un montón de lecheros inglesuchos y de conductores de tranvías alemanes”.
Una Costa Brava que describió como salvaje y una parte algo rara de España, país que ya le parecía raro de por sí. Un territorio con el que tuvo una relación mínima. Despegada. Nada que ver con la que tuvo Josep Pla, que es un activo del territorio. Un escritor profundamente arraigado a su tierra de origen, Palafrugell (donde se encuentra su fundación) y el Bajo Ampurdán, y que concibió el localismo como la mejor forma de ser universal.
Capote estuvo en temporadas que iban de abril/mayo a septiembre/octubre. Estancias en las que se alojó primero en el Hotel Trias de Palamós y después en varias casas. Casas cuyos precios de alquiler le parecieron elevados y que no le gustaba cómo estaban decoradas y amuebladas. Los inviernos los pasó en la alpina Verbier (Suiza), que es donde le gustaba esquiar a su pareja, Jack Dunphy.

Detalle de Bravanariz, que reúne alojamiento, tienda y experiencias en la naturaleza para crear tu propio perfume. / Cristina Candel
El libro Un placer fugaz, publicado por Lumen, recoge la correspondencia que envió Truman Capote durante su vida. El 17 de abril de 1960, en mitad del Atlántico, a bordo del transatlántico Flandre, escribió a la familia Dewey (Alvin Dewey era agente del Kansas Bureau of Investigation, quien se encargó del caso del asesinato de los Clutter) contándoles que logró embarcar, con 25 maletas, dos perros, una gata y su querido amigo Jack Dunphy, y que llegarían el 22 de abril a Le Havre (Francia), desde donde irían a Palamós (Girona). Un trayecto que hicieron en coche y que les llevó cuatro días. En dicha carta les recordó la dirección a la que podían escribirle: a la atención de J. Y. Millar, calle Catifa, Palamós (Girona).
Casa de la Catifa
Antes de instalarse en la casa de la calle Catifa, que ya no existe, estuvo alojado dos días en el Hotel Trias, situado en el paseo marítimo de Palamós. Ubicación que no se corresponde con la original, cuando lo regentaba Maria Trias. Los bombardeos aéreos durante la Guerra Civil destruyeron el edificio y Maria Trias se fue a Francia. Regresó a Palamós cuando la guerra acabó, alquiló la torre del antiguo hotel que quedó en pie y volvió a levantar el Trias. Hotel que heredó su hijo, Josep Colomer, quien lo regentó junto a su mujer, Ana María Kammüller.
Que el matrimonio hablase inglés y alemán les fue de gran ayuda y un factor por el que muchos extranjeros se decantaron a la hora de alojarse en su hotel. Aquel bilingüismo y la discreción fueron dos rasgos muy valorados por sus clientes. Clientes extranjeros que llegaban en yate y/o en coche, como lo hizo Capote desde Le Havre subido en un Chevrolet.

Restaurante Can Blau de Palamós. / Cristina Candel
La de la Catifa era una casa con un pequeño jardín junto a la playa natural del mismo nombre. La proximidad con el agua, de la que decía que era “tan azul como los ojos de una sirena”, hizo que muchas veces se despertara temprano por el ruido que hacían los pescaderos al zarpar. El resto del día escribía, que es a lo que había ido, y se dejaba ver por el pueblo mientras compraba o se tomaba algo en establecimientos o que ya no existen o que han cambiado de nombre; el bar Los Caracoles, la Taberna Maria de Cadaqués, la Librería Cervantes, la librería La Gavina (que la va a reabrir la Fundació Finestres, en el contexto de su objetivo de impulsar la creación literaria) y algunas pastelerías.
Mientras la casa de la playa de la Catifa estuvo en obras se fue a otra, en la vecina localidad de Platja d’Aro. El verano de 1961 quiso volver a la casa de Catifa, pero no pudo, así que se fue a la población de Es Monestri, donde alquiló la casa de Alan Ritchie, el secretario del escritor Robert Ruark, ese que le provocaba un puaj después de pronunciar su nombre.
Camino de ronda
En el puerto deportivo de Palamós arranca o termina lo que se conoce como un camino de ronda. Caminos que discurren al borde de la costa y que a lo largo del tiempo han tenido diferentes usos: vigilar el horizonte para alertar de una posible incursión de piratas, de ahí que las masías tuvieran una torre que se usaba como refugio, para el contrabando en tiempos de la posguerra y acceder a las calas. El camino de ronda que hacemos nosotros es entre la playa de la Fosca y la de Castell. Un recorrido que huele a una mezcla entre salitre y algas y suena a un Mediterráneo resacoso. Un mar engañoso, nos dice Carmina, guía de la empresa Tretze Cultura, y peligroso a la hora de navegarlo por sus olas cortas y escarpadas. Olas que no paran de golpear las costillas de los barcos.

Playa de la Fosca. / Cristina Candel
La playa de la Fosca debe su nombre a la gran roca negra que divide la playa en dos. En el sur de la misma se encuentra el Cap Gros, un macizo acantilado y cubierto de pinos que se adentra en el mar. En dirección noreste se suceden un castillo, masías y calas, en algunas de las mismas hay barracas o sa botigas. Casetas, cabañas que sus dueños han convertido en coloridas casas de verano con un acceso para introducir y sacar del agua una pequeña embarcación, además de lugar de reunión en torno a una mesa con comida, arroz, principalmente. Nuestro camino de ronda termina en el poblado Íbero, que también fue un refugio antiaéreo durante la Guerra Civil. Junto al mismo hay un banco rodeado de árboles que enmarcan la vista de la playa de Castell, la única virgen de la Costa Brava, en la que hay actividad en el agua y en la arena. Desde este mirador se ve un velero, un barco de pescadores, un hombre de rodillas sobre una tabla de paddle surf y melancolía. También la insignificancia de quien mira.
Casa Sanià
No muy lejos de aquí, pero con la sensación de estar en un lugar remoto, se encuentra la casa Sanià, la última vivienda en la que estuvo Truman Capote en la Costa Brava. A la misma se llega pasado el parking de la playa de Castell, yendo por un camino de acceso restringido en verano, estrecho, bacheado, rodeado de árboles y en el que se intuye la presencia del mar. Al ser blanca la casa resalta entre los pinos y encinas que medio la ocultan. Está pegada y sobre el mar, al que se llega bajando unas escaleras que dan acceso a una calita, en la que cuenta Capote que se bañaba Jack, pero que él no lo hacía porque el agua estaba helada. El viento y el aislamiento hacen que la casa y los alrededores se tiñan de misterio. De terror psicológico.

Residencia de escritores Fundació Finestres en la Casa Sanià. / Cristina Candel
La casa Sanià la mandó construir en 1930 la pareja compuesta por Nicolai Woevodsky y Dorothy Webster, apodados los rusos, quienes se instalaron en un castillo, rodeado por un jardín botánico, que se hicieron en Cap Roig y que hoy se puede visitar mientras uno se pregunta cómo de bien te tiene que ir, financieramente, en la vida para poder vivir en un castillo sobre un acantilado. Los rusos hicieron la casa Sanià para un lord inglés, después pasó a manos de Luis de Urquijo, marqués de Amurrio y, finalmente, a la familia Ferrer-Salat, dueña de la farmacéutica Ferrer.
En 2022 su propietario actual, Sergi Ferrer-Salat, la transformó en Finestres, una residencia literaria que dirige Nicolás Gaviria Botero. Anfitrión que invita a escritores a un encierro creativo durante un mes, en la misma casa en la que también se encerró Truman Capote para avanzar en la escritura de A sangre fría. El 1 de octubre de 1962, después de pasar el verano en Sanià, Truman Capote y Jack Dunphy dejaron Palamós rumbo a Verbier. Nunca retomaron el contacto con Josep Colomer ni con nadie de la Costa Brava. En junio de 1965 terminó A sangre fría, novela que se publicó en The New Yorker por entregas y como libro en enero de 1966.
Josep Pla, Truman Capote y Leila Guerriero han hecho de la Costa Brava un lugar de literatura de no ficción. Escritores que de haber coincidido los tres en el tiempo, quién sabe si se hubieran encontrado en la residencia Finestres. La autora argentina durante su estancia en la casa Sanià escribió La dificultad del fantasma, publicado por Anagrama. Un librito en el que alterna las pistas que sigue con lo que cuentan lo que creen recordar los vecinos de Palamós sobre los veranos que pasó en el pueblo el tipo que se definió en los siguientes términos: “Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”.
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