Zimbabue, safari y "ubuntu" en el país del león

Hace no tanto a este país despampanante se le conocía como "la despensa de África". A los viajeros les aguardan las cataratas Victoria y espacios protegidos en los que reencontrarse con esa África auténtica y sin masificar, la de los safaris por parques nacionales como Hwange, Matobo o Mana Pools, donde adentrarse en los dominios del león.

Elena del Amo
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Foto: Luis Davilla

Si se dan por buenas máximas tan universales como el humor inglés o el estilo italiano, para encontrar alguna que le hiciera justicia a Zimbabue debería reunir en un solo concepto su derroche de naturaleza espectacular con el otro, no menor, de gente adorable. A falta de una única palabra, puede que no haya mejor pista para asomarse a su espíritu que ahondar en la filosofía ubuntu, una tradición del África austral que obliga a la generosidad, empatía y solidaridad entre los miembros de la comunidad -sin la cual el individuo en esta sociedad simplemente no se entiende-, pero extensible también, y de una manera apabullante, con el llegado de lejos. La descarga de humanidad que se recibe en cuanto se pone un pie en el país no puede más que sorprender, teniendo en cuenta que las únicas noticias que sobre Zimbabue trascienden a este lado del planeta son casi siempre inquietantes. Al igual que ocurre con todo el Tercer Mundo, los medios de comunicación ponen el foco cuando se da un pucherazo en las urnas, ante los desmanes del gobierno despótico y eterno del ya nonagenario Robert Mugabe o su inflación galopante, que provocó que no hace tanto se acuñaran billetes de billones de dólares zimbabuenses que no daban ni para la compra de la semana. También corrieron ríos de tinta con la expropiación en el año 2000 a los granjeros blancos, dueños y señores de dos terceras partes de las mejores tierras cultivables del país, o cuando el pasado verano un dentista de Minessota abatió en el Parque Hwange al mítico león Cecil. Rara vez añaden, sin embargo, que, amén de todo lo anterior, sus tasas de alfabetización figuran entre las más altas del continente; que poco a poco van viéndole brotes verdes a una década demoledora en lo económico y lo social gracias a la dolarización de la economía y la nueva Constitución, o que la seguridad, incluso en la capital, no es un problema para el viajero. Mucho menos, claro, se acuerdan de señalar que sus habitantes tienen fama de estar entre los más encantadores de África. Y no es un dato menor porque, no es un secreto para nadie, las cotas de amabilidad en la cuna de la Humanidad superan con creces las de casi cualquier otro rincón del mundo.

Civilizada Harare

A pesar de su clima subtropical, sus 1.500 metros de altitud explican que en Harare llegue a hacer un frío pelón algunas temporadas. En otras, la capital envuelve sus avenidas con el precioso manto malva de las jacarandas traídas de América en los días de la colonia. Conocida como Salisbury hasta la independencia de los británicos hace menos de cuarenta años, la que acabaría convirtiéndose en la principal ciudad de la antigua Rhodesia del Sur fue fundada en 1890 por el surafricano de origen inglés Cecil Rhodes, un personaje megalómano y abiertamente racista que, por méritos propios, pasó a la historia con una reputación lamentable.

Hoy, sin contar con su zona metropolitana, Harare supera el millón y medio de habitantes, pero apenas se nota. Salvo en el cogollo central, por el que se yergue un flamante entramado de rascacielos entre alguna que otra reliquia colonial, su ambiente se diría casi de pueblo. Extendida más a lo ancho que lo alto y tapizada de descampados y vegetación, sus vecinos deambulan por los caminos de arena cobriza que ofician como aceras con esa parsimonia que delata la total ausencia del sentido del tiempo del común de los africanos. Algunos dormitan allá donde les pilló el sueño. Otros venden junto a los cruces periódicos y fundas para el móvil, o cachivaches de plásticos de colores cuya utilidad es a menudo un misterio. Los fines de semana, a la sombra de los flamboyanes, grandes grupos de fieles suman sus voces y palmas a los rezos de su pastor, enfundados todos en las túnicas blancas del rito cristiano-animista de turno. Hay poco tráfico, sobre todo de noche, y a cambio, aquí y allá, infinidad de mercados de un improvisado aire rural. El más fenomenal de todos, el de Mbare, queda a las afueras, donde en una atmósfera puramente local se agolpan entre el griterío mil y un tenderetes donde lo mismo reparan pinchazos que se despachan verduras, ropas de primera o cuarta mano y artesanías como las tallas de madera de los talentosos escultores de la etnia shona.

Después de algunas horas de regateos por el bullicio del mercado de Mbare, el paseo por el centro financiero parece pura civilización. Sus impecables avenidas trazadas con tiralíneas, bautizadas en recuerdo de grandes líderes africanos como Mandela, Julius Nyerere o Samora Machel, lucen sembradas de bancos y sedes de empresas, almacenes con un regusto demodé impregnando sus escaparates y unos puñados de edificios coloniales como el Ayuntamiento o el Parlamento, a los que queda prohibido apuntar con la cámara de fotos si no se quiere tener un disgusto. A pesar de la obsesión por el "no-photo" en todo lo que huela a oficial o militar, la adormilada Harare no intimida al forastero. Sí deberían hacerlo, y mucho, las maltrechas carreteras de Zimbabue. A pesar de que están siendo remozadas a marchas forzadas por los chinos a cambio de explotar sus ingentes materias primas, conducir de noche es el mayor peligro de este país, tanto por el manejo atolondrado de sus parroquianos como por la abundancia de fauna salvaje. Evitando pues ponerse al volante una vez caído el sol, tras recalar uno o dos días por iconos capitalinos como la plaza Africa Unity Square y el parque de Harare Gardens, el surrealista monumento a los héroes que les erigieron los norcoreanos o de disfrutar la mejor música zim en sus clubs y restaurantes de postín, será el momento de abandonar la ciudad para salir al encuentro de la Naturaleza en mayúsculas que atrae a los que vuelven a atreverse con uno de los países más despampanantes del continente.

Aperitivos a las cataratas Victoria

Pocos se llegarán hasta las Eastern Highlands, el hilván montuno que enmarca la frontera con Mozambique, quizá porque sus bosques y verdísimos valles cubiertos de brumas sería lo último que uno espera encontrarse en África. Cerca, los senderistas se dejan tentar por los picachos del Parque Nacional Chimanimani y los montes Vumba, mientras que el igualmente apartado de las rutas turísticas de Gonarezhou, integrado junto al vecino Kruger en el Parque Transfronterizo del Gran Limpopo, presume de escenarios como los acantilados Chilojo y sus migraciones de fauna en libertad. Lo que al sur de Harare nunca se perdería un viajero que se precie son las ruinas del Gran Zimbabue, uno de los yacimientos arqueológicos más impactantes del continente y con todo derecho Patrimonio de la Humanidad protegido por la Unesco. A unas cuatro horas de esta ciudad de piedra, vía la adormilada villa de Bulawayo, el Parque Nacional Matobo despacha la experiencia electrizante de salir a pie al encuentro de sus rinocerontes. También habrán de realizarse safaris convencionales en todoterreno en busca de jirafas, ñus o leopardos, sorprendentemente abundantes aquí. O, sin falta, pasmarse ante las pinturas rupestres que los bosquimanos grabaron hace miles de años por sus abombadas rocas en aparente equilibrio y admirar unas vistas que emocionan desde el vasto promontorio de granito, sagrado para los ndebele, que Cecil Rhodes eligió para ser enterrado. Pero, sin restarle méritos a todo ello, nada se recordará con tanta intensidad como la caminata entre la maleza, siguiendo en silencio las instrucciones de un ranger armado, hasta sentir a pocos metros los resoplidos de un rinoceronte con cara de pocos amigos que, de sentirse amenazado, podría cargar en cualquier momento.

El humo que truena

A pesar de que Matobo es todo un espectáculo, recibe muchos menos visitantes que el ya de por sí nada masificado Parque Hwange, una extensión bárbara que duplica en tamaño al País Vasco y por cuyos ecosistemas de sabanas y bosques moran, entre tantas otras fieras, los cinco grandes del safari o míticos big five: el rinoceronte, el búfalo, el elefante, el león y el leopardo. La razón por la cual los viajeros no dejaron de llegar incluso en los años más difíciles para Zimbabue es que Hwange queda muy a mano del absoluto plato fuerte de las cataratas Victoria. O Mosi-oa-Tunya -el humo que truena-, como las llamaban los kololo antes de que Livingstone rebautizara en honor a su reina esta inmensa falla por la que se estampan contra los peñascos las aguas del Zambeze. Una de sus márgenes le pertenece a Zambia, pero en la de Zimbabue presumen de atesorar las mejores vistas sobre este tajo de casi dos kilómetros de ancho por el que, en los meses en los que el río va más cargado, se derraman en caída libre hasta 500 millones de litros al minuto en un bramido atronador que lo empapa todo de vapor en suspensión. Se podrán surcar sus aguas infestadas de hipopótamos en un barquito al atardecer, lanzarse en rafting por sus rápidos o admirar fauna salvaje en el aledaño Parque Zambezi, cuando no a los elefantes que en no pocas ocasiones se plantan en mitad de la carretera que enlaza el adormilado pueblito de Vic Falls con la zona hotelera. Incluso podrá saltarse en bungee desde el puente centenario que une sus gargantas y hasta sobrevolarlas en helicóptero. Pero mucho mejor que cualquier actividad pergeñada por el hombre serán siempre las propias cascadas, a las que será obligado llegarse en cuanto abra el recinto que las acota y así, antes de que se inunden de admiradores, tener para uno solo los miradores que a distintas alturas van asomándose a una majestad que para sí hubiera querido la mismísima reina Victoria.

Aunque la mayoría suele servirse de las cataratas como colofón del viaje o para continuar rumbo a otros pesos pesados de las inmediaciones como, ya en Botsuana, el Chobe o el Delta del Okavango, Zimbabue se reserva un penúltimo tesoro en su frontera más septentrional con Zambia. Del otro lado del lago Kariba, el descomunal embalse por el que concederse unos días de pesca o de nuevos avistamientos por el Parque Matusadona, aguarda el absoluto punto y aparte de Mana Pools. Si, a excepción de las cataratas Victoria, ningún espacio natural del país se ve jamás masificado, esta remota reserva del valle del Zambeze depara algunos de los safaris más excepcionales y auténticos de todo el continente. A las pistas de Mana Pools solo entran los todoterreno durante la temporada seca, de junio a octubre. El resto del año se accede en canoa o a pie. De hecho, hasta el pasado mes de mayo era el único parque de África por el que se podía caminar a voluntad sin la compañía de un ranger armado. Ahora lo han prohibido a pesar de que, sorprendentemente, hubo pocos accidentes. Algunos lo achacan a que la visibilidad de sus explanadas permite avistar sin sorpresas a los animales y mantener las distancias, aunque no se entiende cómo aquella convivencia no acababa sí o sí en un festín para los leones. Con prohibición y todo, adentrarse por sus territorios a pie con un guarda o navegar en una balsa mínima por unas aguas infestadas de hipopótamos y cocodrilos del Nilo hasta el campamento -que puede ser de lo más espartano o sibarita, ya que, como en todo Zimbabue, hay poco término medio- hace que Mana Pools no sea precisamente un territorio para principiantes.

El Machu Picchu africano que dio nombre al país

Una vieja leyenda asegura que se trataba de la capital de la reina de Saba. Las ruinas del Gran Zimbabue, las más monumentales del continente después de las pirámides de Egipto, fueron sin embargo el epicentro de un imperio bantú que, entre los siglos XI y XV, albergó la civilización africana más avanzada de la época. En una zona libre de malaria, sobrada de agua, bosques, fauna salvaje y minas de oro, su prosperidad se multiplicó con el comercio con los árabes del Índico a cambio de productos preciosos como las porcelanas de la mismísima China que se hallaron por el Gran Zimbabue. Su nombre, utilizado por el presidente Mugabe para rebautizar la antigua Rhodesia del Sur tras el fin de la colonia, significa "Casas de piedra". Y una barbaridad de piedra, apilada sin argamasa alguna, preside las murallas, el fuerte en lo alto de la colina, los centros ceremoniales y el recinto palaciego de este emocionante legado, declarado Patrimonio de la Humanidad y por el que no será difícil imaginarse en una ciudad de los monos -que están a sus anchas, campando sobre sus estructuras- que puede recordar a la de "El libro de la selva".

SOS para la fauna salvaje de África

La muerte del león Cecil en un parque de Zimbabue fue el trending topic del verano. La caza furtiva en el país, como en toda África, tiene por desgracia dimensiones mucho más dramáticas, y no tanto a manos de deportistas capaces de desembolsar 50.000 dólares para abatir un león sino por mafias que hoy cuentan con las tecnologías más sofisticadas. De hecho, el tráfico de animales salvajes se ha convertido el tercer mayor y más lucrativo negocio ilegal del planeta, por detrás de las drogas y armas. Sus mayores objetivos en este continente: los elefantes, por el marfil de sus colmillos, y los rinocerontes, cuyo cuerno alcanza precios astronómicos, sobre todo en el mercado negro de China y Vietnam, debido a los usos que le dan en la medicina tradicional. Muchos rinocerontes han sido trasladados a zonas especialmente vigiladas y han visto la luz proyectos para la protección de su fauna. Entre ellos, el centro de recuperación de licaones junto al parque Hwange (www.painteddog.org) y el de rinocerontes negros cerca de Gonarezhou (www.savevalleyconservancy.org), o los que a tiro de piedra de las cataratas Victoria combaten a los furtivos a través de fundaciones como IAPF (www.iapf.org) o Nakavango (www.nakavango.com), cuyos voluntarios se emplean en la conservación y el trabajo con las comunidades locales convencidos de que, si sus habitantes logran beneficios económicos de su naturaleza, se erigirán en sus mejores valedores. Por eso, también, hay que volver a Zimbabue.

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