Zanzíbar, la isla de las especias

No hace mucho eran pocos los que sabían situar Zanzíbar en un mapamundi. Hoy cada vez más viajeros se rinden a sus encantos, a sus playas, sus arrecifes de coral, a su espléndido pasado... El archipiélago tanzano de Zanzíbar, formado por las islas de Unguja y Pemba, es el mayor productor del mundo de clavo y se ha convertido, por su singularidad y belleza, en uno de los destinos más atractivos de la costa Este africana.

Oriol Pugés

Antes que nada valdría la pena aclarar conceptos. Sí, porque Zanzíbar es el nombre del archipiélago que engloba las islas de Unguja y Pemba, además de otras islas menores. Ambas islas, de tamaño similar y separadas por 50 kilómetros, difieren notablemente: la primera es continental, con extensos cultivos, mientras que la segunda, oceánica, es montañosa y arbolada. De las dos, Unguja -denominada Zanzíbar- es la más poblada y célebre. Es en ésta donde se alza la Ciudad de Piedra (Stone Town), la antigua capital colonial. A ella se puede llegar en avión desde los aeropuertos de Tanzania y Kenia, pero lo mejor es llegar por mar. El barco que cubre la ruta desde la ciudad tanzana de Dar es Salaam alcanza Zanzíbar en apenas hora y media.

La isla de Zanzíbar ha sido siempre un objeto de deseo perfumado por los clavos de especia y la canela, evocador de mares de color azul turquesa, playas doradas, bosques tropicales, palacios misteriosos, mezquitas blancas, sultanes y negreros. En 1964, tras un breve paréntesis de independencia, Zanzíbar ligó su suerte a la de Tanganika, constituyendo la República Unida de Tanzania. A partir de entonces, Zanzíbar se convierte en una meta turística que atrae a numerosos viajeros decididos a recorrer las callejuelas de Stone Town, sus playas, sus poblados del interior...

Por fortuna, algo de la vieja Zanzíbar se ha salvado. Aunque la isla perfumada por las especias que conoció invasiones y esplendores, riqueza y degradación, sultanes y negreros, dominación colonial y luchas sociales ha cambiado definitivamente de aspecto. Cuando en 1886 el explorador inglés Richard Francis Burton puso el pie en ella y Livingstone la eligió como base de sus expediciones, esta isla de 90 kilómetros de norte a sur por 30 de este a oeste, debió parecerles un espejismo. Apenas una aldea de estilo árabe y de un color blanco resplandeciente levantándose a la orilla de un mar de color turquesa, con un puerto que haría las delicias de personajes como Simbad el Marino. Los palacios almenados y encalados de los magnates árabes, con sus preciosas puertas de madera; las casas de color pastel de los colonos portugueses, y las de los mercaderes indios...; la Catedral anglicana, construida sobre los restos del antiguo mercado de esclavos; la Casa de las Maravillas, la Mezquita de Kizimkazi, el fuerte portugués, sólido y amenazante, rodeado por los Jardines de Jamituri... Y el triángulo de la ciudad de Stone Town, corazón antiguo de Zanzíbar, encajonada entre las modestas casas de barro de los pobres y el pintoresco mercado indígena de Soko Mohoso.

Es posible que también Livingstone y Burton aspiraran el perfume de esta legendaria Zanzíbar. Un perfume sutil de especias flota en el ambiente. Unido al olor embriagador de las frutas tropicales, de los mangos, las bananas, las papayas... Pero Zanzíbar conserva intacta toda su magia histórica, hecha de mil recuerdos, de truculentas y pintorescas historias de esclavos y mercaderes astutos, de relatos de harenes y sultanes, de invasiones y dominios... Y es que Zanzíbar fue un importante lugar de paso en las clásicas rutas marítimas por el Océano Índico hacia las costas del Este de África, lo que atrajo todo tipo de comerciantes, piratas y aventureros.

Durante siglos, los árabes y los indios guardaron silencio acerca del secreto más preciado del Índico. Se trataba, en realidad, de mercaderes que transportaban en sus embarcaciones riquezas varias: perlas, tejidos y porcelanas chinas. Llegados a destino, intercambiaban su mercancía por otra igualmente preciada: especias, marfil, oro y, sobre todo, esclavos.

Nos encontramos en el siglo VIII, y muchos de aquellos viajes a través del Índico tenían como destino dos islas: Zanzíbar -Unguja en suajili- y Pemba. Ambas formaban parte del imperio Zenj, próspero gracias al comercio con otras ciudades-estado diseminadas por la vecina costa suajili. Sin embargo, los árabes dieron su propio nombre al archipiélago: Zendje-bar, la "Costa de los Negros". El nombre acabaría derivando en el posterior Zanzíbar, con lo que recogería para siempre en su raíz el estigma imborrable del abyecto origen de parte de su fortuna: el comercio de esclavos. La llegada de los árabes, además, marcaría el carácter de la isla hasta el punto de que hoy día el 75 por ciento de la población es musulmana.

Nueve siglos después, en el año 1832, Zanzíbar había alcanzado tal grado de prosperidad que el sultán Seyyid Said de Omán trasladó su capital de Muscat a Zanzíbar. Nacía entonces, y para siempre en la leyenda, la Zanzíbar de los sultanes. De aquella época deslumbrante es gran parte de la monumental herencia de la Ciudad de Piedra, jalonada con dos palacios de sultanes, dos catedrales, un fuerte, innumerables mansiones coloniales y unos baños de estilo persa que un rey caprichoso mandó construir en honor de su esposa. De la riqueza que por entonces corría por las calles de la ciudad dan asimismo cuenta las más de 500 puertas labradas con que los comerciantes exhibían sus fortunas. Ciertamente, el mercado de esclavos y especias había traído riqueza a Zanzíbar. Sin embargo, el archipiélago, que en 1860 había logrado desvincularse de Omán, concitaba ya la codicia de las grandes potencias europeas. En 1873, el mercado de esclavos fue destruido por los ingleses cuando impusieron al sultán Bargash la abolición de la esclavitud, gesto que precipitó la decadencia de Zanzíbar.

La mayoría de la población es de raza negra, pero hay un buen número de árabes, descendientes de la dinastía y aristocracia omaní, que gobernó ambas islas con mano de hierro durante más de 150 años, dedicados esencialmente al entonces lucrativo negocio de la esclavitud.

La actividad agrícola gira alrededor de sus plantaciones de clavo, una valiosísima especia usada en las gastronomías de medio mundo y de la que Zanzíbar es el principal productor y exportador mundial. Pero no es la única. También se encuentra el árbol de chicle, el del jabón, la pimienta y, por supuesto, el coco. Las plantaciones se encuentran sobre todo en el oeste y el noreste de la isla, donde la tierra es más fértil y el relieve más accidentado.

De lo que no cabe la menor duda es que Zanzíbar posee una inmensa belleza natural, inequívocamente oriental, hecha de colores y olores, de arquitecturas y caras, de gentes y aldeas, de vegetación y playas. Un encanto que se percibe de pronto, mientras se recorre el laberinto de callejuelas de Stone Town, paseando por el mercado entre montones de tomates y peces espada, especias y telas de mil colores, o parándote a tomar el fresco en los jardines de Forodhani.

Y si en Zanzíbar City aún es posible respirar el pasado de la isla, en las pequeñas aldeas del interior, en las plantaciones, todavía se puede percibir lo que queda de la madre África y de las dos madrastras del país, Arabia y la India, de los modos de vida más genuinos, de los usos y costumbres de las épocas tribales.

En esos lugares, Zanzíbar no es muy diferente de cómo era en tiempos de los sultanes omanitas: verde y hermosa, con playas de arena blanca en forma de media luna que se extienden frente al Índico, con palmeras, cocoteros, bananos y las plantas de clovis que se entrelazan formando un amasijo a la sombra de la selva.

Al Este, la barrera coralina se encuentra muy cerca de la orilla y las olas rompen contra ella deshaciéndose en miles de gotitas que desembocan en la misma playa, de las extraordinarias playas de arena blanca que se extienden a lo largo de toda la costa, como Chwaka y Uroa. Precisamente aquí, en la costa oriental, han proliferado los alojamientos de lujo.

El interior también tiene su encanto. Hay muchas aldeas nativas de ensueño, poblados que forman pequeños grupos de cabañas construidos con piedra de coral y techo de hoja de palma. Sus pobladores se dedican a la pesca y a la recogida de algas. Unas algas que -dicen- venden a algunos laboratorios europeos para la fabricación de medicamentos. Fascinante es la visión -recién estrenado un nuevo día- de los hombres saliendo a faenar con sus dhows, los faluchos de vela latina, característicos de Zanzíbar. Las mujeres, por su parte, recorren las playas con las faldas remangadas y descalzas, recogiendo algas. En muchas aldeas se ofrece alojamiento, lo que es un auténtico lujo porque permite disfrutar de la hospitalidad suajili y comer excelente pescado.