Zanzíbar, la isla de las mil puertas

Una ciudad de piedra donde se escucha el canto de los muecines y se huele el café con cardamomo de los árabes de Omán, un mar verde donde nadan monstruos: la isla de las especias, la isla de los esclavos, la isla de los turistas. El refugio de miles de europeos que huyen del covid y del aburrimiento en un paraíso de playas infinitas, cocoteros, langostas a la miel. Zanzíbar llamada Unguja, la isla a la que es imposible no regresar.

Eugenia Rico
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Foto: Larissa Bergemann / ISTOCK

Sir Richard Francis Burton, el explorador, traductor y orientalista británico del siglo XIX, construyó el tópico de la isla misteriosa cuando en 1872 escribió sobre Zanzíbar: ciudad, isla y costa. “El mar puro zafiro, bajo el reflejo de un sol que barniza cada objeto con una pátina de oro.” Zanzíbar es la perla del mundo suajili, la lengua y la cultura que los árabes de Omán trajeron a las costas de África y que pervive en Mombasa, en Lamu y sobre todo aquí, en Unguja, la principal isla del archipiélago de Zanzíbar en el Índico, en las costas de Tanzania.

Vista aérea de una de las playas de Zanzíbar. | den-belitsky / ISTOCK

No solo trajeron las especias, el islam, el narguile, las hermosas puertas, los bellos palacios, sino que, por desgracia, todo ello se fundó sobre el comercio de esclavos, sobre el dolor y el sufrimiento de miles de africanos.

Entre el dolor y la belleza

Zanzíbar y su Ciudad de Piedra crecieron como una rosa en un estercolero, del dolor nació la belleza y creció la convicción de que los cuentos de Las mil y una noches con sus sultanes que pasean disfrazados, sus odaliscas salvajes y sus interminables tés a la menta ocurrieron aquí en las callejuelas de Stone Town, capital del archipiélago que llegó en un tiempo a ser la capital de Omán, un zoco de olores buenos y malos donde la podredumbre se mezcla con el pachulí y el olor de las flores con el hedor de los pájaros muertos.

Embarcación dhow frente a la ciudad de Stone Town. | Nick J. / ISTOCK

Este es un lugar que cambia para que todo siga igual, como diría El Gatopardo. Visité por primera vez la isla en 2002, en un recorrido que me había trazado mi querido Javier Reverte. En aquel entonces me había propuesto cruzar África sola en transporte público, en esos minibuses compartidos que aquí se llaman dalla dalla, pero que con diversos nombres cruzan el continente, intentando desafiar las leyes de la física sobre cuantos cuerpos pueden caber entrelazados en una pequeña superficie, partiendo solo cuando están llenos, deteniéndose a repostar cada pocos minutos y a menudo amenizando el viaje con la oportunidad ofrecida a los viajeros de empujarlos por una carretera llena de baches.

Típica puerta labrada en madera en Stone Town. | Liz Leyden / ISTOCK

Reverte me dijo también que no me preocupara por la malaria, que él siempre la había combatido con el gin-tonic y una fe inquebrantable en su destino. Como la que yo tuve en él y que me condujo a permanecer inmune a los mosquitos hasta que a mi regreso a España me dijeron que Javier, el inmortal, estaba en la UCI por una malaria no africana, sino adquirida en el Amazonas.

Pero yo no lo sabía cuando llegué por primera vez a Zanzíbar, una isla en la que los europeos, sobre todo los italianos, han tratado con relativo éxito de erradicar para albergar a cada vez más turistas que llegan para pasar, la mayoría de las veces, tan solo una semana.

Cabañas sobre el agua en el archipiélago. | miroslav_1 / ISTOCK

Un palacio en peligro

En 2002 se llegaba a la isla en un destartalado barco que tardaba tres horas en cruzar desde Dar Es Salaam y la isla era el refugio de algunos mochileros bohemios. Hoy sin embargo en 2021, cuando regresé 20 años más tarde, la isla es casi una colonia europea donde italianos y alemanes e incluso españoles han construido en las costas de la isla kilómetros de resorts impecables con todas las comodidades e incluso colonias para el teletrabajo, donde los nómadas digitales encuentran una buena conexión wifi por fibra bajo los cocoteros. Ahora se llega a Zanzíbar en un avión de Qatar Airways que aterriza en un abarrotado aeropuerto donde se escuchan todas las lenguas de la vieja Europa.

Semillas de achiote. | Elena Skalovskaia / ISTOCK

El Palacio de las Maravillas, The House of Wonders, el palacio de los odiados sultanes negreros, acaba de derrumbarse y la Unesco, que otorgó a Stone Town el título de Patrimonio de la Humanidad, está a punto de quitárselo a causa de la corrupción que permite que los hermosos edificios con patios de naranjos de los emires y de los mercaderes de esclavos se caigan a pedazos al mismo tiempo que el turismo de masas inunda las avenidas frente al mar. Y sin embargo los mismos dhows, los faluchos de vela latina en los que sin duda viajó Simbad el Marino, atraviesan el mismo sol de fuego en un atardecer eterno. Y en el interior de la isla, los mismos monos colobos y más de 50 tipos diferentes de mariposas aguardan al viajero en el bosque de Jozani, donde hay más de 40 especies de pájaros, la mayoría en peligro de extinción y protegidos ahora en esta jungla que ha permanecido igual durante siglos.

Colobos rojos de Zanzíbar en el parque nacional de la Bahía Jozani Chwaka. | Sander Meertins / ISTOCK

Y por la noche, en los jardines de Forodhani, frente al derruido palacio del sultán, se congregan los mismos puestos que venden pinchos morunos o pulpo seco, que despachan zumo de caña de azúcar o donde podemos probar el urujo, también llamado Zanzibar Mix, un estofado en el que todas las culturas de la isla se juntan en tu boca en una sola cucharada: curry hindú, cassava y patatas, mango y coco. A la fresca, al caer la tarde, los vendedores ambulantes te dan a oler y probar el orégano de la pizza de Zanzíbar, un misterioso producto de la fusión de la comida italiana con el sueño de África.

Mujeres pescando en Zanzíbar. | Larissa Bergemann / ISTOCK

Huele a fritanga y a sudor, a jazmines marchitos y a especias desconocidas para nosotros. Hubo un tiempo en que la pimienta era más cara de lo que hoy lo es la cocaína e igual de prohibida; fue en ese tiempo cuando la isla de Zanzíbar construyó su imperio como isla de las especias, sobre todo con las otras dos especias afrodisiacas por antonomasia: el clavo y la canela. Podemos perdernos en las plantaciones de clavo para encontrarnos de nuevo en la sonrisa de los vendedores de baratijas de regreso a las callejuelas de la medina de la capital.

Slave Market Memorial en Stone Town. | Olga Koverninskaya / ISTOCK

Akuna Matata

La verdadera patria de los hombres es la lengua y la lengua es la que mejor explica esta parte del mundo. La lengua suajili es una lengua franca que fue en su tiempo tan poderosa como hoy el inglés, la lengua de los esclavistas, pero también la lengua de la costa libre, una mezcla de bantú y árabe, con influencias del persa, del portugués, del inglés y del hindi.

La lengua en la que todos los extranjeros aprenden a decir al menos dos frases: “Akuna matata” (ningún problema) y “pole pole” (despacito, despacito). Los dos lemas de la cultura de la vida en la playa que, como en la Ibiza de los años 60, florece en los poblados turísticos de Paje, de Jambiani o Bwejuu y sobre todo en el Norte, en la meca de los mzungus o blancos deseosos de diversiones: Nungwi, donde todas las noches hay fiesta con covid o sin covid.

Darajani Market en Stone Town. | ISTOCK / ISTOCK

El nombre es el destino y Zangi-bar significa costa de los negros y la visita más estremecedora es a la iglesia levantada en el lugar donde estaba el mercado principal de esclavos. Porque Zanzíbar era el lugar donde se almacenaban como mercancía tanto hombres como mujeres y niños capturados en el continente africano y destinados a las plantaciones americanas de algodón. Las cifras son terribles: cuatro de cada cinco esclavos no sobrevivía al espantoso viaje. Y el quinto llegaría al Nuevo Continente para vivir toda su vida como esclavo.

Mientras miles de niños morían desangrados en las puertas de los serrallos tras operaciones fracasadas que los hubieran transformado en bellos eunucos, los guardianes de los harenes podían llegar a ser tan ricos y poderosos como los reyes cuyas mujeres guardaban. De ese triste pasado y de la revolución del año 1964, en la que en casi una sola noche fueron asesinados los detestados árabes de Omán, han quedado los sabores y las especias y también una cultura alegre y mestiza que conjura el pasado con su amor a la libertad.

Calle de Stone Town. | Tobias Helbig / ISTOCK

El austero mundo árabe se funde con la vida que estalla en África en las vestimentas de las mujeres zanzibaríes: algunas, no muchas, llevan todavía el buibui o niqab de color negro, una larga túnica combinada con un velo que deja ver tan solo los ojos, pero la mayoría, aunque buenas musulmanas, se cubren tan solo con el hiyab, un fular que rodea la cabeza, llevan las cejas tatuadas de un profundo negro y visten un pareo de dos piezas de algodón con dibujos de peces, de barcos o de figuras geométricas, en colores alegres y descarados, amarillos explosivos, alegres rojos, profundos azules.

Velos de mujer

Por todas partes vemos a las mujeres, nunca ociosas, caminando como reinas con pesadas cargas a la cabeza, con niños en la espalda y de lejos nos parecen otra clase de mariposas tropicales, flores que caminan al borde de las carreteras, ojos que nos miran tras las puertas, el pulso de la vida africana que sobrevive gracias a estas mujeres que crían infinitos hijos sin perder nunca la sonrisa ni la alegría.

Delfines en las costas de Zanzíbar. | SaintM Photos / ISTOCK

Estas son las mismas mujeres que con sus vestiduras arremangadas hasta la rodilla y sin inmutarse ante las turistas que toman el sol y se dan baños en tanga siguen recogiendo las algas en la pleamar, algas que se venden por unos tres euros el kilo a la industria farmacéutica alemana.

En el oriente de la isla que mira a la India, protegidos por el arrecife de coral de los tiburones y otros monstruos marinos, una sucesión infinita de hoteles con sus hamacas y sus turistas rubios convive con las hordas de niños que al atardecer juegan con las olas y con las barcas de pesca, a menudo a vela, que faenan en busca del sustento entre los surfistas.

Camino a la playa de Paje. | Matej Kastelic / ISTOCK

En el sur de la isla de Zanzíbar, en el pueblo de pescadores Kizimkazi, los turistas madrugan para perseguir sin tregua a los delfines, un rito bárbaro en el cual hasta 10 o 12 barcas dan caza a una familia de delfines para que los extranjeros puedan saltar al agua y nadar con ellos.

Yo estoy de parte de los delfines y por eso regreso una y otra vez a Stone Town, a sus cafetines, a sus tés a la menta. Al encanto de un mundo en el que todo cambia para confirmar que todo es inmutable. Los ojos de Stone Town de la Ciudad de Piedra son sus puertas labradas en madera que antaño como hoy simbolizaban la riqueza de una familia.

Masáis en una de las playas de Zanzíbar. | Borut Trdina / ISTOCK

Las mil puertas

En el mundo suajili, el universo de los comerciantes árabes de Las mil y una noches que navegaban los siete mares, las puertas labradas en maderas tropicales, que todavía hoy elaboran habilidosos carpinteros, servían para mostrar la riqueza de una familia a sus envidiosos vecinos. Hoy en día las puertas son el guiño que el pasado hace al futuro de la isla de Zanzíbar. No sabemos qué hay detrás de sus exuberantes diseños, que nos recuerdan a la China antigua y también a la India medieval.

Recorrido por Zanzíbar | VIAJAR

Sospechamos que dichas puertas son entradas a otra dimensión, miradas a la vida eterna y al eterno retorno o quizá túneles hacia el aire acondicionado de un hotel de lujo. No queremos saberlo porque estas puertas, que son los ojos cerrados de la Ciudad de Piedra, nos cautivan como enigmas, como misterios, queremos creer que ocultan todavía el secreto mejor guardado de la isla de las especias. Ese que descubriremos en nuestra próxima visita. El embrujo que nos hará volver una y otra vez a Zanzíbar.