Unos cuantos motivos para descubrir Zanzíbar, o el África más "caribeño"

Un nombre de consonancias mágicas, un mito en el espíritu de los poetas y exploradores de largo recorrido.

Jean-Paul LABOURDETTE/Petit Futé
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Foto: den-belitsky / ISTOCK

« Quizás algún día iré a Zanzíbar… », soñaba Arthur Rimbaud en 1887. Nunca llegó a la isla, al igual que Joseph Kessel, también en busca de este lejano paraíso terrenal. Playas infinitas de arena blanca resplandeciente bajo un sol eterno insolente, cocoteros balanceándose con el viento, una laguna de agua cristalina turquesa protegida de las corrientes de alta mar por su espectacular barrera de coral.

Moiz Husein

Un edén en la cruzada de las rutas comerciales oceánicas, que ha dado lugar a múltiples influencias africanas, árabes e indias. como resaltan en la guía de la prestigiosa colección viajera Petit Futé, de la editorial Alhenamedia. La isla, tierra bantú por esencia, fue El Dorado de los primeros marineros que exploraban el océano Índico en dhow, estas milenarias embarcaciones tradicionales hoy tan características de Zanzíbar. Ha desarrollado una cultura suajili de múltiples facetas, tanto arquitectónica, religiosa, gastronómica como musical. En Stone Town, en el laberinto de las calles de la capital, las espléndidas puertas esculpidas de las casas dan testimonio de la riqueza de los árabes e indios en el siglo XIX. En la edad dorada de la isla, cuando los sultanes omaníes la eligieron como capital de su imperio, construían palacios grandiosos y cargaban de clavo las embarcaciones, especias raras, marfil, esencias preciosas, oro y, por supuesto, esclavos…

Thomas Pommerin

La memoria de los millones de africanos deportados aquí por la lucrativa trata negrera permanece viva. Hoy, el sueño del paraíso romántico está al alcance de los turistas. Numerosos complejos turísticos extienden sus bungalós a lo largo de las playas salvajes, en una vegetación exuberante de belleza, sin desnaturalizar los paisajes. Su única preocupación será entonces elegir bajo qué cocotero se entrega al dolce far niente, a la espera de explorar los espectaculares fondos submarinos de la isla.

ISLA DE UNGUJA

La isla de Unguja es la más turística de Zanzíbar, famosa por sus playas paradisíacas. Aunque la visita de Stone Town es ineludible por su historia y su arquitectura, cada parte de la isla tiene su característica. El noroeste —Nungwi y Kendwa— dispone de una de las playas más bonitas para bañarse con marea baja (el único lugar de la isla) y está frecuentada por turistas más jóvenes y festivos. El noreste, de Matemwe a Kiwengwa, incluso Chwaka Bay, se caracteriza por una playa muy salvaje y bastante grande rodeada de palmeras salvajes. Los complejos turísticos que han florecido son de muy alta categoría, no existe presupuesto reducido aquí. El lugar es excelente para visitar la isla de Mnemba, justo enfrente.

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El sureste, de Chwaka Bay a Makunduchi, cuenta con las playas más impresionantes de la isla, por la blancura de la arena y el turquesa del océano, donde la barrera de coral es densa y ancha debido a la punta de Michamvi, una península rodeada de corales. Aquí sopla un viento propicio para la práctica del kitesurf y se “han instalado clubes, así como los primeros mochileros de la isla. Bares reggae y ambiente tranquilo en la playa. El suroeste de la isla está poco construido. Se llega a Fumba para salir en barco y realizar el safari Blue Lagoon, con esnórquel y pícnic sobre el banco de arena. Y cuenta con Kizimkazi, su mezquita persa del siglo XI y su parque marino protegido donde los delfines vienen a jugar a la bahía todos los días para mayor felicidad de los turistas.

ZANZIBAR TOWN

El casco antiguo de Zanzíbar, Stone Town, formado por hermosas casas de piedra de coral construidas a partir del siglo XIII, es tan singular que fue clasificado como Patrimonio Mundial de la Humanidad por la Unesco. La arquitectura de este barrio lleva indudablemente las huellas de un pasado árabe e indio. Aquí el tiempo parece haberse congelado, los edificios decrépitos conservan aún una pátina auténtica y encantadora. Desde 1985, la Unesco ha emprendido un trabajo de restauración. Pero hay que apurarse porque con el tiempo las casas se degradan y las paredes de piedra de coral son vulnerables a las lluvias torrenciales de marzo, abril y mayo. Son sobre todo las puertas esculpidas las que acaparan la atención.

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Zanzíbar es una ciudad cuyo centro es un verdadero laberinto de callejuelas. Uno se ve deslumbrado por la belleza de una casa, los detalles de una puerta esculpida y la cantidad de edificios interesantes en cada esquina. En este laberinto, a pie, distraído, se desvelan los encantos de Zanzíbar. Entonces podrá disfrutar de momentos de vida llenos de color. Es excepcional presenciar el momento en que los cantos de los muecines de todas las mezquitas de la ciudad se elevan al mismo tiempo por encima de los tejados, los niños irrumpiendo a toda velocidad o en bicicleta en la esquina de las calles, las mujeres discutiendo mientras realizan la compra en el mercado. Su olfato estará en plena efervescencia en este jardín de especias: huele a canela, pimienta y, sobre todo, a clavo. Este último fue importado por el sultán de Omán cuando transfirió, en 1840, la capital del sultanato a Zanzíbar. Eso prueba la importancia de la isla que, en su opinión, parecía el paraíso. A finales de este siglo, la isla, que fomentaba su riqueza en las especias, era el primer productor mundial de clavo.

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No hay un solo coche dada la estrechez de las calles, pero peatones y ciclistas se apartan frente a las carretas de hombres y motocicletas que pasan a toda velocidad. Muchos vendedores intentarán desviarle hacia su tienda en la parte turística del centro, pero inmediatamente dejarán de hacerlo al verle alejarse. Para disfrutar de esta vida de capital, que más bien parece un pueblo agradable, basta con pasear. La ciudad es muy segura durante el día, incluso en las callejuelas menos turísticas, y la acogida de los “zanzibarís es muy acogedora, aunque algunos vendedores se pueden poner un poco pesados.

El clavo

El clavo es el rey de las especias en Zanzíbar. Los claveros, pertenecientes a la familia de los Myrtaceae, fueron introducidos en la isla por los comerciantes árabes para detener el monopolio de los indios sobre las especias. Pero el verdadero potencial del clavero comenzó a explotarse con la llegada del sultán Said Said, quien ordenó la plantación de árboles amenazando con confiscar las tierras de los que no hubieran plantado dos claveros por cada cocotero.
En veinte años, Zanzíbar pasó a producir las tres cuartas partes de la producción mundial. La especia se utiliza como aceite para el pelo, como remedio contra el dolor de muelas, como perfume a partir del siglo XIX en Europa y como especia, por supuesto. El tráfico de clavo era castigado con la pena de muerte y todavía hoy se condena en Zanzíbar.

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