Yunnan, el gran sur de China

En el suroeste de China, donde las nieves del Himalaya desaparecen en cordilleras de carácter tropical, donde las selvas de Indochina se funden con las mesetas, donde los grandes ríos del sur de Asia riegan los cultivos de la quinta parte de la humanidad, donde la cultura china se deconstruye en un millar de pueblos indígenas de lenguas extrañas y vestidos llamativos, allí está la provincia de Yunnan.

Pedro Ceinos
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Foto: Tino Soriano

Yunnan es la gran frontera interior, el punto en que convergen tres grandes entidades geográficas, históricas y humanas, donde el mundo tibetano, el chino y el de las variopintas culturas no centralizadas del Sudeste Asiático se ha ido tentando a lo largo de la historia. Es tierra, por tanto, de avances y de retrocesos, de identidades contestadas, de pueblos que viven su minuto de gloria antes de reposar en el anonimato de la historia, dejando como resultado un damero fascinante y seductor, en el que el viajero que sabe dejarse llevar por sus emociones vagará de sorpresa en sorpresa, pues cada curva del camino le deparará paisajes grandiosos, villas y aldeas conservadas al margen de la historia y poblaciones de culturas sorprendentes que han hecho de la diferencia su bandera. Aunque en los últimos años Kunming y las ciudades que se encuentran en el camino a Shangrilá (Dali y Lijiang) empiezan a ser populares entre los turistas chinos e internacionales, el corazón de la provincia china de Yunnan sigue prácticamente inexplorado. Paisajes de ensueño, entre los que aparecen rastros humanos siempre diferentes, esperan la llegada del viajero más experimentado.

La provincia de Yunnan fue una de las últimas en incorporarse al mundo chino. Aunque perteneció al imperio mongol asentado en China, su integración en la estructura administrativa del imperio no comenzó efectivamente hasta la llegada de la dinastía Ming a la zona en el año 1380. Una conquista lenta que va agregando territorios muchas veces hostiles, y que no finaliza hasta las primeras décadas del siglo XX, cuando el último de los reinos Dai semi-independientes, el de Sipsong Panna, es integrado definitivamente en la República de China. Antes de la llegada de los chinos, el territorio de Yunnan estaba repartido en cientos de pequeñas entidades políticas, cada una con sus jefes y sus leyes, que desde el siglo VIII rendían una cierta lealtad al poderoso Reino de Nanzhao establecido en Dali. Un reino que nos ha legado grandiosos monumentos budistas, y que, merced a su perspicaz política de alianzas, consiguió mantenerse independiente de los dos grandes imperios de la época: el chino y el tibetano. Esa historia de independencia, favorecida por una geografía tremendamente montañosa, y la lenta incorporación al imperio chino producto de ese ambiente humano y natural, ha hecho que Yunnan siempre haya sido considerada la provincia distinta de China, las tierras distantes, que, como la España de mediados del siglo XIX para el mundo centroeuropeo, abría las puertas a un continente ignoto: el de los pueblos e imperios de las selvas de Indochina.

Yunnan, que hace la frontera china con Birmania, Laos y parte de la de Vietnam, es comparable a España no solo en su posición geográfica respecto a Europa sino también en su superficie y población, su accidentada orografía, el número de sus entidades administrativas, las grandes diferencias entre las tierras del norte y las del sur, y especialmente por ser ambas consideradas el destino por excelencia para los viajeros. Si antaño se decía que África empieza en los Pirineos, igualmente se podría decir que el Sudeste Asiático empieza en Yunnan.

La moderna Kunming

La capital de Yunnan es Kunming, una ciudad limpia y vibrante destinada a convertirse en el centro económico y financiero de ese nuevo Sudeste Asiático que se diseña desde los institutos políticos de Beijing. El crecimiento desbordante experimentado en los últimos años ha seguido un modelo propio que de alguna forma consigue compaginar las necesidades laborales de cerca de ocho millones de personas con un ritmo de vida que todavía se podría considerar relajado. Kunming, con su gran aeropuerto, el tercero más grande de China, su papel central en la red de autopistas que ya conectan con Vietnam, Laos y Birmania, pero que está previsto se prolonguen por el sur a través de Tailandia hasta Malasia y Singapur, y por el oeste hasta Bangladesh y la India, y en la red de alta velocidad que se irá implantando en los próximos años, quiere ser el epítome de la modernidad en la zona. Afortunadamente la mayor parte del desarrollo moderno sucede en las afueras, dejando un centro agradable para pasear, desde el siempre animado Parque Cuihu al Mercado de los Pájaros, restaurado con gran gusto. Asimismo, la Plaza del Caballo Dorado y el Pollo de Jade, centro de una red peatonal, la ciudad antigua de Guandu, con un recinto perfectamente conservado, o las montañas del Oeste, con sus magníficos nichos tallados pacientemente por los devotos taoístas, no dejarán a nadie indiferente. El centro de la vida de Kunming es el lago Cuihu, punto de encuentro obligado de cientos de bandas musicales y artísticas que a lo largo del día se reparten horarios y espacios. Muchos de sus componentes proceden de las tierras de las minorías, convirtiendo el parque en un impresionante calidoscopio en el que los llamativos atuendos de fiesta de los tibetanos se comparan con los más austeros de los Moso o de los Naxi, o son vecinos de los que llevan algunos tipos de Yi, Dai o incluso de los Yao. Resulta bastante normal encontrarse durante los fines de semana con representantes de diez o doce de estas minorías bailando en distintos grupos los ritmos de sus tierras, quizá como una añoranza activa y folclórica para no olvidar lo que dejaron atrás.

Tradición y cultura

La punta de lanza desde la que China pone en marcha su influencia sobre el Sudeste Asiático es a su vez una región moderna y un repositorio de tradiciones, una gran reserva de elementos culturales y un gigantesco museo de historia natural. Es por ello que al salir de Kunming, al abandonar la ciudad y dirigirse a la frontera, uno descubre que la modernidad no por ser real es menos imaginaria, pues en seguida se sumerge en un mundo en el que otra realidad, a veces casi increíble, se sucede. Esta vez tomamos el camino menos trillado, el menos tocado por los viajeros, el que desde el centro de Yunnan se dirige al oeste hasta la frontera birmana. La primera parada la hacemos en la montaña Weibaoshan. A solo unos kilómetros de Weishan, otra ciudad antigua perfectamente conservada, la primera capital de ese reino de Nanzhao, esta es la principal montaña taoísta de Yunnan. Sobre ella se levantan una docena de templos en los que ese culto milenario, anclado profundamente en los chamanismos arcaicos, se conserva vivo.

La antigua ciudad de Dali

Atravesando unas llanuras habitadas en parte por musulmanes descendientes de aquellos administradores traídos desde la Ruta de la Seda por Kublai Khan, y montañas habitadas por Yi vestidos con coloridos atuendos, se llega a la antigua ciudad de Dali. A la orilla del lago Erhai, esta ciudad conserva todavía hoy su estructura antigua. Las puertas principales de su antigua muralla, así como fragmentos de esta última. Dali, una de las más bellas ciudades de la zona, es también el centro del mundo de la minoría Bai. A partir de ella se extienden una sucesión de valles separados por montañas no muy altas, moteados todos por las blancas construcciones características de las aldeas de esta minoría, que se van alejando de China hacia el mundo de los Dai y de los pueblos de la montañas que viven entre ellos, especialmente de los Lisu por esta zona. Cerca ya de la frontera con Birmania, los asentamientos de estas minorías se suceden, abriendo al viajero formas de vida siempre sorprendentes, vestidos variadísimos y costumbres que reflejan las creencias de mundos ya desaparecidos hace mucho, pues hoy en día los Lisu son cristianos, y los Dai budistas. Iglesias y templos se convierten ahora en la marca que anuncia la pertenencia étnica. Ambas reflejan el rechazo de estos pueblos a las culturas mayoritarias. Son buenos ejemplos de este mundo que empieza a llamarse Zomia entre los expertos.

Zomia, un mundo de libertad

En los últimos años está tomando fuerza una denominación geográfica que engloba a centenares de grupos étnicos en una docena de países del sudeste de Asia. Es Zomia, y pronto se puede convertir en una palabra de moda. Zomia se traduciría como "el mundo de la montaña", pues es un término que deriva de la apelación que se dan a sí mismas las poblaciones de lenguaje tibeto-birmano que habitan en las regiones montañosas de Yunnan (China), Birmania, Bangladesh, Tailandia, Laos, Camboya y Vietnam. Unas poblaciones que cuentan con características comunes. La más llamativa sería su rechazo al progreso y a integrarse en las poblaciones mayoritarias de sus respectivos países para vivir, en cambio, su vida en libertad. Como ha demostrado el profesor James C. Scott, estos pueblos, a pesar de estar expuestos continuamente a las tecnologías avanzadas de los Estados modernos, eligen preservar unos modos de vida adaptados a ese ambiente, rechazando la seducción de una modernidad que solo les ofrece un puesto en los peldaños más bajos de la escala social. Ese rechazo a una forma de vida uniformizada y globalizada ya está teniendo un fuerte impacto sobre poblaciones de otros países cercanos, e incluso sobre las capas más desfavorecidas de las sociedades mayoritarias, entre las que las promesas de un verdadero progreso se ven continuamente postergadas. Ciertamente a lo largo de ese vasto territorio ahora llamado Zomia se repite un modelo de relaciones entre los pueblos del valle y los de la montaña, en el que estos últimos siempre han sido los perdedores. Forzados a abandonar las tierras más ricas y mejor comunicadas, han hecho de su desgracia su virtud, recreando unas culturas basadas en la adaptación a unas duras condiciones de vida y en el amor por la libertad y la independencia.