Yukón: el río de las grandes aventuras

Dawson City, Jack London, Wyatt Earp, El paso de Chilkoot, la fiebre del oro... Son personajes, ciudades, rutas y fenómenos ligados a uno de los ríos más legendarios de América y del mundo, el Yukón.

Javier Reverte
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¿Existen lugares en donde puedes ser consciente de que en más de cien kilómetros a la redonda no hay en ese momento otros seres humanos que tú? Desde luego que existen. Y aunque la demografía humana haya crecido espectacularmente en las últimas décadas, la Tierra todavía esconde rincones en donde refugiarse para escapar de los otros. Cierto es que los seres humanos poseemos un corazón tribal. Pero el hecho de que nos sea cada vez más difícil huir de las multitudes hace que en muchos de nosotros aumente la tendencia a estar solos.

Uno de esos escenarios es el norte de Canadá y Alaska, territorios en donde reinan la nieve, el hielo y las ventiscas y que atraviesa un río bronco, muy largo y en buena parte todavía misterioso: el Yukón. No es un río que ofrezca muchas facilidades para recorrerlo ni que haya contado históricamente con viajeros dispuestos a navegarlo. Si bien se trata de un curso de agua en el que no hay muchas cataratas –sobre todo, saltos inexpugnables–, sí que abundan los rápidos. Y la fauna salvaje señorea en sus remansos, islas y corrientes. Hay pocos establecimientos humanos arrimados a sus orillas y hasta sus aguas se acercan inmensos bosques de coníferas y montañas de nieves eternas. El Yukón es soledad y libertad supremas y remar en su cauce es una experiencia difícil de olvidar para la sed de aventura de quienes se atreven a echarse en una canoa dispuestos a recorrerlo en una buena parte.

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Por otro lado, se trata también de un río que guarda una historia imponente y a menudo sobrecogedora: la de los buscadores de oro que, a finales del siglo XIX, emprendieron su exploración en busca del preciado metal, un movimiento humano que llevó a más de cien mil mujeres y hombres a jugarse la vida para enriquecerse en uno de los territorios más salvajes del planeta y que fue bautizado como el Gold Rush, la carrera del oro. Aquella suerte de estampida, de indudable carácter épico, tuvo un escritor formidable para recordarla en numerosos cuentos trazados sobre historias verdaderas escuchadas durante los días de la fiebre aurífera. Se llamaba Jack London.

El paso de Chilkoot

Para comenzar el recorrido por el Yukón hay que tener buenas piernas o bien optar por un tren. El río brota del lago Crater, en las alturas surorientales del Estado de Alaska, de soberanía USA, en donde se traza una de sus fronteras con Canadá. Y en los cielos del pueblo alaskeño de Skagway –al que se puede llegar en ferry desde Vancouver o incluso Seattle– se alzan los pasos de la cordillera de las Montañas Costeras, en donde se encuentran ya los territorios canadienses de la Columbia Británica y el nacimiento del río. Es un brusco e imponente ascenso el que lleva desde la orilla del Océano Pacífico al Chilkoot Pass, de 1.046 metros sobre el nivel del mar, que se recorren por una senda de 32 kilómetros, lo que supone una pendiente muy pronunciada. Los primeros buscadores de oro lo cruzaron a pie, cargados con una pesadísima impedimenta, hasta que en el año 1900 se inauguró el tren que llevaba hasta el White Pass, un paso de montaña más al oriente del Chilkoot, en donde se situaba otro puesto fronterizo.

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Ya en las alturas, y tras entrar en regiones canadienses, la carretera y el tendido ferroviario siguen en paralelo el curso del río y de lagos como el Lindeman, el Bennet y el Marsh, dejando atrás la provincia de Columbia Británica y entrando en la del Territorio del Yukón. Desde allí, hasta su desembocadura, en el Mar de Bering, cerca del puerto de Saint Michael, el Yukón recorrerá una distancia de 3.187 kilómetros a través de uno de los territorios más salvajes del planeta.

Rumbo al norte

Whitehorse, con sus casi 25.000 habitantes, es la capital de la nueva provincia. Allí, tras unos broncos rápidos, casi imposibles de pasar en cualquier tipo de nave, el río se serena y ensancha. Y continúa su curso rumbo al norte. Whitehorse es la población más grande que atraviesa el río en todo su camino entre el nacimiento y su desembocadura. Se trata de una urbe administrativa, fea y desolada. Pero constituye la salida natural por carretera para los turistas que visitan cada año esta región.

Jack London, a los 22 años de edad, cruzó el Chilkoot Pass en 1898, con las primeras oleadas de mineros que partían de los Estados Unidos en busca de fortuna. Apenas llevaba unos pocos dólares encima y los hielos y la nieve del invierno le detuvieron en Henderson Creek, unos 150 kilómetros antes de alcanzar Dawson City. Ese hecho le supuso no llegar a tiempo a la zona más rica en oro y registrar un tramo de río que, tal vez, le hubiera hecho rico.

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Desde Whitehorse, el río se adentra en inmensos bosques boreales y cruza el lago Labergue, un peligrosísimo lugar para las pequeñas naves a causa de los vientos. Pero una vez salvado este enorme estanque natural que cubre cincuenta kilómetros de longitud, el río bulle alegre, como si escapara de una prisión, recogiendo las aguas de pequeños tributarios como el Big Salmon o el Stewart y salvando difíciles tramos como el de los Five Fingers, unos rápidos que hacen naufragar a numerosas canoas cada año. La carretera se aleja de las orillas del río, que se adentra en territorios inhóspitos y solitarios, los reinos del oso grizzly, del lobo y del alce.

Antes de los Five Fingers se encuentra otra población ribereña, Carmacks, con un censo de 500 habitantes. Lleva el nombre del primer minero que, en el año 1896, encontró oro en la región del Klondike, un tributario del Yukón, y es una villa diseminada entre bosques en donde pueden aprovisionarse algunas decenas de deportistas que, en los meses de verano, en canoa o en kayak, recorren este tramo del río, de sur a norte y viceversa, entre Whitehorse y Dawson City.

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A partir de Carmacks, la carretera se aleja y quienes recorren el río navegando a pala deben de improvisar campamentos en sus orillas y en sus numerosos islotes. No son lugares muy seguros, debido a la presencia de los osos, las manadas de lobos y los pumas. Ni tampoco cómodos, a causa de los feroces mosquitos boreales. Pero mientras se interna cada vez más en territorios inhóspitos y tras recibir las aguas del caudaloso Pelly el Yukón se abre en una ancha explanada que acoge un soberbio campamento, Fort Selkirk, habitado tan solo en el estío por muy pocas personas. Allí hubo en el siglo XIX una estación comercial, más tarde un fuerte, después un punto de aprovisionamiento para los vapores que viajaban entre Whitehorse y Dawson y, ya en el siglo XX, una misión de jesuitas consagrada a San Francisco Javier. Rehabilitado por el gobierno canadiense como lugar arqueológico, es un paraje bellísimo en el que se puede descansar en cabañas con cierta comodidad, tras el duro trayecto por el río desde Whitehorse.

Unos 200 kilómetros más al norte se alza Dawson City. La ciudad, nacida en 1897, surgió al arrimo del Gold Rush y llegó a tener 40.000 habitantes dos años después. Cuando la carrera del oro concluyó en la región, en 1902, contaba con menos de 5.000. Dawson se encuentra en las orillas del Yukón y de su afluente el Klondike. Y los numerosos arroyos que discurren en el área constituían una suerte de El Dorado cuando los primeros buscadores de oro llegaron al lugar. Hoy sigue habiendo oro, pero en las profundidades de la tierra, y en su búsqueda las compañías auríferas canadienses emplean las más modernas tecnologías.

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En el verano, desde Dawson sale, dos o tres veces por semana y en un viaje ida y vuelta de ocho horas, un barco para turistas que, más al norte, cruza la frontera de Alaska, a la altura del río Fortymile, para visitar el poblado estadounidense de Eagle, cuyo censo no alcanza los cien habitantes, la mayoría de ellos amerindios. Algo más al norte, casi en su vecindad, se encuentra Circle City, otro antiguo poblado minero, situado tan solo cincuenta millas al sur del Círculo Ártico y con una población que supera escasamente los cien habitantes.

Territorio de leyendas

Restan aún algo más de dos mil kilómetros para llegar al mar. Y ya no hay remeros deportivos que se atrevan a seguir su curso. Con excepción de la ciudad alaskeña de Fort Yukón, que cuenta con algo más de medio millar de habitantes, el río es un dédalo de islas y canales, en ocasiones incluso una sucesión de aguas pantanosas, en donde apenas hay establecimientos humanos que superen el centenar de personas y algunos campamentos indios. Es una región de bosques virginales y fauna salvaje, un territorio de aventura, un escenario ideal, en suma, para almas audaces.

VIAJAR

Llegando a su final, el gran río se inclina levemente hacia el suroeste, formando un arco, para subir de nuevo broncamente hacia el norte y arrojarse al Mar de Bering, en la bahía de Norton, no muy lejos de la localidad de Saint Michael. Su delta es uno de los más extensos del mundo, mayor incluso que el del Mississippi.

Territorio de leyendas, escenarios de una naturaleza todavía indómita, el Yukón es uno de esos pocos lugares en donde el hombre todavía puede sentir que es solo una pequeña parte del planeta Tierra.

Mis cinco favoritos

Jack London

Acuciado por la miseria, un muchacho californiano llamado Jack London se embarca en San Francisco hacia el Yukón, en busca de oro, en julio de 1897. En septiembre, desciende el río hasta Whitehorse, pero los hielos le detienen a 150 kilómetros de Dawson City, el centro de los yacimientos auríferos. Pasa el invierno en una cabaña, escuchando las historias que cuentan los mineros, los cazadores y los indios. Llega a Dawson, no encuentra oro y regresa un año después de su partida a California, fracasado y pobre. Pero sus relatos sobre los días del Gold Rush le convierten en el escritor más leído de su tiempo y en uno de los más ricos.

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George W. Carmack

Otro californiano, George Washington Carmack, tuvo más suerte que London. A los 36 años vagaba por los ríos del norte de Dawson buscando oro sin éxito con su esposa india, Kate, y sus cuñados Skookum Jim y Tagish Charlie. Pero una mañana de agosto de 1896 comenzaron a sacar oro en cantidades inmensas del arroyo Rabbit Creek (rebautizado después como Bonanza Creek). Registraron su hallazgo y se hicieron ricos. Tres años después, Carmack abandonó a su mujer india para casarse con una blanca, Marguerite, dueña de un prostíbulo en Dawson City. Kate y sus hermanos murieron en la miseria, alcoholizados; y él, rico y feliz en Seattle.

Tren de White Pass

Aún hoy el tendido ferroviario que va desde Skagway al White Pass nos parece una obra de ingeniería asombrosa. Se inició en mayo de 1898 y concluyó nueve meses más tarde, para facilitar el camino de los mineros que iban en busca de oro al Yukón y evitar así la ardua subida a pie o a caballo que llevaba desde el mar a las cumbres. La obra costó 10 millones de dólares, ocupó a miles de operarios y sacudió la tierra con 450 toneladas de explosivos. Hoy transporta turistas en uno de los recorridos más espectaculares y espeluznantes del mundo. “Dadme dinamita suficiente –dijo uno de sus constructores– y llevaré un tren al infierno”. Y lo elevó casi al cielo.

Dawson City

Al arrimo del Yukón, en un valle canadiense en cuyos arroyos se concentraban a inicios del siglo XX los más ricos yacimientos de oro del planeta, nació Dawson City. En 1896 era una pequeña aldea pesquera india y en 1898, en pleno Gold Rush, contaba con 40.000 pobladores. En 1900 se extrajo oro por un peso aproximado de 10.000 kilos y la ciudad contaba con teatro, varios saloons, restaurantes de lujo, estación de Policía, periódicos y, naturalmente, prostíbulos. Hoy todavía se extrae oro de su subsuelo. Alberga unos 1.500 habitantes y parece un poblado sacado de un western. Cada verano recibe a unas cuantas decenas de miles de turistas.

Wyatt Earp

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El famoso sheriff que protagonizó el mítico duelo del O.K. Corral –Henry Fonda en Pasión de los fuertes y Burt Lancaster en Duelo de titanes– se trasladó a Alaska a finales del siglo XIX y vivió una temporada como agente de la ley en Juneau, la actual capital del Estado. Después cambió su placa por un casino en Nome, junto al Mar de Bering, cuando el Gold Rush se trasladó a esta localidad en 1901 al aparecer oro en sus playas. Finalmente regentó una sala de juegos y prostíbulo en Saint Michele, antes de regresar a California, llevándose con él una fortuna de 80.000 dólares ganada en su casino. Que se sepa, no mató a nadie en Alaska.