#yoviajoconVIAJAR: el desierto verde de Marruecos

Exploramos la belleza del Pre-Sahara, encajonado entre los altos picos del Atlas y la inmensidad de arena

Noelia Ferreiro
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Toca soñar con un lugar hermoso, amplio de miras, lleno de misterio. Un lugar al que apenas se presta atención, dada su condición de paso, y que sin embargo esconde un peculiar atractivo. Este lugar es la antesala del Sahara, en el sur de Marruecos. Unas planicies secas, desnudas y rocosas que conforman esta zona de transición hacia ese horizonte infinito de dunas y palmerales.

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El Pre-Sahara comienza cuando se cruzan los montes Atlas hacia el Sur, dejando tras de sí la estela de un espacio estéril de roca y maleza. Una visión desoladora, sí, pero que ofrece a la vista el espectáculo cromático de la tierra. En esta vasta extensión que abarca los valles del Dadés, el Draá y el Tafilelt no existe más resto humano que el de las esporádicas ciudades fortificadas que van salpicando el camino, confundidas con el paisaje. Son poblados bereberes a los que se denomina ksur.

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Insólita vegetación

A sus antiguos habitantes, especialmente dotados para el comercio y la artesanía, se deben estas bonitas ciudadelas de barro y adobe, a las que circunvalaron de atalayas que en su día cumplieron una misión: la de proteger a sus sedentarios habitantes en las trifulcas con los nómadas. Y aunque hoy muchas de estas fortalezas se encuentran despobladas, también hay quien se ha resistido a abandonarlas: pobladores que practican un triste pastoreo y a los que puede verse, esporádicamente, rondando estas ciudades fantasma.

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Porque, pese a que cueste imaginarlo, a veces la lluvia cae de manera copiosa y forma un lecho natural de agua. Y con esta muestra de vida, esta especie de milagro, crece algo de vegetación en su entorno y se mantienen vivas las cosechas. Por eso este lugar conforma el desierto verde de Marruecos.

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Aventura saharaui

Hay que atravesar el puerto del Tzi-n-Tichka (2.260 metros) y la kasba de Ait-Benhaddou para llegar a Ouarzazate, atractiva ciudad de casas deliberadamente alineadas, y típico punto de partida hacia la aventura saharaui. Una villa que, pese a su encanto, bien pudiera haber pasado desapercibida de no ser por el ojo avizor de Hollywood, que vio en ella un jugoso filón para sus producciones de cine.

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Después, dirección sur, llegará la primera sorpresa: la sobrecogedora ciudadela roja de Agdz, donde, entre adelfas y palmerales, el Valle del Drâa muestra por primera vez el río de su mismo nombre. A partir de aquí, este delgadísimo hilo de agua se abrirá paso entre los montes hasta perderse en el desierto, aunque a veces sólo deje el rastro de un lecho arenoso de grava. Por algo a este río hoy se le llama fantasma. Y con todo, es el más largo de Marruecos.
Océano de dunas

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Después irrumpirá Zagora, la más célebre de las ciudades presaharianas. Un centro de gran infraestructura hotelera, con una fortaleza en ruinas y un impactante oasis de cerca de 30 kilómetros. Desde sus imponentes hoteles, auténticas reminiscencias del Africa más profunda, se organizan excursiones a M'hamid, la llamada puerta del desierto.

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Es el comienzo de la aventura, a lomos de dromedarios y en vehículos todo terreno. M'hamid permite conocer de cerca aquella cultura nómada que tiende a desaparecer. Pronto comenzarán a elevarse los montículos y emergerán de pronto los campos de dunas. Y desde cualquiera de sus cimas ya todo lo que se contemple será arena.

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