Yellowstone, el primer sueño americano

Descubrir Old Faithful, el géiser más popular del mundo, y cientos de otros surtidores hirvientes y lagunas termales; admirar el colorido del Gran Cañón de Yellowstone y embelesarse con la belleza silvestre del lago Yellowstone; alcanzar a observar osos, lobos, alces y bisontes en los valles de Lamar y Hayden; visitar el fuerte Yellowstone y aprender acerca de su historia; practicar senderismo, acampar, pescar, ver las exposiciones y películas y asistir a programas guiados por los guardabosques son algunas de las muchas actividades posibles en el pionero de los Parques Nacionales de la Tierra: Yellowstone.

Javier Jayme
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Ninguna expedición por tierras desconocidas tuvo mayor influencia sobre el desarrollo de Estados Unidos que la dirigida entre 1804 y 1806 por Meriwether Lewis y William Clark, dos conspicuos oficiales del ejército designados al efecto por el presidente Thomas Jefferson. A tres décadas escasas de su independencia, el país norteamericano ambicionaba cubrir de lado a lado el continente. Y en 1803, después de la compra del territorio de Louisiana a los franceses por 15 millones de dólares, tal ambición se hizo factible. De un plumazo, la joven nación veía poco más o menos duplicado su tamaño a base de un espacio geográfico mayormente ignoto que se hacía necesario explorar. Formaba parte de la expedición un personaje legendario, John Colter (1774-1813), trampero, comerciante de pieles y explorador solitario, considerado hoy por sus compatriotas como el arquetipo y el primero de los mountain men (hombres de la montaña).  

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Tras alcanzar la costa del Pacífico, cumplida su misión, Lewis y Clark regresaron sobre sus pasos, repitiendo el itinerario de ida. En dos años y cuatro meses habían recorrido cerca de 12.000 km. Pero a John Colter no parecieron bastarle. Y en el invierno de 1807-1808 retornó a las salvajes regiones del Far West decidido a continuar explorándolas, esta vez en solitario. Durante meses recorrió el curso alto del río Yellowstone. Hasta que penetró en el cuadrante noroccidental del actual Estado de Wyoming. Y fue entonces cuando pudo contemplar una serie de fenómenos naturales de nuevo cuño: fuentes de agua caliente brotaban de la roca caldeando el aire glacial del invierno, al tiempo que inesperados surtidores levantaban intermitentemente repentinas nubes de vapor y líquido hirviendo. Lo que Colter acababa de descubrir era ni más ni menos que los paroxismos geotérmicos de las inmediaciones de Tower Fall, una catarata de 40 metros, la menor –pero hoy la más popular– de las dos principales que el río Yellowstone precipita dentro del actual Parque Nacional de Yellowstone. Con ello, este trampero pionero se convertía, de facto, en el primer hombre blanco en viajar a través del humeante y burbujeante paisaje en erupción que hoy oficia de atracción turística mundial en dicho Parque. 

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Y es que Yellowstone concentra actualmente a unos cuatro millones de visitantes anuales (el turismo europeo incorpora un 20% del total). El Servicio de Parques Nacionales (National Park Service o NPS en sus siglas en inglés) mantiene aquí a 800 empleados de manera estacional o permanente. Y a otros 4.000 adicionales en el período estival, cuando multitud de gente se aglutina en las pasarelas, ilusionada con vislumbrar osos salvajes y bisontes, con acercarse a los géiseres y pasear junto a las pozas de lodo en ebullición y las charcas de vistosos colores cuyas aguas hierven a fuego lento. 

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Situado en una amplia depresión flanqueada por montañas a una altitud que oscila entre los 2.100 y los 2.600 metros, el Parque Nacional de Yellowstone abarca 8.983 km² –casi mil más que la provincia de Madrid– ampliamente repartidos por Wyoming, con mínimas distribuciones en Montana e Idaho. Conforma la médula del Gran Ecosistema de Yellowstone, el más grande –y todavía intacto– de la zona templada en el hemisferio norte, y proporciona al visitante una variedad de paisajes y fauna salvaje difícilmente superada por otras áreas protegidas del Nuevo Continente. Comprende lagos, cañones, ríos y cadenas alpinas. Destacan los riscos amarillentos, los troncos enhiestos fosilizados y las fulgurantes montañas de obsidiana. Pero lo que le imprime su sello distintivo es el conjunto de fenómenos derivados de su fuerte y consistente actividad volcánica, patentes en los respiraderos geotérmicos distribuidos a lo largo y ancho de su superficie: nada menos que unos 10.000, la mayor concentración mundial de manifestaciones de este tipo. Porque el 60% de las fuentes termales y los géiseres de toda la Tierra se halla dentro del Parque Nacional de Yellowstone. 

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Solamente estos últimos, los géiseres, suman unos 300. El monarca indiscutido es Old Faithful, rodeado por una cohorte de vasallos cercanos: Castle, Beehive, Firehole, Daisy y Lone Star –el cual mantiene su chorro ¡hasta 30 minutos seguidos!–. Sus correspondientes áreas de observación, frecuentadas por alces y bisontes, resultan las más accesibles y confortables para los visitantes. Las infraestructuras incluyen pasarelas de madera con barandillas, asientos en bancos, estacionamientos y oficinas de guardabosques que registran tiempos, alturas e intervalos entre una y otra erupción para predecir la siguiente. 

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Las fuentes termales componen su propio espectáculo polícromo y efervescente. Grand Prismatic Spring, que pasa por ser la más grande de Estados Unidos y la tercera del planeta, constituye una visión calidoscópica con matices de otro mundo. Bandas flamígeras de color naranja, amarillo y verde rodean el penetrante azul del círculo central, donde el agua hierve desde el subsuelo tan caliente, que resulta completamente estéril. Al fluir hacia los bordes se va enfriando, lo cual permite medrar a las bacterias termófilas, cuyos pigmentos son responsables de las tonalidades apuntadas. Old Faithful puede tener mayor fama, pero el acuífero elipsoidal de la Grand Prismatic Spring es el más fotografiado de Yellowstone.

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Formaciones Geológicas

El río Yellowstone aporta dos notables formaciones geológicas al acervo de atracciones del Parque: el lago homónimo y el Gran Cañón. Del primero, cuya longitud ronda los 30 km, se puede decir que es la superficie acuática de montaña más grande de América del Norte. En sus aguas frías ha encontrado su último baluarte de supervivencia una rareza ornitológica amenazada: el cisne trompetero. Su gran tamaño y el blanco de sus plumas le confieren una peculiar hermosura. Unos 25 km al noroeste del lago, el río se abisma labrando en la roca otro lugar emblemático: el Gran Cañón de Yellowstone, un tajo multicolor de 32 km de largo por casi dos en su parte más ancha, jalonado por saltos de agua, a la cabeza de los cuales se sitúa el de Lower Fall con sus 90 metros. El lecho volcánico excavado por las aguas tiene una coloración gris o rosada que los minerales arrastrados van volviendo amarillenta. Piedra Amarilla: tal se llama en inglés el río, el lago, el cañón y el Parque. 

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La Megafauna

Si bien puede afirmarse que las singularidades geológicas de Yellowstone son su principal reclamo turístico, las zoológicas no le van a la zaga. Los bosques montanos recubren el 80% de su superficie. El 20% restante se compone de humedales –lagos, estanques y ríos– o está tapizado por prados. Bisontes, osos negros y pardos (grizzlies), pumas, alces, carneros de las Rocosas, lobos y berrendos viven libremente en estos parajes, el más extenso de los hogares de megafauna del territorio continental estadounidense. 

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Yellowstone, en concreto, constituye el santuario por excelencia del bisonte, especie presente desde la prehistoria en las praderas y llanuras norteamericanas, donde en tiempos precolombinos pululaba en enormes manadas totalizando una cantidad estimada, grosso modo, en 60 millones de cabezas. Pero entrado el siglo XIX la campaña de exterminio sistemático emprendida por el hombre blanco llevó a este bóvido salvaje, tan ligado a la historia y actividades de los indios, a niveles de extinción. En 1902 sobrevivían en el Parque unos 50 individuos. Hoy, gracias a las medidas de protección, este enclave acoge al único rebaño en libertad existente en Estados Unidos, compuesto por unos 5.000 ejemplares. Ahora bien, el comportamiento de los bisontes de Yellowstone, en estado salvaje, difiere notablemente del de los domésticos que moran en muchas otras zonas de Norteamérica. 

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Bello”, “fascinante”, “increíble” son  los adjetivos más comunes usados por los visitantes, para la mayoría de los cuales viajar por este colosal santuario de naturaleza acontece una vez en la vida. Suficiente, no obstante, para sentirse afortunados. ¡Ahí es nada haber visto, oído y palpado lo que era el Oeste norteamericano hace apenas un siglo y medio!