Yangón, la Meca budista del sureste asiático

Llamativa, aún misteriosa, Yangón dejó de ser la capital birmana por consejo de los astrólogos, pero sigue siendo el corazón económico del país, que gira en torno a su puerto, uno de los más ricos de Oriente, y reza en la pagoda más sagrada del sureste asiático, la monumental Shwedagon, a la que Kipling llamó "misterio dorado" y "pura maravilla".

Mariano López
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Foto: Tino Soriano

Tengo ante mí la pagoda de Shwedagon, el corazón y el alma de Yangón, el principal lugar de peregrinación de los budistas, la Meca de quienes buscan la Iluminación. El primer viajero europeo que describió este templo, el británico Ralph Fitch, comentó que era "el lugar más bello que existe en el mundo". Rudyard Kipling, trescientos años después, contó que Shwedagon era "un misterio dorado, acampado sobre una tierra verde, una pura maravilla que brilla bajo el sol". Para un autor más reciente, Norman Lewis, la pagoda de la antigua capital birmana continúa siendo un lugar extraordinario. "El equivalente budista de la Kaaba en La Meca -dice Norman Lewis-, un monumento glorioso y excepcional". ¿Qué tiene la gran pagoda birmana para despertar tan elevados elogios? Para empezar, su santidad. Shwedagon es el único templo budista que, según la tradición, no solo posee preciosas reliquias del Buda Sidarta Gautama sino también de los tres budas anteriores. La leyenda es preciosa. Cuenta que nada más acceder Sidarta a la Iluminación, después de haber meditado y ayunado durante 49 días, recibió varias ofrendas de sus discípulos. La primera ofrenda, un pastel con miel, le fue presentada por dos hermanos originarios de Okkala, la villa de pescadores que se alzaba, hace 2.500 años, en el lugar donde hoy se encuentra Yangón. El Buda Gautama, agradecido, se arrancó ocho cabellos de su cabeza y se los entregó. La Tierra tembló de alegría cuando los dos hermanos recogieron los cabellos sagrados. Un arco iris iluminó los bosques y el monte Meru, donde duermen los nats, se inclinó ofreciendo sus respetos. Fueron muchas las señales de reverencia. Los dos hermanos regresaron luego a Okkala, precedidos ya por su fama. El rey de Okkala les acogió con gran pompa, subido en un elefante blanco, escoltado por todos los notables de su reino. Cuando abrió la caja de los cabellos, la Tierra tembló, se sucedieron muchos y muy diversos milagros y, finalmente, una lluvia de piedras preciosas colmó al país entero. Fueron los nats, los sagrados espíritus del bosque, quienes eligieron, con su sabiduría, el lugar donde debería levantarse la pagoda que llevaría en sus entrañas los cabellos del Buda: una colina llamada Singuttara, donde se encontraban tres reliquias -un bastón de peregrino, un cucharón de sopa y un trozo de manto- de los tres budas anteriores. Los hombres y los nats erigieron allí la pagoda, en la colina Singuttara, donde hoy sigue brillando Shwedagon para asombro del mundo.

En birmano, shwe significa oro, y dagon, colina. La colina dorada, el lugar de Shwedagon, se divisa fácilmente desde todos los rincones de la ciudad, que extiende la mayor parte de sus no muy altas edificaciones al nivel del mar. En lo más alto de la colina está la gran estupa con las reliquias de los budas. Mide 99 metros de alto y apoya su forma semiesférica en una base de ocho lados inscrita en 433 metros de circunferencia. A su alrededor se suceden los altares, los dedicados a Buda y los que simbolizan a los espíritus protectores de cada uno de los días de la semana. Una calle amplia, circular, junto a los altares, permite deambular a un gran número de visitantes. En el perímetro exterior de la calle se suceden los templos donados a Shwedagon desde todos los confines del mundo budista: pirámides truncadas de la tierra de los dioses, Kerala, en la India; pagodas de ocho puntas del sur de la China; estatuas venidas de Lumbini, donde nació Gautama, en Nepal; tenebrosos diablos protectores del misterioso Tíbet. Abundan los altares que iluminan la cabeza del Buda con ingenios de clara procedencia china: lámparas de colores chillones que parpadean y simulan rayos de luz, auras celestiales que recuerdan a las luces de un árbol de Navidad. Cada atardecer, antes de que se enciendan estas lámparas, un monje recorre la base de la estupa, adonde está prohibido el acceso, para comprobar que la lluvia o el viento no hayan empujado, monumento abajo, ninguna piedra preciosa. La tradición sostiene que en lo más alto de la estupa, en los discos que coronan el mástil y representan los cielos sucesivos, se pueden contar 5.448 diamantes, 2.317 rubíes, topacios y zafiros y una enorme, gigantesca, esmeralda.

En el centro de la ciudad, al pie de la colina, se encuentra otra pagoda, la pagoda Sule. Al norte, a escasa distancia de esta pagoda, se encuentra el Ayuntamiento, alojado en un edificio colonial. No es el único edificio con aromas británicos que se conserva. Pierre Loti se quejaba en sus obras de la abundancia de edificios coloniales en Yangón que, a su juicio, restaban glamour y misterio a esta capital de Oriente. Entre los supervivientes de la época que conoció Loti, destaca uno: el hotel Strand, junto al puerto. Abrió sus puertas en 1901, fue cuartel general de las tropas japonesas y todavía impresiona con sus enormes salones de los que cuelgan lámparas de araña y ventiladores igualmente vetustos, sus puertas enmarcadas con madera de teca, los sillones de caña de bambú y un aire somnoliento y decadente que recuerda al club que dibuja Orwell en su novela Los días de Birmania.

Espíritus protectores

Además de centro urbano, Sule es el centro de la vida popular en Yangón. En un país de mayoría budista, las pagodas son el lugar ideal, necesario, para comenzar y despedir el día. Los fieles acuden cada mañana para rezar, meditar, ofrecer limosnas y ganar méritos para la próxima vida, la siguiente reencarnación de su karma. Particular importancia tiene el culto a los ocho espíritus protectores de los días de la semana. Dos espíritus corresponden al miércoles (mañana y tarde) y los otros seis a cada uno de los días restantes: así, la semana tiene ocho días; la estupa, ocho lados; el cielo, ocho planetas; el ocho es -por supuesto- el número de la fortuna. La visita diaria a la pagoda suele estar acompañada por una breve consulta astrológica. Quiromantes y astrólogos levantan sus despachos junto a las pagodas. Preguntan por la hora y el día de nacimiento, atienden a la posición de las casas y los planetas, estudian las rayas de la mano y predicen el amor y la fortuna.

En Yangón hay templos budistas, hindúes, chinos, musulmanes, anglicanos, judíos, católicos y evangélicos. Hay fieles de las principales religiones del mundo, anidadas en el alma de las siete grandes minorías étnicas y en el resto de visitantes, emigrantes y transeúntes que completan los cinco millones de habitantes que suma Yangón. Cada uno con su credo, pero casi todos unidos por la costumbre, o la tentación, de acudir, al menos de vez en cuando, al despacho de quienes aseguran adivinar el futuro. Una tradición que se toma en serio en un país que siempre ha vivido atento a las opiniones de sus astrólogos.

El 6 de noviembre de 2005, Yangón perdió la capitalidad del país. De madrugada, cientos de funcionarios recibieron la orden de trasladar su casa al interior del país, a Naipydó, la nueva capital, a más de 300 kilómetros de distancia. El gobierno nunca explicó las razones de este cambio. La prensa británica, en particular The Times, recogió que las razones del cambio se debían al consejo de los astrólogos. Los militares, responsables de la dictadura, decidieron cambiar la capitalidad del país porque los astrólogos predecían la inminente invasión de Yangón. El gobierno ordenó el cambio y centenares de personas tuvieron que dejar Yangón y trasladarse a vivir a una desoladora ciudad, a pesar de su nombre - Naipydó significa "asiento de reyes"-, que suma pocos méritos al de su emplazamiento, a salvo de cualquier invasión marítima. Años atrás, el general Ne Win, responsable máximo de la dictadura birmana desde el golpe de Estado que le llevó al poder en 1962 hasta 1988, introdujo los billetes de 5, 15, 45 y 90 kyats (la moneda local) porque los astrólogos le recomendaron que, si quería mejorar la economía del país, era importante confiar la suerte en múltiplos de 5. En otras ocasiones, los cielos aconsejaron múltiplos de 9 ó de 11. Ne Win siempre los escuchó. Cada vez que introdujo nuevos billetes, organizó un completo caos. Pero nunca encontró razones para dejar de consultar el futuro del país a los astrólogos.

El 8 de agosto de 1988,8 del 8 del 88, comenzaron en Birmania las manifestaciones contra el régimen de Ne Win. Al principio, solo en Rangún, que cambiaría su nombre por Yangón al año siguiente, cuando Birmania pasó a denominarse Unión de Myanmar. Centenares de miles de personas levantaron sus protestas contra la dictadura. Entre ellas, Aung San Suu Kyi, hija de una leyenda política birmana: el general Aung San, comandante de las tropas que lucharon contra el ejército invasor japonés y presidente del primer gobierno democrático de la Birmania independiente. Aung San nunca llegó a gobernar. Él y seis de sus ministros fueron asesinados mientras celebraban la primera reunión del gabinete. Su hija, entonces, tenía solo 2 años.

Doctorada en Oxford, profesora en la India, Aung San Suu Kyi vivía en Gran Bretaña con su marido, Michael, historiador especializado en los reinos del Himalaya, y sus dos hijos, cuando regresó a Birmania en el año 1988 para cuidar a su madre, enferma. El 8 del 8 del 88 dio un paso adelante y encabezó la recién nacida revolución, la contestación no violenta al régimen, una forma de protesta pacífica y persistente inspirada en Gandhi. Poco después, fue encarcelada. Comenzó entonces un largo camino a la libertad -se le han buscado muchos paralelismos con el líder sudafricano Nelson Mandela- que coronaría en 2010. Durante todos estos años, los cuatros ochos, 8 del 8 del 88, han funcionado como un código secreto, un símbolo de la oposición al régimen militar. Todavía hoy se puede ver en los mercados, en los tenderetes de los templos y en algunos rótulos de publicidad el código de los cuatro ochos.

Crecimiento del turismo

Las reformas democráticas que condujeron a la liberación de Aung San Suu Kyi auguran cambios profundos. De entrada, se notan en el crecimiento del turismo y de la economía general de Yangón. Crece el número de hoteles, restaurantes, edificios y antenas parabólicas. El precio de los apartamentos se ha disparado. Una casa pequeña en Yangón, en un barrio de moda, puede llegar a costar 800.000 dólares estadounidenses. El tráfico también acusa el crecimiento. Se multiplican los automóviles chinos, las motos chinas y la influencia china en otras parcelas del consumo, como los ordenadores o los teléfonos móviles. Muchos adolescentes evitan la delicada pero cansina música del arpa birmana tradicional y prefieren el K-pop coreano, se peinan con crestas, como los occidentales, visten su piel con tatuajes y sufren cuando desaparece su conexión a Internet.

Yangón está cambiando, pero los cambios tardarán en transformar esta ciudad, en la que los hombres aún visten con falda, las mujeres y los niños pintan su cara con thanaka, la crema protectora, y todos cuidan de sus monjes, la ocupación más preciada, el puesto más alto en la escala social. James George Scout, el británico que introdujo el fútbol en Birmania, un funcionario del Imperio que sirvió 35 años en la Birmania colonial, escribió que los birmanos son los más calmados, amables y contentos de los mortales. No necesitan el dinero, no tienen ambición. Si alguna vez ganan muchos kyats, se los gastan rápidamente en obras piadosas que proporcionen méritos a su karma. Los ingleses se reían de los birmanos porque llevaban falda, el longhi. Los birmanos rezaban para que los ingleses tuvieran más suerte en su próxima vida y se reencarnaran en Birmania.

Al atardecer, los restaurantes populares del barrio chino sacan mesas a la calle y ofrecen pollo, arroz y camarones a precios de una época anterior al turismo. En cada esquina, o casi, hay un puesto con betel: hojas verdes sobre las que se pone una pizca de tabaco, algunas hierbas, frutos secos y un toque de cal. Sabe como la espuma del jabón, pero a muchos birmanos les encanta, es adictivo. Se aprecia su consumo en las sonrisas: en los dientes desgastados y prematuramente oscurecidos, la boca roja. Pero, a pesar del betel, las sonrisas prevalecen. Birmania es el país de las sonrisas, hasta las representaciones de Buda sonríen.

En el puerto de Yangón vi cómo trabajaba un grupo de obreros que descargaba sacos de arroz de un carguero. En cada saco habían practicado una diminuta abertura, por uno de sus extremos, de modo que cuando lo transportaban se perdía una pequeña cantidad de arroz, que dejaba un reguero blanco entre el barco de partida y su destino final, el camión. "¿Por qué tiran aposta el arroz?", pregunté. "Es mucho arroz -me dijeron-, y con este poco que se pierde se pueden alimentar otros". "Parece muy poco", les dije. "Pues entonces alimentará a las palomas", contestaron.

Y allí me quedé, mirando al puerto de Yangón y a sus barcos, a la pagoda dorada más sagrada de Oriente y a la gente más amable del mundo.

Dagon, Yangón Y Rangún

La ciudad de la gran estupa dorada se llamaba Dagon, en birmano "colina", hasta hace poco más de 250 años. La tribu mon había sustituido el nombre original del asentamiento, Okkala, por el de Dagon, en honor a la sagrada colina y a la gran pagoda. A mediados del siglo XVIII, el rey Alaungpaya, que conquistó el sur del país y unió bajo su corona a todas las tribus y territorios de Birmania, renombró Dagon como Yangón, que significa "ciudad sin enemigos", y la convirtió en su capital. En el centro de la ciudad mandó construir otra pagoda con el nombre Sule, del nat o genio protector de la colina Singuttara. La ciudad sufrió un tremendo incendio poco después de la primera guerra contra los británicos y fue devastada durante la segunda. La llamada "ciudad sin enemigos" pronto descubrió que tenía al menos dos, igualmente terribles: el fuego y los ingleses. Ambos acabaron con todo, excepto con las pagodas. Pero Yangón se recuperó de sus cenizas. Los británicos trazaron, de nuevo, sus calles, a su estilo, en damero, y levantaron edificios victorianos y neoclásicos en torno a la pagoda Sule. La ciudad fue rebautizada como Rangoon, transcripción al inglés del sonido birmano de Yangón. En español pasó a ser Rangún. Los británicos la convertirían en uno de los puertos más ricos de Oriente. En Rangún, los barcos cargaban el arroz del delta (Birmania llegó a ser el mayor productor de arroz del mundo), la teca de los bosques birmanos, el jade y los rubíes del norte del país, el algodón y el té que llevaron los ingleses a los campos birmanos y el marfil que extrajeron de sus elefantes. Al comenzar el siglo XX, Rangún era una ciudad más que notable, que presumía de contar con los mismos servicios públicos que Londres. Ya no era una villa costera, como cuando nació, pero seguía siendo una ciudad portuaria gracias a la confluencia de los dos ríos que la abrazan: el río Yangón, que desemboca, 30 kilómetros al sur, en el Golfo de Martabán, y el río Bago, un afluente del anterior.