Wroclaw, la Venecia polaca

A los pies de los Sudetes y a orillas del río Óder, Wroclaw es la capital económica, cultural e intelectual de la Baja Silesia en Polonia, un destino que sorprende por su entramado de fosos y encantadores puentes y canales. De ahí que reciba el sobrenombre de la Venecia polaca, pues se erigió sobre 12 islas fluviales y está comunicada con 120 puentes. En Europa solo la superan en este aspecto Ámsterdam, la propia Venecia, Hamburgo y San Petersburgo.

Javier Carrión
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Foto: Cristina Candel

Wroclaw es la cuarta ciudad más grande de Polonia con una superficie de 293 kilómetros cuadrados y una población de 642.000 habitantes que se convierte en un millón cuando se suman las áreas suburbanas de esta ciudad enclavada en el oeste del país. Estratégicamente situada en torno a cinco capitales centroeuropeas —Berlín, Praga, Viena, Bratislava y Varsovia—, la ciudad ha seguido como la mayor parte de Polonia una metamorfosis paulatina a partir de 1989 y el fin del periodo comunista, perfilando su propia identidad y recogiendo la herencia de una serie de movimientos migratorios, tradiciones y culturales que han formado parte de su agitada historia.

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A Wroclaw, también llamada Breslavia o Breslau, se la conoce como la Venecia polaca, pero en realidad no se parece en casi nada a la famosa ciudad del norte de Italia. No lo necesita, pero su red de canales, afluentes y puentes sí ha influido para que sea considerada una de las joyas turísticas del territorio polaco.

Paralelamente, Wroclaw ha pasado a ser poco a poco un centro educativo y académico de primer orden con más de 140.000 estudiantes, muchos de ellos erasmus que se trasladan a esta dinámica urbe. Hay también españoles, unos dos mil, solo superados por los ucranianos, una legión de trabajadores en cientos de servicios, en esta ciudad abierta que ha pertenecido a lo largo de su historia a Bohemia, Austria, Prusia y Alemania, y que solo después de la Segunda Guerra Mundial quedó integrada en Polonia.

Iglesia de madera de Wang, situada en la localidad de Karpacz. | Cristina Candel

Ya en el siglo XXI, Wroclaw, a partir de ser proclamada capital cultural europea en 2016, se ha transformado también en un gran centro comercial e industrial al atraer a las compañías polacas más importantes del país y a un importante grupo de investigadores extranjeros. Empresas como LG, Google, Toyota, Volvo o Amazon, la más reciente con más de 5.000 trabajadores para el mercado alemán, se han instalado en esta área como centros logísticos formando uno de los corredores europeos más importantes que unen Bruselas y Kiev, con una magnífica conexión en el eje formado por Dresde, Berlín y Viena.

Antiguo Ayuntamiento de Wroclaw en la Plaza del Mercado. | Cristina Candel

A ese poder económico Wroclaw une su encanto arquitectónico en una ciudad vieja que invita al paseo por sus vistosos monumentos. Son muchos pero algunos sobresalen, como la Rynek o Plaza Mayor, la segunda más grande de Polonia (3,8 hectáreas) tras la de Cracovia, con edificios muy antiguos que la rodean, como el Ayuntamiento, un hermoso ejemplo de gótico-tardío con su torre de 66 metros, cuya construcción se alargó durante dos siglos; la cercana Iglesia de Santa Isabel, desde la que se divisa la mejor vista del casco antiguo de la ciudad tras subir 300 empinados escalones por una escalera de caracol; la calle Jatki, el lugar elegido para vender la carne del matadero municipal desde el siglo XII; la Iglesia de Santa María Magdalena con su puente-mirador de los penitentes, y sobre todo, un puñado de restaurantes, bares, café y cervecerías que hacen de este conjunto un sitio muy animado a cualquier hora del día.

En torno a la Plaza Mayor

A este centro neurálgico de Wroclaw se puede acceder por 11 calles, pero la de Swidnicka es la vía más utilizada, adornada con sus comercios, bulevares y con un gran referente, el hotel Monopol, que ocupó Pablo Picasso mientras diseñaba su famosa paloma de la paz en 1948 en la servilleta de un camarero. Otros ilustres huéspedes de este hotel han sido Marlene Dietrich, Irène Joliot-Curie o el propio Adolf Hitler, quien tenía asignada la habitación 113. Hoy los visitantes pueden alojarse en esta estancia del führer a partir de 150 euros la noche.

Puente hacia la isla Daliowa, una de las 12 de Wroclaw, con la escultura Nawa al fondo. | Cristina Candel

La extensa calle Swidnicka finaliza en la Plaza Mayor o del Mercado, repleta de edificios separados por callejones, y en la Plaza de la Sal, hoy mercado de flores siempre abierto al público. Cerca de esta coqueta plaza se encuentra una librería española, donde además de comprar libros en castellano o aprender nuestro idioma se puede probar el jamón ibérico y una selección de nuestros vinos. Muy cerca de esta librería, abierta hace siete años, se encuentra el antiguo barrio judío, plagado hoy de jóvenes que se divierten especialmente los jueves por la noche en cafés bohemios y restaurantes llenos de encanto que fueron en muchos casos antiguas funerarias.

Barrio de las 4 confesiones

El barrio lleva el nombre de las cuatro confesiones porque en sus calles puedes encontrar un puñado de templos católicos, protestantes y ortodoxos —hay 80 en toda la ciudad— y la única sinagoga que se salvó de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial después de que los nazis la utilizaran como garaje y almacén de los bienes judíos robados. Esta sinagoga de la Cigüeña Blanca organiza en la actualidad eventos religiosos para la comunidad judía y es también sede de conciertos y exposiciones artísticas.

Una de las puertas de entrada a la universidad de Wroclaw. | Cristina Candel

La mejor manera de asimilar y entender el crecimiento de Wroclaw es subiendo al mirador de su catedral de San Juan Bautista para disfrutar de la panorámica más espectacular de la ciudad desde una de las afiladas torres del edificio emplazadas a 97 metros de altura. El templo, de estilo gótico, alberga en su interior el órgano más grande de Polonia con 13.207 tubos y es el orgullo de los habitantes de la ciudad a pesar de sus continuos cambios físicos durante los siglos que reflejan la turbulenta historia de Wroclaw, siempre marcada por los incendios y las guerras.

A su lado, el Museo Archidiocesano, el más antiguo de Breslavia, exhibe una muestra de objetos sagrados de ese pasado histórico, entre los que destaca la Księga Henrykowska (siglos XIII-XIV), con la primera frase escrita en lengua polaca. La catedral está situada en el barrio de Ostrow Tumski, el origen de este destino, donde, según la leyenda, el duque Vratislav de Bohemia fundó Wroclaw estableciendo en el año 1000 un obispado en esta isla que acaparó todo el poder al concentrarse la autoridad eclesiástica.

Puente de San Juan en la localidad de Kłodzko, al sur de Wroclaw. | Cristina Candel

Hoy esta isla sigue repleta de edificios religiosos, entre los que se pueden citar la Iglesia de la Santa Cruz, la Iglesia de Santa María de Piasek, la Iglesia de San Gil o el Palacio Arzobispal, que forman un auténtico bastión eclesiástico. Esta isla de la Catedral mantiene muchas de sus tradiciones, como la del farolero, vestido con una discreta capa de color negro, que sigue alumbrando al anochecer 99 farolas de gas utilizando, como hacía antaño, una pértiga. Tras asistir a esta especial ceremonia diaria, se puede iniciar un interesante paseo a través del cercano puente de Tumski.

Barrio de la universidad

El puente de Tumski fue construido a finales del siglo XIX y se conoce como el de los enamorados, ya que de él se han retirado recientemente nueve toneladas de candados, colocados por parejas, que ahora permanecen guardados en los archivos municipales después de haber sido una personal prueba de amor.

Puestos en el mercado Hala Targowa de Wroclaw. | Cristina Candel

Es en este entramado de puentes, como el de Tumski o el de la Isla de Arena, donde parten los barcos que realizan cruceros por el río Óder hasta llegar al zoológico en las afueras o al cercano casco viejo, que mantiene su foso de agua, de 3.700 metros de longitud, repleto de lucios, carpas, percas y barbos y una plaga de tortugas que están impacientando a las autoridades municipales en los últimos tiempos por su rápida expansión. Este foso fue navegable durante el periodo alemán, pero hoy los barcos están prohibidos, al igual que el baño, y se ha convertido en una agradable alameda para los habitantes de Wroclaw.

Sin abandonar el casco viejo, hay que acercarse al elegante barrio universitario, fundamental en el desarrollo de esta singular ciudad. La Universidad fue fundada como academia en 1702 por Leopoldo I y pasó a ser la Universidad de Wroclaw en 1811. Desde entonces, por ella han pasado ocho Premios Nobel, como el famoso físico alemán Max Born o el químico Friedrich Bergius, y una vez concluida la Gran Guerra fue considerada el gran foco de la enseñanza superior polaca.

Iglesia de la Paz de la Santísima Trinidad de Swidnica. | Cristina Candel

El principal motivo de esta visita es ahora el Aula Leopoldina, decorada con dorados, estucos y pinturas dedicados a los sabios y filósofos de la historia y a los fundadores de la academia. En esta sala se inaugura solemnemente el curso académico cada año y se celebra la ceremonia de entrega de grado de doctor honoris causa. A solo unos pasos de Plac Uniwersytecki, 1 también resulta muy recomendable entrar en la Iglesia del Santo Nombre de Jesús, esplendor máximo del barroco en Polonia gracias al impulso de los jesuitas, para muchos la más hermosa de la ciudad.

El panorama de Raclawice

La guinda de la visita es el Panorama de Raclawice, un edificio cilíndrico que atesora un lienzo circular, de 15 metros de altura y 120 metros de largo, realizado en 1894 con 750 kilos de pintura.

Obra del artista Lech Twardowski en el WRO Art Center de Wroclaw. | Cristina Candel

El lienzo se realizó para celebrar el centenario de la Batalla de Raclawice, un episodio destacado de la revuelta que los polacos protagonizaron en 1794 contra los ocupantes rusos. La singular pieza resultó dañada por una bomba y después permaneció olvidada en un almacén por la autoridades comunistas, hasta ser hoy el orgullo de Wroclaw por su fervor patriótico.

Desde Wroclaw merece la pena iniciar una ruta en dirección al sur hacia la frontera de la República Checa. A pocos kilómetros de ese límite se halla Kłodzko en un valle rodeado por la cordillera de los Sudetes, con un encantador casco viejo barroco con edificios elegantes y un espléndido puente que parece una miniversión del Puente praguense de Carlos gracias a sus esculturas casi calcadas de San Juan de Nepomuceno, San Wenceslao y San Francisco Javier. Todo el conjunto se puede divisar desde la fortaleza militar (los miradores 4 y 6 son los más recomendables), la más grande y la mejor conservada de Polonia, pues ocupa 17 hectáreas y cuenta con una red laberíntica de más de 40 kilómetros de túneles defensivos.

Los duendes, el nuevo icono de Wroclaw | Cristina Candel

Volviendo al interior de la región, la visita a las Iglesias de la Paz resulta imprescindible. Estas construcciones son dos joyas que lucen la etiqueta de Patrimonio Mundial de la Unesco desde 2001. Swidnica destaca por su gran capacidad, siete mil fieles, aunque en realidad al ser una iglesia protestante recibe muy pocos feligreses en la actualidad.

Estas iglesias se construyeron tras la Guerra de los 30 años y debían reunir varias condiciones. Solo podían levantarse extramuros con unas medidas muy concretas (cien metros de largo por cincuenta de ancho), no tenían cimientos y debían construirse con madera, adobe y barro.

La iglesia más grande

La de Jawor, a una hora de Swidnica, es otro ejemplo. Se la considera la iglesia de madera más grande del mundo y ha cumplido más de 365 años de historia.

Desde fuera parece un almacén de trigo, pero dentro destaca por sus 210 pinturas situadas en los balcones de las cuatro plantas, toda una Biblia para los pobres que no sabían leer, y por un ángel de tamaño humano que soporta un púlpito. El templo fue levantado tras un año de trabajo, el tiempo máximo exigido para la construcción de este tipo de templos protestantes.

Castillo de Ksiaz, la atracción turística más famosa de Silesia, a 17 kilómetros de Swidnika. | Cristina Candel

A solo 17 kilómetros de Swidnika se alza el castillo de Ksiaz, ahora la atracción turística más famosa de Silesia. La fortaleza está situada en una montaña abrupta con un complejo repleto de túneles subterráneos y pasadizos creados por ejército nazi.

Se dice que fueron los propios alemanes los que ocultaron un valioso tesoro de lingotes de oro y obras de arte en su retirada que ha sido buscado incesantemente por los cazatesoros, pero de momento nadie ha logrado recuperarlo.

Las obras de este complejo comenzaron en 1943 y abarcaban seis túneles subterráneos y un séptimo debajo del Zamek. Fueron construidos por los prisioneros de varios campos de concentración cercanos creando pasillos inmensos de 5x5 metros que fueron ubicados a 50 metros de profundidad, por lo que podía caber perfectamente un tren. Lo más increíble es que a día de hoy nadie sabe a ciencia cierta para qué estaban destinados estos enormes túneles.

Río Oder a su paso por la ciudad de Wroclaw, con la catedral a la derecha. | Cristina Candel

Su historia más asombrosa habla de un tren de más de cien metros de longitud cargado con oro, joyas y objetos de arte que partió de la estación de Wroclaw hacia Walbrzych, pero parece que nunca llegó a su destino y desapareció misteriosamente. Algunos estudiosos afirman que Ksiaz pudo ser el lugar elegido para ocultarlo, pero es una más de las conjeturas que existen. Lo que sí está comprobado es que el castillo había sido elegido por Hitler como su cuartel general en este territorio ocupado, aunque se sabe a ciencia cierta que nunca llegó a visitarlo, y otros historiadores sugieren que los túneles podrían haber sido utilizados por los nazis para fabricar una bomba atómica.

Más al sur, a una hora en coche de Ksiaz, los Sudetes forman una cordillera que recorre más de 250 kilómetros casi en paralelo con las tierras checas, pero la zona más elevada se encuentra en las montañas Karkonosze, en el entorno de la cumbre más alta del Śnieżka (1.603 metros), a la que se puede acceder tomando un teleférico en Szklarska Poreba. Es este un parque nacional muy popular entre senderistas y ciclistas de montaña que pueden elegir entre más de 30 rutas que suman 100 kilómetros.

Una iglesia vikinga

En estas “montañas gigantes” destacan los bloques de granito con formas fantásticas y las cascadas, aunque la visita más popular es una iglesia vikinga de nombre Wang. El templo, de madera como otras 28 de este estilo que se conservan en suelo escandinavo, fue construido en el siglo XII en la parroquia de Wang, en el sur de Noruega, pero acabó siendo comprada por el pintor noruego J. C. Dahl en el año 1841 para salvarlo de la demolición.

El rey Federico Guillermo IV de Prusia se interesó también por la iglesia hasta hacerse con ella y decidió desmontarla pieza a pieza y reconstruirla sin utilizar un solo clavo en Berlín antes de ser trasladada a Karpacz, hoy una larga calle de siete kilómetros ya en las montañas.

El templo se encuentra ahora rodeado de decenas de hoteles y restaurantes en un área muy popular de vacaciones para los polacos, pues pueden disfrutar en invierno de una estación de esquí que cuenta con unas 20 telesquís y telesillas.