Wroclaw, la ciudad de nombre impronunciable

La cuarta metrópoli de Polonia es una joya desconocida que merece la pena descubrir: todo en ella es efervescente y cosmopolita.

Noelia Ferreiro
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Tiene un aire medieval y un carisma arquitectónico único. Está recostada sobre el río Odra y atravesada por cuatro de sus afluentes. Y goza de tantos canales y parques ribereños, de tantas islas y puentes, que se la conoce como la Venecia polaca. Hablamos de Wroclaw, la ciudad de nombre impronunciable (algo así como brostguaf).

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De sus múltiples encantos se habló mucho hace apenas tres años, cuando esta auténtica desconocida fue proclamada Capital de la Cultura Europea 2016. Un título que le fue concedido por su capacidad para cerrar cicatrices del pasado (las heridas que le dejó la guerra con la dramática destrucción del 75% de su patrimonio monumental) y situarse en el mapa como un destino completamente efervescente. Esta ciudad sabe apuntar hacia el futuro, algo que demostró con la nutrida agenda desarrollada para tal ocasión y marcada por la literatura, el cine, el teatro… y el arte en general. 

Más allá de esta oportuna presentación que hizo al mundo, Wroclaw es la cuarta metrópoli de Polonia y la capital de la Baja Silesia. Y es, sobre todo, un encantador entramado medieval con una agitada vida estudiantil y mucha historia a su espalda: ha formado parte de Bohemia, Austria, Prusia y Alemania, y sólo después de la Segunda Guerra Mundial quedó integrada en Polonia. Por todo ello, merece la pena ser descubierta.

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La ruta debe empezar en la Plaza Mayor o Rynek, que es el centro neurálgico de esta ciudad, el lugar donde todo pasa. Una plaza, la segunda más grande del país, que está cercada por casas burguesas con fachadas de colores en torno a la icónica fuente de cristal, cuyas curvas evocan las ondulaciones de los Montes Sudestes. También en ella se erige majestuoso el Ayuntamiento, una virguería gótica con influencias renacentistas. Y en sus bajos, encontramos Piwnica Swidnicka, la cervecería más antigua de la ciudad.

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Desde aquí habrá que perderse por los vericuetos de la parte vieja y visitar joyas como la iglesia de Santa Isabel, con la torre más alta (a la que se puede subir para disfrutar de unas vistas fabulosas), Ostrow Tumski o la Isla de la Catedral (que en realidad no es una isla puesto que está unida por el Puente de los Enamorados) o la Universidad, que con 140 mil estudiantes (la quinta parte de la población urbana), es casi como un barrio. Un complejo monumental en el que destaca la magna institución que ha alumbrado a varios premios Nobel y en la que se esconde una joya barroca: el aula Leopoldina, donde el año escolar se inaugura con una ceremonia solemne. 

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Animada, orgullosa, con una importante vena alternativa, Wroclaw es también famosa por unos curiosos personajes que constituyen todo un emblema: los gnomos, unas diminutas estatuas desperdigadas por las calles, que dan una simpática imagen a la ciudad. Su origen se debe a la Alternativa Naranja, un grupo disidente que, en tiempos del comunismo, optó por emplear la ironía como arma para la protesta. Los hay de todas las formas y cada uno de los cuales recrea una escena diferente. Para seguir su pista, existen hasta mapas turísticos especializado en estos enanos.