Cuando volvamos a la Toscana: una ruta "fuera de ruta"

Cuatro rutas por la Toscana más insólita, desde las montañas del norte a las marismas e islas del sur, de las ciudades renacentistas del Este al territorio etrusco del Oeste. Un recorrido por bellos lugares y pueblos menos conocidos de esta extensa región de Italia. 

Carlos Pascual
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La Toscana es, sin duda, una de las galaxias más brillantes en el universo del arte. La densidad y fuerza de gravedad de sus centros estelares (Florencia, Siena, Pisa) hacen que a veces se preste poca atención a la periferia: un cúmulo de ciudades y pueblos más chicos de tamaño, pero que albergan igualmente un caudal infinito de belleza. Y de sorpresa, por ser en buena medida una Toscana insólita, por no decir incógnita, la otra Toscana. La que aguarda, mansa y paciente, al cabo de los cuatro puntos cardinales de esa extensa región de Italia.

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Al norte, la montaña toscana

Partimos pues de Florencia buscando el norte, hacia la montaña toscana. Dejando atrás Prato, satélite demasiado próximo a la capital, pronto llegamos a Pistoia, La pequeña Florencia, como les gusta apostillar a sus vecinos. Vista de lejos, la estampa recuerda desde luego a Florencia, sin que falte la panzuda cúpula de su catedral, émula de la florentina de Brunelleschi. Pero Pistoia es otra cosa. Apostada al pie de los Apeninos, abierta a la llanura, es como una llave de paso, un cruce de caminos: los que llevaban desde el campo y la montaña hasta la metrópoli de Florencia a aquellos pioneros aclamados como “la gente nuova” en la ópera Gianni Schicchi, de Giacomo Puccini; savia joven que aportaría vida a la burguesía y haría posible, a fin de cuentas, el Renacimiento.

D.R.

Pistoia no solo posee un puñado importante de edificios y obras de arte, en especial su conjunto único de templos románicos. Es además culturalmente muy inquieta (fue Capital Cultural de Italia hace solo tres años). Un anillo de murallas delimita el centro peatonal, presidido por el Duomo o catedral; por cierto, el patrón local, cuyas reliquias descansan en un rico altar gótico de plata, es San Jacobo, o sea, Santiago, el mismo de Compostela.

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Ubicación similar a la de Pistoia es la de Lucca: recostada al pie de los Alpes Apuanos y de los Apeninos, es el fielato entre el campo y el trajín urbano. Lucca brilla con luz propia por sus iglesias románicas, que más parecen catedrales (la llamaban “la ciudad de los cien templos”, aunque ahora solo subsisten la mitad). Esas iglesias –San Michele, San Martino, San Giovanni...– son el mejor ejemplo del llamado románico lombardo: las fachadas, ábsides e incluso torres están fajados por galerías de columnas y arquillos ciegos. Ese estilo fue exportado por familias de canteros a puntos tan distantes como el Pirineo catalán y aragonés.

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Lucca, además de ser una ciudad muy musical (ver recuadro), es una urbe elegante. Hasta aquí llegaba la seda china de Hangzou y todavía hoy se pueden comprar corbatas o chales en tiendas alojadas en antiguos palacios decorados con frescos. La industria de la seda, y luego la del papel, eran posibles gracias a los molinos del río Serchio, que llega a Lucca rodando desde la montaña. Siguiendo su curso, aguas arriba, podemos adentrarnos en una Toscana montaraz y desconocida, jalonada de castillos vigilantes y pueblos abismados, algunos pertenecientes al selecto club de I borghi più belli d’Italia (los pueblos más bonitos de Italia).

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Uno de los que comparten esa distinción es Barga, en la cima de una colina ceñida de murallas, torres y puertas. Con mucha vida cultural; tiene poetas y periódicos locales, y celebra un festival de ópera en el Teatro dei Differenti. Para los críos italianos es un pueblo importantísimo pues es aquí donde vive y prepara sus regalos la Befana, bruja buena equivalente a Papá Noel o los Reyes Magos. Remontando el curso del río Serchio se penetra en el valle de la Garfagnana. Cabeza del valle es Castelnuovo di Garfagnana, de cuya Rocca o fortaleza fue alcaide Ludovico Ariosto, autor del Orlando Furioso, monumento y primicia de la lengua italiana. Enfrente del pueblo, en otro risco de la estrecha garganta, el formidable fortín de Mont’Alfonso atenaza el paso del valle. Un corredor que escala los Alpes y que fue alternativa a la Vía Francígena para los peregrinos medievales, como antes había sido senda para las legiones romanas y, mucho después, para los ejércitos de la Segunda Guerra Mundial.

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Al sur, la Maremma y las islas

El sur de la Toscana está en buena parte ocupado por la Maremma, que se cuela incluso en la vecina región del Lazio. Como su nombre indica, aquel territorio fue antaño un erial de marismas insalubres y palúdicas. Con el tiempo se fueron drenando y cubriendo de cultivos; también de salinas, una de las fuentes de riqueza en el pasado. La puerta de entrada a la comarca es Grosetto, cuya carnadura urbana quedó severamente dañada en la Segunda Guerra Mundial. Pero conserva parte de sus murallas y guarda vestigios etruscos y romanos en su Museo Cívico.

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Algo más al sur encontramos Capalbio, pueblo fortificado sobre un cerro, que fue vital para la República de Siena, ya que era su salida al mar. Eso, en tiempos medievales. Ahora es la playa de muchos romanos que en tres cuartos de hora se plantan aquí desde la capital, gracias a la autopista popularmente llamada la Autoblu. Aparte de sus callejuelas desconchadas y su iglesia, Capalbio sorprende con una insólita y colorista colección de esculturas al aire libre de Niki de Saint-Phalle, quien eligió el pueblo como residencia temporal junto a su esposo, el también escultor Yves Tanguély.

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A un paso queda Orbetello, con algún muro etrusco en su casco histórico. Pero lo más llamativo es su laguna; en realidad, dos lagunas, donde cultivan ostras y anguilas, y que están contenidas o enmarcadas por tres brazos de tierra, cabalgados por sendas carreteras. Esos tentáculos se estiran hasta el Monte Argentario, una mole formidable y salvaje, más península que otra cosa, cubierta de pinos y chicharras cantarinas. En sus laderas se acoplan dos pequeñas poblaciones, Porto Ercole y Porto Santo Stefano.

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A Porto Ercole llegó, náufrago y fugitivo, el pintor Caravaggio, genio del tenebrismo barroco, que expiró en una casucha de la playa en 1610. En proyecto sigue el museo virtual Casa Caravaggio. Para los españoles, este es un pueblo singular ya que su ensenada está protegida nada menos que con tres fortines construidos por tropas hispanas, entonces aliadas de los florentinos contra Siena. La llamada Roca Spagnuola, la más grande, se puede visitar. En el lado opuesto del Monte Argentario, Porto Santo Stefano resulta más pintoresco, y es buen punto de partida para realizar excursiones por el Archipiélago Toscano.

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Este consta de siete islas, aunque solo tres se llegan a vislumbrar desde Monte Argentario. La de Giannutri, deshabitada, y Montecristo (que sirvió de inspiración a Alejandro Dumas para El Conde de Montecristo) pertenecen al Parque Nacional del Archipiélago Toscano. Giglio, la más grande a la vista, tiene tres pequeños núcleos de población y se hizo célebre por el naufragio del crucero Costa Concordia, que encalló a un kilómetro de la orilla por una imprudencia del capitán.

El occidente etrusco

A pesar de estar relativamente cerca de San Gimignano (otra de las estrellas de la galaxia toscana, esponja del flujo más pertinaz de Florencia), no son muchos los que se aventuran hacia el oeste de la Toscana para alcanzar Volterra. Ciudad que mantiene el encanto provinciano que tan bien reflejaba un joven Luchino Visconti en la película de culto Vaghe stelle dell’Orsa (apropiándose de un verso del poeta y polígrafo renacentista Leon Battista Alberti). Estamos en territorio etrusco. Ese pueblo oscuro, antecesor de los romanos, a los que transmitió muchos de sus moldes y manías; a través de los romanos, algunos tics han llegado hasta nosotros, como el rito de los convites funerarios, el ciprés como símbolo de inmortalidad e incluso el báculo de los obispos cristianos.

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Se conservan lienzos de muralla etrusca, un espectacular Arco Etrusco con dioses roídos por la lluvia, y un teatro romano bien conservado. Pero el gran legado etrusco se almacena (esa es la palabra) en el Museo Guarnaci. Allí se amontonan piezas extraordinarias, no solo procedentes de Volterra sino también de excavaciones de toda la zona. Llama especialmente la atención la ingente cantidad de sarcófagos, muy peculiares, ya que están hechos en terracota, y la tapa representa al difunto, o incluso a la pareja conyugal, recostada y atenta, en actitud de asistir a un banquete, y con rasgos de un gran realismo, algo que posteriormente heredaron los retratos romanos.

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La Piazza dei Priori, así llamada por el Palazzo homónimo (que, dicen, inspiró el Palazzo Vecchio de Florencia), es el ombligo de la ciudad, y desde ahí se cierne el teatro romano y parte del cerco. La catedral y su baptisterio separado, el Museo d’Arte Sacra o la pinacoteca del Museo Civico requieren algún tiempo. Si se dispone del suficiente, al sur de Volterra comienzan a espesar los yacimientos etruscos, como Populonia o Vetulonia, que anuncian ya las ricas necrópolis del Lazio.

Al este, pequeñas ciudades de arte

Territorio etrusco fue también la parte oriental de la región de la Toscana. En su ciudad principal, Arezzo, fue hallada la famosa Quimera, escultura etrusca de bronce de unos 80 centímetros de altura, símbolo o marca local que fue llevada al Museo Arqueológico de Florencia, pero está reproducida aquí en una fuente monumental. 

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Sin embargo, la ciudad de Arezzo debe su prestigio más bien al Renacimiento. La Fortezza Medicea fue demolida y convertida en parque, un espléndido mirador sobre las viñas del valle del Arno y lugar de fugaces arrumacos. Bajando por la calle principal, flanqueada de emblemas y escudos de piedra en las fachadas, está la casa natal del poeta Petrarca (que viene a ser un equivalente a nuestro Garcilaso de la Vega) y, más allá, la Casa del Vasari, edificada y decorada por el célebre tratadista, arquitecto y pintor del Renacimiento. Uno de los capítulos esenciales de la pintura de esa época se custodia en la iglesia de San Francesco, cuyos muros cubrió Piero della Francesca con un ciclo de frescos sobre La leyenda de la Vera Cruz, obra cumbre del Quattrocento italiano.

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Las raíces etruscas vuelven a aflorar en Cortona, al sur de Arezzo, cuyas murallas conservan en sus arranques sillares etruscos. Apostada sobre una colina, fue un centro medieval importante, y ha conservado el encanto de aquellos siglos en sus callejas empinadas, el Palazzo Comunale o el Duomo. En el Museo Diocesano se conserva una Anunciación de Fra Angélico gemela a la del madrileño Museo del Prado.

Un poco más al sur, aún aguardan dos hitos importantes: Montepulciano, uno de los conjuntos medievales mejor conservados de la Toscana, patria del vino nobile, y Pienza, una sorprendente ciudad-miniatura que parece sacada de un álbum de láminas renacentistas. Y es que su diseño urbanístico y arquitectónico fue obra de un hijo ilustre del lugar, el humanista Enea Silvio Piccolomini, que llegó a ser Papa con el nombre de Pío II.