Volver a Mérida para viajar en el tiempo (una vez más)

La capital de Extremadura nos espera con su maravilloso acervo cultural y su rica gastronomía

Noelia Ferreiro
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Rebobinar hacia aquellos tiempos remotos de circos y gladiadores para después plantarse en pleno siglo XXI al calor de un vino de la tierra (¿recuerdan la sensación?) y una rica tapa de caldereta de cordero. Perderse por sus vestigios visigodos y seguir luego las huellas islámicas. Recorrer sus puentes sobre el Guadiana y contemplar el sol rebotando en las murallas. Sorprenderse con  las formas sinuosas de moderna factura arquitectónica junto a los sólidos sillares de piedra milenaria.

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Así es Mérida, un continuo viaje en el tiempo hacia delante y hacia atrás. Una ciudad repleta de idas y venidas en la que descubrir un auténtico museo a cielo abierto y un montón de secretos escondidos. Por todo ello se presenta como un destino ideal, ahora que en el horizonte toma ya forma la posibilidad de viajar, al menos dentro de nuestras fronteras

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Epicentro del Imperio romano

En la capital de Extremadura los muros cuentan miles de historias. Especialmente de la época clásica. Pocas ciudades atesoran semejante herencia de la Hispania como la que fuera Emérita Augusta, creada como un refugio dorado para los veteranos de guerra (emeriti).

En Mérida vieron los mandamases romanos el lugar idóneo para derramar su esplendor: una zona estratégica, con buena topografía y rica en materias primas y recursos naturales. Por eso afilaron el ingenio hasta convertir el lugar en una de las urbes más prósperas de la antigüedad, capital de la provincia de Lusitania y epicentro político, económico y cultural del todopoderoso imperio. 

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Episodio glorioso

Murallas, casas, palacios, arcos, puentes estratégicos y dos gigantescos embalses (el de Cornalvo y el de Proserpina) que proporcionaban a la población agua potable ilimitada. Con sus múltiples construcciones los romanos dejaron escrita en la ciudad una lúcida página de la historia.

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Hoy, la gloria de este pasado se aprecia allá donde se mire. Desde el trazado de sus calzadas -con el Decumanus Maximus que aún conserva ciertos pedazos- hasta el conjunto de interesantes restos arqueológicos que salpican el tejido urbano: el  pórtico, el Arco de Trajano, el Templo de Diana… Nada, sin embargo, eclipsa a la joya de la corona: el conjunto formado por el Anfiteatro (para las luchas de gladiadores y fieras) y el Teatro (en el que, además de vistosos espectáculos, se volcaban intereses políticos). Este recinto es, por su grandiosidad y belleza, el símbolo de la ciudad.

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Otras civilizaciones

En Mérida podemos saltar al reino de los suevos y los visigodos, que también la reconocieron como su centro. Y del mismo modo podemos revivir la invasión islámica (que regaló a la posteridad la Acazaba, construida por Abderramán II) o deleitarnos con los monumentos cristianos (como la Basílica de Santa Eulalia) que muestran que la ciudad fue recuperada y entregada a la Orden de Santiago.

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Pero también, claro, podemos quedarnos en la actualidad y disfrutar de los placeres del presente. Como el ya mencionado tapeo en sus animadas terrazas. O el de pasear por el río y, desde cualquiera de sus miradores, asistir a uno de los crepúsculos más bellos de la Vía de la Plata. O, ya cuando se pueda, presenciar un espectáculo del Festival de Teatro Clásico, en el mágico escenario del Teatro Romano. Eso sí que va ser increíble.

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