Vivir sobre pilotes a un metro por encima del mar

La aldea flotante de Ko Panyi, en Tailandia, sobrevive a tsunamis

Noelia Ferreiro
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Cuesta imaginar que la vida discurra sobre pilotes. Que las casas cuelguen un metro por encima del agua. Que bajo los pies, en las raídas callejuelas de madera y bambú, se escuche el murmullo permanente de la corriente marina. Así es Ko Panyi, la diminuta aldea flotante erigida a un metro por encima del mar en algún recodo de la bahía de Phang Nga, al borde de la costa de Andamán, en la parte meridional de Tailandia.

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Este pueblo de pescadores aparece de pronto en medio de las aguas tranquilas, en el centro de una ensenada salpicada de manglares. De lejos su imagen sobrecoge: unas casitas de colores apoyadas en los postes, tan frágiles y solitarias que parecen estar flotando a la deriva de no ser porque uno de sus extremos queda recostado sobre un peñasco. Como si de alguna manera buscara aferrarse a ese trozo de tierra firme en medio de la inmensidad.

Laberinto de farallones

Cuentan que el origen de sus dos mil habitantes se remonta al siglo XVIII y a dos familias de marineros indonesios que dejaron atrás la isla de Java para asentarse en este paraje plagado de riscos de piedra caliza y alocadas formaciones rocosas de posturas imposibles, que emergen como erupciones del mar diseminadas por el golfo.

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Entre este armónico desorden de islotes que hoy está declarado Parque Nacional Marino construyeron su aldea flotante e implantaron también su religión, la musulmana, en un país en el que el 90% de sus habitantes practica el budismo en todas sus vertientes. No podía faltar la mezquita, claro, con una cúpula que sustituye a las agujas doradas de los templos.

Intacta ante el tsunami

Ko Panyi vivió un milagro en diciembre de 2004 cuando logró salir intacta del tsunami. Algo que, dada su precaria estructura, resulta casi prodigioso, sobre todo teniendo en cuenta que la catástrofe azotó regiones tan cercanas como Thai Muang, Bang Niang o Bang Sak, dejando tras de sí el trágico rastro de 6.000 muertos o desaparecidos.

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Mucho antes de la tragedia, esta recóndita villa de casas zancudas suspendida sobre el agua había estado olvidada por muchos años. Después llegó el turismo y con él Ko Panyi acabó ofreciendo dos caras muy distintas. Una en la media mañana, cuando era invadida por hordas de turistas que apenas recalaban media hora, provenientes de los circuitos en barco a lo largo y ancho de la bahía. Entonces el pueblo perdía cierto encanto ante las calles atestadas y la urgencia por vender a contrarreloj todo cuanto pueda ser vendido.

Aldea solitaria

Afortunadamente, los botes zarpan pronto y entonces la aldea retoma su propia paz, su rostro más puro y genuino: el del humilde espíritu pesquero que aún sigue constituyendo su principal actividad económica. Con los primeros brillos del atardecer, los hombres, a la vuelta de sus faenas, muestran orgullosos la captura del día y se reúnen junto a la mezquita para comentar los avatares del mar.

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Y a las mujeres se las puede ver remendando las redes en plena calle o preparando la cena en sus casas siempre abiertas. Una vida corriente, en definitiva, en la que la electricidad llega de un generador y el agua corriente de una cañería subterránea. No falta un mercado donde adquirir comida, ropa o medicamentos. Y tampoco una clínica y una escuela con un inmenso campo de fútbol al que han circunvalado con una vaya para que la pelota no acabe, una y otra vez, en el mar.

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