Vivir Indonesia, la fusión de los cuatro elementos
La naturaleza moldea y da vida a cada una de las islas que forman Indonesia. Un país donde los volcanes rugen, los orangutanes habitan selvas frondosas y los dragones de Komodo parecen vestigios de otro tiempo; donde el aire arrastra rituales ancestrales, los fondos marinos se tiñen de un mosaico de corales que dan refugio a una vida marina abundante y las comunidades viven ajenas a la modernidad. Viajar por este archipiélago es sentir los cuatro elementos y formar parte de ellos

Cascada Waikelo Awah / ALFONS RODRIGUEZ
Olga Briasco
Escuchar el latido de la Tierra tan vivo como el de tu propio corazón. Sumergirte en arrecifes donde solo el rumor del mar rompe el silencio. Presenciar el equilibrio imposible de los orangutanes sobre ramas minúsculas. Asombrarse con los prehistóricos dragones de Komodo. Admirar la magia de las luciérnagas rompiendo la oscuridad hasta que de nuevo el sol alumbre las más de diecisiete mil islas que conforman Indonesia. En este vasto escenario, los cuatro elementos —tierra, agua, aire y fuego— se combinan para hacer del país un lugar verdaderamente único. La tierra se expresa en arrozales que dibujan terrazas interminables, el agua, en ríos que serpentean entre aldeas remotas y en un océano lleno de vida. El aire transporta el aroma de las especias y una sensación de libertad que se siente en riscos y colinas. Y el fuego, siempre presente, arde en rituales y brota de volcanes que recuerdan que Indonesia es una tierra viva, en constante transformación.

Cima de la isla Padar, en el archipiélago de la Sonda / ALFONS RODRIGUEZ
De ese crisol de islas, hay una que guarda uno de los encuentros más sorprendentes con la vida salvaje en el planeta: Borneo. En su parte indonesia, es el hogar de los llamados hombres del bosque, que no son otros que los orangutanes, los primates más grandes y singulares que habitan el planeta. Se les llama así porque los antiguos pobladores los confundían con un orang (hombre) utang (bosque) —hombre del bosque—. Se encuentran en el Parque Nacional Tanjung Puting, al que se llega en klotok, la embarcación típica de la zona. Para este encuentro tan especial, el río Sekonyer se convierte en la vía de acceso, además de fuente de vida. El paisaje cambia a medida que la embarcación se adentra por canales estrechos donde la jungla empieza a envolverlo todo; hay tramos en los que la vegetación parece que está al alcance de la mano. Es entonces cuando se puede ver, en lo alto de algún árbol, a los monos narigudos —llamados así por su peculiar nariz— saltando entre ramas o despidiendo el día a orillas del Sekonyer. Con suerte, aparecerá un cálao; si no, al menos se escuchará su canto profundo resonando en el corazón del bosque. Por la noche, el espectáculo lo ponen miles de diminutas luces parpadeantes que rompen la enigmática oscuridad. Son luciérnagas macho exhibiéndose para atraer a una hembra.
En tierra firme, los senderos se adentran en la selva. En ese recorrido es donde se produce el encuentro con los orangutanes, sobre frágiles ramas o caminando a pocos metros de distancia. Es cuando el corazón se acelera. Su denso pelaje rojizo contrasta con el verde intenso de la vegetación, y la mirada se detiene en sus largos brazos, esenciales para desplazarse entre los árboles. Los más jóvenes juegan y adoptan posturas inquietantemente similares a las del ser humano. Los machos adultos, en cambio, lucen las características almohadillas negras en el rostro que anuncian su madurez y fuerza. Su sola presencia altera el ritmo de los otros orangutanes. La experiencia se vive también en el centro de recuperación Camp Leakey, donde la etóloga canadiense Biruté Galdikas pasó más de tres décadas estudiándolos. Es aquí donde se comprende la importancia de proteger a esta especie, que vive amenazada por la caza ilegal y la deforestación.

Niños Bajau juegan junto a su aldea. / ALFONS RODRIGUEZ
Más allá de Borneo, la relación del ser humano con la tierra se atisba en cualquier pequeño detalle: los cánticos de quienes cosechan el arroz, la filosofía balinesa Tri Hita Karana, los rituales para honrar volcanes y montañas —se les considera seres vivos— e incluso en Borobudur, el mayor templo budista del mundo y Patrimonio de la Humanidad desde 1991. Durante cuatro siglos permaneció oculto bajo la maleza, pero hoy puede recorrerse este monumental santuario en forma de mandala, un símbolo que representa el universo y el camino hacia la iluminación.

Templo de Borobudur / ALFONS RODRIGUEZ
Pero es en la tranquila isla de Sumba donde mejor se entiende esta forma de mirar el mundo, vinculada a la cultura Marapu, que guía la vida de muchas comunidades, sobre todo en las zonas rurales y tradicionales. Un ejemplo es el poblado de Ratenggaro, cuyas casas de techos de paja —alcanzan los 15 metros— llaman la atención, al igual que las tumbas megalíticas que se alzan a su entrada. Aquí la vida y la muerte conviven sin miedo. Las casas tienen una especie de porche donde se trabaja, se conversa y se comparte el tiempo. Una mujer teje un ikat, un grupo de mujeres criba el arroz con grandes bandejas trenzadas de bambú llamadas niru, un hombre fuma apoyado en un cráneo blanqueado de búfalo —animal sagrado— y en otro rincón alguien toca un instrumento. Los habitantes de Sumba, a menudo a caballo, se muestran orgullosos de sus tradiciones, ajenos a una modernidad que avanza sin frenos.

Pueblo Ratenggaro, en la isla de Sumba / ALFONS RODRIGUEZ
El reino del fuego
En otras islas, el tiempo se mide por el rugido de los volcanes. Indonesia se asienta sobre el Anillo de Fuego del Pacífico, lo que la convierte en una de las regiones con mayor actividad sísmica y volcánica del planeta —hay alrededor de 130 volcanes en activo—. Una actividad que, en ocasiones, ha llegado a cambiar incluso el rumbo de la historia. Es el caso del Tambora, en la isla de Sumbawa, cuya erupción de abril de 1815 fue la mayor registrada por el ser humano: alteró el clima global, causó una crisis humanitaria que se prolongó durante años y, según algunos historiadores, las lluvias que provocaron sus cenizas contribuyeron a embarrar el campo de batalla de Waterloo, retrasando y dificultando el ataque de Napoleón y favoreciendo su derrota.

Aldea de las islas de Sulawesi / ALFONS RODRIGUEZ
Pero es otro volcán el que marca el siguiente hito del viaje: el majestuoso Bromo, en el este de Java. Disfrutar de su magia implica partir de madrugada. Es noche cerrada y el vehículo avanza por caminos que la bruma espesa vuelve indescifrables. Las luces de los coches atraviesan la neblina y crean una atmósfera etérea, casi irreal. Al bajar, el frío hiela los huesos y corta la piel: estamos a 2.700 metros de altitud y se nota. Las linternas de la multitud iluminan el sendero que conduce al mirador de Penanjakan, envuelto en nubes bajas que cubren el horizonte y apenas permiten adivinar las siluetas de los volcanes Bromo, Kursi y Batok, emergidos en el centro de la gran caldera oculta bajo una capa de niebla densa. Y entonces ocurre la magia. El horizonte comienza a teñirse de tonos rosados y naranjas; las nubes se abren lentamente, revelando un paisaje hipnótico, mientras los primeros rayos del sol se cuelan en la caldera Tengger. A lo lejos, como un lienzo perfecto, aparece el Semeru: la cumbre más alta de Java (3.676 metros), con su fumarola intermitente.

Laguna del cráter del volcán Kawah Ijen / ALFONS RODRIGUEZ
A sus pies, el Bromo parece un gigante vivo, exhalando una columna blanca que se eleva desde su interior. Para alcanzar su cima hay que subir unos 250 escalones. A medida que se asciende, el olor a azufre se intensifica y el rugido del cráter —un murmullo profundo y constante— acalla el silencio. En un lateral, unas ofrendas recuerdan que para los indonesios los volcanes son fuentes de vida: sus tierras son fértiles, sus aguas subterráneas alimentan cultivos y su presencia forma parte de la identidad cultural de muchas comunidades. Al girar la vista se extiende el Mar de Arena, una caldera volcánica que más bien parece un paisaje lunar.

Templo hinduista de Tirta Empul, Bali. / ALFONS RODRIGUEZ
Pero aún queda escuchar el latido del volcán Ijen. Para ello, es imprescindible salir a medianoche, con la única iluminación de una linterna frontal. Al llegar a la cima comienza el descenso al fondo del cráter. El olor a azufre se hace más intenso a medida que se baja. Las emisiones obligan a ponerse la mascarilla para protegerse de la nube tóxica. En su interior, una luz azul ilumina la oscuridad. Son los fuegos azules del Ijen, un fenómeno único que solo puede verse en condiciones muy concretas: la combustión del gas sulfuroso que emerge del interior del volcán. Para contemplarlo con tranquilidad conviene descender de los primeros, pues la gente se agolpa en la bajada. De nuevo arriba, el volcán revela una estampa mágica: el gran lago ácido del Ijen, de un turquesa irreal que resalta la fumarola que se eleva desde su orilla.

Playa de Walakiri, en la isla de Sumba, con sus espectaculares manglares danzantes / ALFONS RODRIGUEZ
El corazón azul del planeta
La paleta de azules del océano Índico pinta Indonesia a través de sus aguas, que pertenecen al llamado Triángulo de Coral, considerado por los científicos como el epicentro de la biodiversidad marina global. En el Parque Nacional de Komodo, formado por decenas de islas, se despliega una vida submarina extraordinaria. Los bancos de peces se mueven como un solo organismo, las mantarrayas planean con una elegancia imposible, las tortugas verdes avanzan con una serenidad casi milenaria e incluso los tiburones de arrecife cruzan los corales, que se deshacen en partículas capaces de teñir playas enteras, como la mágica Pink Beach.

Ceremonia hinduista en el templo de los monos de Bali / ALFONS RODRIGUEZ
Pero estas aguas también son hogar de criaturas ancestrales. El Parque Nacional de Komodo da refugio al dragón de Komodo, el mayor reptil del mundo. Capaz de superar los tres metros y moverse con sorprendente agilidad, este gigante prehistórico habita la región desde hace millones de años. Verlo caminar en libertad, con su paso lento y su lengua amarilla y bífida explorando el aire, es una experiencia inquietante y fascinante, casi un viaje al pasado. Aquí la naturaleza impone sus reglas, y las comunidades pesqueras que habitan la zona las aceptan con el mismo respeto que hace siglos. Se trata de la tribu Bajau —también conocida como los “gitanos del mar”—, que viven en poblaciones asentadas sobre el mar.

Venta de durián en el este de Java / ALFONS RODRIGUEZ
En las alturas de Java y Bali, el agua toma otra forma. Brota en manantiales que las comunidades consideran sagrados, da vida a arrozales que descienden en terrazas infinitas, fluye por los sistemas de riego tradicionales subak y desciende con fuerza en cascadas tan majestuosas como Tumpak Sewu o Madakaripura, capaces de acallar el bosque con su estruendo. Y es el aire quien lo une todo: mueve las velas de los barcos que navegan entre islas, trae aromas de clavo, canela y vainilla, refresca la piel en colinas que miran al océano y guía a los flying foxes en su regreso al bosque. Es el mismo aire que eleva cometas balinesas durante los festivales, que anuncia la presencia de un cálao con un aleteo profundo y que hace danzar los manglares de Sumba, cuyas delgadas y sinuosas ramas parecen moverse al compás de una música que solo ellos escuchan durante la puesta de sol.

Niños marapu se asoman sobre cuernos de búfalo de agua que decoran su hogar / ALFONS RODRIGUEZ
Indonesia nació del choque de placas tectónicas y es gracias a esa actividad sísmica que sigue transformándose. Así, los elementos se entrelazan y crean un mosaico de volcanes activos, selvas impenetrables, mares turquesa y ecosistemas tan frágiles como esenciales para la salud del planeta. Descubrir su magia es regresar a la esencia misma de la naturaleza y comprender que es ella, y no nosotros, quien dicta el ritmo del mundo.
El pueblo arcoíris

Pueblo de Jodipan / ALFONS RODRIGUEZ
En la ciudad de Malang, en la isla de Java, un pequeño poblado dividido por el río Brantas no pasa desapercibido. Se trata de Jodipan, un conjunto de casas pintadas con colores vibrantes que invita a recorrer sus callejuelas y descubrir la historia que esconde. Una historia de lucha y superación, pero también la prueba de cómo los pequeños gestos pueden cambiar el destino de una comunidad: antes de convertirse en un “pueblo arcoíris”, Jodipan era un barrio oscuro y deteriorado. Sin embargo, un proyecto local llenó de color sus fachadas y, más tarde, los murales transformaron por completo el lugar. Aquella iniciativa no solo revitalizó el entorno: convirtió a Jodipan en una atracción turística única y encantadora, capaz de mejorar la economía y el bienestar de sus habitantes. Eso sí, para preservar la tranquilidad de los vecinos, el acceso al pueblo está permitido únicamente hasta las cinco de la tarde.
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