Aprovechando el paso del Pisuerga... vamos a Valladolid

Un baño de arte, historia y buenos pinchos

Noelia Ferreiro
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Foto: LAMBERTO JESUS / ISTOCK

Es uno de los dichos más populares de nuestro refranero, una expresión que se emplea para resaltar la falta de relación entre el asunto del que se habla y lo que se está a punto de decir. Y así, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid… hagamos una incursión en Pucela para descubrir todos sus encantos.

La ciudad del español impoluto, la capital castellana del tapeo, la localidad que guarda las huellas de Zorrilla, Delibes y Felipe II. Hay miles de excusas para visitarla, aunque la mejor razón es la de no tener ninguna excusa: simplemente la de disfrutarla… aprovechando el paso del río

El punto de partida

Habrá que situarse en la Plaza Mayor, tal vez bajo esos soportales pioneros que sujetan los edificios rojizos –los mismos que dejaron su influjo después en Madrid o Salamanca- o junto a la fachada neoclásica del Ayuntamiento o al lado de la estatua del Conde Ansúrez, muy digno él sobre su pedestal.

Plaza Mayor | AndresGarciaM / ISTOCK

Esta plaza, antaño centro de celebración de los festejos de la Corte, es el arranque obligado para un recorrido por sus grandes reclamos. De aquí parte la peatonal Calle Santiago, que culmina frente al Campo Grande, el Central Park vallisoletano. Y de aquí también, hacia el otro lado, se inicia esa maraña de callejuelas de piedra que lo mismo conducen a la Catedral que iba a ser la más grande de Europa –hasta que Juan de Herrera la dejó inconclusa-, como a la fotogénica Plaza de San Pablo, con la recargada iglesia del mismo nombre junto al icónico Palacio de Pimentel, donde nació Felipe II.

Campo Grande | David Andres Gurierrez / ISTOCK

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Religión y burguesía

En Valladolid hay iglesias, conventos y monasterios para dar y tomar, cuyo rastro se puede seguir en una ruta casi inabarcable. Desde San Benito el Real, que se yergue sobre la antigua muralla; hasta Santa María de la Antigua, declarada Monumento Nacional; pasando por la Iglesia de las Angustias, que cobija la obra maestra de Juan de Juni.

Fachada de la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción y la iglesia de Santa María de la Antigua | Jose Luis Alvarez Esteban / ISTOCK

Pero también su impronta burguesa ha dejado bellos rincones como el Pasaje Gutiérrez al estilo de las galerías europeas, la modernista Casa del Príncipe, los teatros Lope de Vega y Calderón o los tres mercados de hierro cubierto (Del Val, Portugalete y Campillo) que vienen a demostrar que es esta una ciudad sólo apta para paseos lentos, sin rumbo, donde a cada paso asalta desde su discreción una agradable sorpresa.

Casa del Príncipe | Aneb / ISTOCK

De la literatura al tapeo

Por si fuera poco, un puñado de personajes ilustres dejó también su huella en Valladolid. Hablamos de José Zorrilla, suficientemente homenajeado (un paseo, un teatro, un estadio, una plaza…), pero también de Miguel de Cervantes, que escribió en Valladolid algunas de sus novelas ejemplares, y por supuesto de Miguel Delibes, el hijo predilecto, cuya novela histórica El Hereje ha alumbrado un recorrido turístico en busca de sus localizaciones.

Plaza Zorrilla | bbsferrari / ISTOCK

Pero si hay algo ineludible en esta ciudad castellana que también presume de playa (porque la tiene, sí, a la orilla precisamente del Pisuerga) esto es reservar una tarde para rendirse al arte de sus pinchos. Nadie debería marcharse sin asistir al desfile de las sorprendentes creaciones culinarias que acontece en sus tabernas atestadas. Pinchos muy de la tierra, por supuesto, pero con un toque moderno y minimalista de los que muy pocas urbes presumen.

Originales delicias, regadas, por supuesto, con buenos vinos, se pueden degustar en famosos templos gastronómicos, siempre en los alrededores de la Plaza Mayor, donde empieza y también acaba todo en Valladolid.