Vinicunca: una montaña roja, turquesa, lavanda… Y sin filtros de Instagram

Este capricho de la naturaleza perdido en un pliegue de los andes peruanos se anticipa al arte de los retoques con sus tonos imposible

Noelia Ferreiro
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¿Puede una montaña estar tapizada de franjas rojas, turquesas, lavandas y doradas? ¿Puede lucir ante los ojos, sin necesidad de filtros, como si realmente llevara estampado un hermoso arcoíris? Podría parecer una quimera, pero existe este fenómeno pintado por la naturaleza. Se llama Vinicunca o Montaña de los Sietes Colores (también Montaña Arcoiris) y está perdida en un remoto pliegue de los andes peruanos. 

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Hace falta superar el mal de altura para dar con esta joya multicolor, emplazada a 80 kilómetros de Cuzco, en la Cordillera del Vilcanota, a 5.200 metros sobre el nivel del mar. Aquí, en este escenario de cimas imponentes y lagos glaciares, en pleno camino hacia el nevado de Ausangate al que ya antaño adoraban los incas, aguarda la última maravilla descubierta en el país del Machu Picchu. Porque aunque la insólita belleza de Vinicunca data de tiempo inmemorial, es ahora cuando aparece ante los ojos del mundo.

Oculta por la nieve 

Los colores tienen su razón de ser en la compleja historia geológica de la montaña. Según los expertos, su origen se debe a sedimentos marinos, lacustres y fluviales (que datan de los periodos terciario y cuaternario) cuyos minerales, al oxidarse, han dado lugar a estas tonalidades: verde por la clorita, rojo por la argilita, púrpura por la amatista, amarilla por la limolita…

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Pero lo curioso es que, hasta hace apenas un par de años, nada se sabía de esta joya, algo que se explica por la lejanía, el difícil acceso y, sobre todo, el cambio climático, que ha sido el responsable de derretir las nieves que comúnmente recubrían sus laderas y que ocultaban así su bello tapizado.

Miles de visitantes

Hoy, gracias a la efectiva campaña de marketing que desempeña Instagram, este enclave antes desconocido está muy cerca de convertirse en una las atracciones más visitadas de Perú. En apenas un par de años, los viajeros que llegan desde muy lejos para retratarse con la cumbre han pasado de unas pocas decenas a cerca de mil al día. 

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Visitarlo requiere una larga caminata que comienza a unos 4.500 metros de altitud, en el campamento base de Phulawasipata donde habrá que dejar el vehículo. Dado que la accesibilidad es complicada, la ruta ha de hacerse en un viaje organizado a través de alguna agencia de Cuzco. Excursiones que parten a las 3.30 horas de la madrugada para subir en aproximadamente dos horas, acompañados siempre de un guía que va provisto con lo necesario para enfrentarse al soroche. 

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Sin aliento

Y es que hay que mentalizarse de que, inevitablemente, en estas latitudes (estamos más altos que el Mont Blanc) se siente la falta de oxígeno. Y que aunque no hace falta estar muy en forma para abordar este trekking, se pueden sufrir mareos y fuertes dolores de cabeza. Por ello conviene seguir los consejos de los guías: caminar despacio, efectuar paradas, mascar hojas de coca y aspirar una especie de agua mentolada que ayuda a abrir los pulmones. Para tranquilidad del caminante, el equipo que porta a su espalda incluye también oxígeno medicinal a presión. Pero esto es sólo para casos de emergencia. 

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Para poder apreciar en su plenitud los colores de Vinicunca, hay que evitar la temporada de lluvias (de diciembre a marzo) en las que el paisaje puede aparecer con niebla o incluso cubierto de nieve. Fuera de estos meses, el trayecto merece la pena. Cuando el Vinicunca irrumpe de pronto se habrán alcanzado los 5.200 metros. Y desde la cresta, con ese tapiz de arcoiris, no hay palabras para describirlo: sólo color, viento y una mística irresistible. 

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