Villas romanas de Palencia

A finales del siglo IV, las ciudades del Imperio eran inseguras y muchos aristócratas y honestiores se hacían construir lujosas mansiones en el campo, aislados de intrigas urbanas y protegidos por pequeños ejércitos de los peligros que también acechaban la campiña.

Carlos Pascual
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Foto: Lucas Abreu

Ardía julio de 1968 cuando un tractor que terraplenaba una loma se atascaba en lo que parecía un viejo muro soterrado. Las tierras eran de un perito agrícola de Saldaña, Javier Cortés, quien supo enseguida apreciar el tesoro con que habían topado. Hombre culto y animoso, costeó de su propio peculio durante 12 años las excavaciones de lo que resultó ser una villa romana. Pero aquello era más de lo imaginable. En 1980 donó a la Diputación de Palencia la villa y los mosaicos que iban apareciendo. La excavación cobró un gran impulso bajo guía del catedrático Pedro de Palol y, más tarde, de José Antonio Abásolo, el actual director del yacimiento. Éste se abría al público en 1984, protegido por una estructura algo precaria. En los cuatro últimos años, los arquitectos Ángela García de Paredes e Ignacio Pedrosa han levantado un edificio deslumbrante, un museo de última generación.

Un busto parlante introduce la visita, y un breve audiovisual resume al final las peripecias de la villa y cuál era la situación en el mundo romano que la vio nacer. A finales del siglo IV, las ciudades del Imperio eran inseguras y muchos aristócratas y honestiores (terratenientes) se hacían construir lujosas mansiones en el campo, aislados de intrigas urbanas y protegidos por pequeños ejércitos, en sus reductos de marfil, de los peligros que también acechaban la campiña (soldados desertores, esclavos cimarrones, bárbaros pioneros...). Las villas eran, en realidad, focos de población que podían alcanzar los 2.000 colonos y muchas hectáreas. El núcleo era la pars urbana (la casa patricia), rodeada por la pars rustica (almacenes, establos, casas de la servidumbre) y más ampliamente por la pars fructuaria (tierras de cultivo, los fundi, cuya extensión está en el origen, semántico incluso, de los latifundios). Sólo en la provincia de Palencia se han localizado más de treinta de estas villas, arrimadas sobre todo al curso de ríos. Con restos importantes, son por lo menos ocho: esta de La Olmeda y la de Quintanilla de la Cueza son las únicas visitables, y hay otras en Santoyo, Astudillo, Villabermuda, Becerril de Campos, Hontoria de Cerrato y Dueñas. De la villa de Dueñas se extrajo un magnífico mosaico marino, y de Becerril, unos bustos de mármol; pueden verse ambas cosas en el Museo Arqueológico de Palencia, que vale la pena.

La "puesta en valor" de la villa de La Olmeda con el nuevo y diáfano edificio es ejemplar. La villa fue construida a finales del siglo IV (aunque hubo una granja desde el siglo I) y pertenece al tipo de villas de peristilo, con un patio central y, en este caso, cuatro torres en los ángulos. Eran gente rica, desde luego (y no tenían porqué estar emparentados con el emperador a la sazón, Teodosio, que era oriundo de la cercana Coca). Eso se nota por la comida (han aparecido en una zanja basurero cornamentas de ciervo y conchas de ostras) y, sobre todo, por los suelos de la villa; en las estancias comunes eran de tierra o de sigilum (mortero), pero las estancias nobles estaban soladas con mosaicos.

Se han conservado 1.400 metros cuadrados de mosaicos (y eso que faltan los del piso superior). El más llamativo y grande (175 metros cuadrados), el que cubre el oecus o salón principal (de ahí viene la palabra economía), es una escena mitológica, acompañada por un faldón con escenas de cacería, y orlas con cabezas que podrían ser retratos de familia. Puede que algunos animales representados fueran de la zona (jabalíes, cérvidos), pero otros no; las gacelas africanas o el león del Atlas del mosaico nos dan la pista de cómo trabajaban los soladores de entonces: aunque fueran paletas locales, se guiaban por unos catálogos donde los dueños de la casa podían elegir motivos. El catálogo que sirvió para La Olmeda tenía que ver con lo que estaba de moda en el norte de África, y que el Museo del Bardo, en la capital de Túnez, acoge en abundancia.

Si la villa con sus salas, comedores, letrinas y termas (lo último excavado, casi mil metros cuadrados) nos dice ya mucho, no es menor la información obtenida gracias a las necrópolis o cementerios excavados, tres de momento. En ellos se han recuperado ajuares, frascos de vidrio, cerámica, hebillas y broches, herramientas de trabajo... Todo eso puede verse en el museo instalado en la iglesia de San Pedro, en la vecina Saldaña. Un pueblo que aprovecha el tirón de la fiebre romana con, por ejemplo, un taller de mosaistas o un mercado romano que organizan cada verano.

Saldaña fue cabecera de un condado medieval y, aunque su castillo está arruinado, conserva una Plaza Vieja y calles porticadas, más algún que otro palacio o casona, como La Casa Torcida (ahora, restaurante con encanto) o La Fábrica, asilo neogótico del arquitecto modernista Jerónimo Arroyo, donde se quiere instalar lo que ahora se ve en San Pedro, más lo que allí no cabe.

A media hora escasa de La Olmeda, en un teso frente a la localidad de Quintanilla de la Cueza, está la otra villa romana visitable, La Tejada. Aquí se ha excavado mucho menos, y el armazón que cubre el yacimiento resulta bastante primitivo. En realidad, lo único destapado son termas o baños de una villa. Algo que hace singular al sitio es que muestra varios sistemas de calefacción, y no sólo el más habitual de hacer correr aire caliente a través de pilae o mojones que sostienen el suelo (hipocaustum, origen de las llamadas glorias castellanas). Por culpa de eso nos hemos quedado casi sin mosaicos, ya que en algún momento destrozaron éstos para sacar los ladrillos de la calefacción.

Quintanilla de la Cueza (el Cueza es un río) está a un paso de Carrión de los Condes (el Carrión es otro río), en pleno Camino de Santiago. De hecho, la calle mayor es el camino, bordeado de iglesias medievales, boticas, podólogos y bares tempraneros para peregrinos. La iglesia estrella es la de Santiago, claro, con un friso del siglo XII de clasicismo inusitado en el románico patrio, próximo a las escuelas galas. Al lado, Santa María ha sufrido alteraciones históricas.

También bordea el Camino el monasterio de San Zoilo, convertido en hotel con cierto encanto y cosas que ver (claustro, iglesia...). Casi a las afueras, el monasterio de Santa Clara, además de albergue jacobeo, tiene un museo que no hay que perderse; el propio edificio conserva restos y artesonados mudéjares de primer orden. Y a una legua escasa de Carrión, otra joya inexcusable: la iglesia de Villalcázar de Sirga. De hechuras góticas y arrogancia castrense (fue de los Templarios), guarda un retablo mayor deslumbrante y sepulcros labrados del hermano de Alfonso X El Sabio y familia; por cierto, las Cantigas del rey sabio ensalzan algunos milagros de la Virgen Blanca de este templo.

Camino jacobeo atravesando antiguos latifundios romanos, paisajes de ayer y de hoy en una Tierra de Campos que se extiende a lo largo y ancho de cuatro provincias. El campo siempre de fondo, como un valor refugio por imperativos de los malos tiempos, o de la moda (villas romanas o casas rurales, según). El campo como abrigo en las rachas de crisis, ya tengan las calamidades el nombre de invasores godos (Campos góticos) o mercados financieros: parece mentira, qué poco cambia el mundo.