Vigo, mestiza y abierta al mundo

De los 33 lugares que hay en Galicia designados por el topónimo latino "vicus" (aldea), sólo uno alcanzó la categoría de ciudad, siendo la mayor entidad gallega de población con 300.000 habitantes y el título de primer puerto pesquero de toda Europa.

Perfecto Conde

Solía decir Valentín Paz Andrade, uno de los intelectuales galleguistas más preclaros, que Vigo hubiera podido ser la Barcelona del Atlántico si algunas cosas de la historia de España hubiesen sido diferentes. Aun siendo como fueron, la ciudad más poblada de Galicia, de la que siempre se ha destacado su vocación laboriosa y em- prendedora, se siente muy orgullosa de ser el lugar donde tiene asiento la segunda fábrica más importante del grupo automovilístico PSA Peugeot Citröen, poseer el mayor puerto pesquero de Europa o haber sido alguna vez la principal puerta que se abría desde nuestro continente a la lejana América.

Son tantas las cosas que quedan en Vigo de esa historia marcada por capítulos heroicos que las propias aguas de su ría siguen bañando parajes tan esplendorosos como el de la Isla de San Simón, la que cantó el poeta medieval Meendiño mientras esperaba a su amado o amada, que de las dos maneras puede interpretarse (" Sediame eu na illa de San Simón/ e ceráronme as ondas/ que grandes son/ Eu atendendo o meu amigo" ). O los ecos de la batalla de Rande, que tanto le gusta rememorar a Pérez Reverte, en la que la escuadra formada por la coalición anglo-holandesa se enfrentó a otra integrada por españoles y franceses, con la victoria de la primera y la consecuencia de que un enorme tesoro compuesto por oro, plata y otras riquezas se fue al fondo del mar y allí reposa supuestamente desde entonces. Julio Verne no dudó en localizar en este escenario, el que hoy cruza el puente de Rande, el lugar en el que se aprovisiona de oro el Nautilus en Veinte mil leguas de viaje submarino.

Quiere decirse que el que llega a Vigo lo hace a un sitio en el que la historia y la modernidad están presentes en el paisaje y en el mestizaje que ofrece una ciudad que, sin parecerse a San Francisco, intenta igualarle en lo empinado de algunas de sus calles. Los vigueses, como los madrileños -y la comparación no es vana; recuérdese que la urbe gallega emuló la movida de la época del alcalde Tierno Galván con la suya propia del regidor Manuel Soto-, no conforman un rompeolas de todas las Españas, pero casi. ¿Quién es de Vigo en Vigo? La ciudad, a la vez que resulta cosmopolita, obrera e industrial -y no sólo de coches, pesca o fabricación de barcos, sino que en ella también están las principales editoriales de Galicia-, es mestiza y abierta al mundo.

Setos laberínticos de boj
No le extrañe, por tanto, al viajero comprobar que por el día la urbe puede parecer encerrada en sí misma, como si estuviera absorta en sus ocupaciones. Más que en cualquier otro lugar de Galicia, aquí la gente va a sus cosas. No ocurre lo mismo por la noche, tiempo en el que los vigueses -sobre todo en fin de semana- son tan sociables y amigos de echarse a la calle como los demás.

¿Qué debe hacer, pues, el visitante? Aprovechar las horas de luz para subir a cualquiera de los buenos miradores que tiene la ciudad para dejarse contemplar y, de paso, mostrar la belleza y la grandiosidad de su ría. Pongamos que elige subir al Monte del Castro o al de La Guía, y no ha de quedar decepcionado. En ambos casos, tendrá a sus pies el proclive descenso del urbanismo vigués hacia el mar, el archipiélago de tres islas que conforma el conjunto de las Cíes y los arenales de Samil o Cangas (en donde se reunían las brujas por las noches antes de partir a Sevilla para los aquelarres), sólo separados por el mar que tantas veces fue surcado por buques que llevaron emigrantes gallegos hacia La Habana, Buenos Aires y otros lugares de América.

Un lugar que no debe perder el visitante es el Parque de Castrelos y su famoso pazo (palacio), antiguamente llamado de Lavandeira y más tarde de Quiñones de León, que alberga el Museo Municipal de la Ciudad de Vigo (horario: de 10 a 20 horas en días laborables, y de 10 a 14, domingos y festivos. Cierra los lunes). El parque está siempre abierto y ofrece una gran riqueza botánica y setos de boj en forma de laberinto. El Museo presenta una buena colección de pintura gallega y muestras de la arqueología de la urbe.

Otra opción es visitar el Museo del Mar de Galicia (Avenida Atlántica, 160. ? 986 24 77 65), instalado en unas viejas fábricas de pesca rehabilitadas por el arquitecto César Portela y que, por las características del propio conjunto inmobiliario, merece la pena. También Verbum, Casa de las Palabras, en la avenida de Samil, y, sobre todo, la Casa Ga- lega da Cultura, que alberga el Museo Francisco Fernández del Riego y la Biblioteca Penzol. Con un poco de suerte, si la visita es por las mañanas, el viajero hasta puede saludar a Francisco Fernández del Riego, sabio y riguroso bibliófilo de la actual cultura gallega que no suele desdeñar la amable y culta conversación a pesar de su avanzada edad.

Otra posibilidad es visitar MARCO, Museo de Arte Contemporáneo (Príncipe, 54), y, de paso, tomar un vino en el bar Eligio, regentado muchos años por uno de los mejores componedores de la queimada gallega, al que Fraga paseó por España en sus tiempos de ministro de Información y Turismo.

Ahora que la primavera no sólo altera la sangre sino que, sobre todo, invita al reencuentro con la naturaleza, no es mal consejo decir que estará bien darse un garbeo por el paseo marítimo y la playa de Samil. Vigo es una ciudad abierta al mar y este bello arenal, que tiene más de 1.500 metros de longitud, constituye un buen lugar para darse un chapuzón e incluso quedarse a comer en alguno de los buenos restaurantes que jalonan el contorno. Por ejemplo, en Puesto Piloto, en Alcabre.

El Berbés y La Piedra
Pero hay algo que, sin duda, puede ser el mejor consejo que se le puede dar al visitante apresurado que llegue a Vigo. Desde luego, tiene que hacer el paseo más largo que pueda por la ciudad vieja, una zona que va desde la calle Carral a la Ribera del Berbés. Aunque este último perdió gran parte de su antiguo aspecto, con arcadas y pórticos de piedra donde se vendía todo tipo de frutos del mar, desde pescado a marisco, su conjunto aún ofrece un peculiar muestrario del urbanismo propio de los lugares que siempre vivieron a expensas de la pesca.

Desde la Puerta del Sol, pasando por la recogida pero magnífica Plaza de la Constitución, hasta el propio Berbés, el paseo ofrece la posibilidad de pararse a tomar chiquitos en cualquiera de las tabernas populares que todavía quedan o a comer, por unos 10 €, una buena fritura de pescados o un cocido gallego acompañado por vino del Ribeiro traído casi siempre directamente por el tabernero de las tierras de Beariz o Ribadavia (Ourense). Tales pueden ser los casos de La Parra (Real), O Roucos, El Turista (Plaza del Berbés), El Puerto o El Lobo de Mar. En este aspecto, Vigo es algo parecido a Sevilla o a Melilla.

Y, ya puestos en esta zona, hay que hablar de una de las joyas de Vigo: su antiguo barrio de La Piedra, antaño llamado de A Laxe. Situado a espaldas del Hotel Bahía y de la estación marítima, A Pedra, que es como se dice en gallego, es uno de los pocos zocos que quedan abiertos en España a la luz del día y lejos de las calculadoras de Hacienda. Aquí aún se puede comprar tabaco de contrabando, receptores de radio, relojes, puros que se venden por habanos y no siempre resultan ser tales... Sin embargo, los más peculiar de este barrio es que el viajero, mezclado con los autóctonos que frecuentan la zona, puede saborear las ricas ostras de Arcade, un lugar famoso de la ría, a precios casi siempre razonables y al alcance de cualquier bolsillo. Basta con comprarlas en los puestos callejeros y tomar de paso un vaso de vino corriente.

También en A Pedra está uno de los mejores y más tradicionales restaurantes de Vigo, El Mosquito (Plaza de la Piedra, 4. ? 986 22 44 41), magnífico lugar para comer pescado o marisco con garantía de calidad y seguridad de que el precio siempre va a estar conforme con lo consumido. Carmiña, hija de una doña Carmen que varias veces dio de comer a Peter Ustinov cuando acostumbraba a viajar en barco y hacía escala en Vigo, conserva solventemente la buena fama del lugar.