Vietnam, un paraíso bello y vibrante
Es el país de los arrozales y el de los dragones, el del caos más maravilloso y el de la paz más absoluta. Desde las bulliciosas calles de Hanói al encanto colonial de Hoi An, de las tranquilas aguas de Halong a la huella imperial de Hué, exploramos el mosaico de paisajes que componen la perla de Indochina, empapándonos de aquello que le sobra: autenticidad.

Vista aérea de Ninh Binh rodeada de montañas en Vietnam. / Félix Lorenzo
Vietnam tiene casi 100 millones de habitantes, pero también 55 millones de motos”, nos comenta, entre risas, nuestro simpático guía. Lo hace para justificar que hayamos pasado los últimos treinta minutos de trayecto en coche atascados en medio del caótico tráfico de Hanói. “Imaginad: es como si cada español tuviera la suya propia”, bromea. Lo que nos tiene boquiabiertos es que, dentro de toda esa marabunta de vehículos, no haya ni un solo incidente. Todo funciona dentro de un desorden que a la vez es ordenado, solo hay que saber entender las reglas. Es hora punta —aunque, ¿cuándo no lo es en esta ciudad?— y nuestro objetivo se halla a menos de 200 metros de distancia. Con suerte, en menos de diez minutos lo habremos alcanzado.

Ciudadela Imperial de Hué, Vietnam. / FELIX LORENZO
Al otro lado de la ventanilla, el termómetro anda disparado: entre la intensa humedad y las altas temperaturas, el clima resulta sofocante. Eso no impide, sin embargo, que las aceras en torno al lago Tây Hô anden conquistadas desde temprano por esos diminutos taburetes de plástico, tan vietnamitas ellos, donde los locales dan buena cuenta de un humeante pho. También de mayores practicando taichí y de escolares buscando el extranjero de turno con el que practicar su incipiente inglés.

Platos tradicionales de comida vietnamita. / FELIX LORENZO
Es esa autenticidad que nos embriaga, una de las claves defendidas por Icárion, el turoperador que nos lleva de la mano en esta aventura: especializado en grandes viajes, provee de experiencias responsables diseñadas siempre a medida.
El golpe de calor nos impacta fuerte cuando por fin nos adentramos, ya a pie, en la pagoda de Tran Quoc, dejando todos esos cláxones y rugidos de motor atrás. No será la primera vez que pasemos del bullicio a la serenidad en un chasquido de dedos: ahora, mientras respiramos el aroma a incienso y escuchamos el leve murmullo de las oraciones, el lado más espiritual de Vietnam comienza a tomar forma. De nuevo, los contrastes. De nuevo, las dos caras.

Pagoda de Bich Dong en Ninh Binh. / FELIX LORENZO
Paseamos por los patios del templo budista más antiguo de la ciudad, cuyo origen se remonta al siglo VI y al que los fieles vienen a diario a mostrar sus respetos. Nos fijamos en su inconfundible silueta, protagonizada por una pagoda roja de once niveles que se eleva sobre el agua. Admirar su belleza nos lleva a hacer un viaje al pasado interiorizando una historia que, durante más de mil años, vinculó a esta tierra con el Imperio chino. Aunque el país recuperó su autonomía en el siglo X, aquella influencia dejó una huella imborrable que hoy aún puede apreciarse en su cultura, filosofía y administración, bases de una vida profundamente ligada al confucianismo, al arroz y al culto a los antepasados.

Palacio Kiến Trung en la Ciudadela Imperial de Huế / FELIX LORENZO
Precisamente a Confucio está dedicada la siguiente parada de nuestro itinerario. El mercurio sigue apuntando alto cuando alcanzamos el Templo de la Literatura, que se desvela como otro de esos rincones vietnamitas donde todo se ralentiza. Sus dependencias albergaron la primera universidad de Vietnam, destinada a formar a los hijos de la élite y a futuros mandarines del país, un atractivo espacio que conserva esa atmósfera serena que tanto nos cautiva. Fundado en el siglo XI, nos perdemos entre sus estanques, puertas de madera roja y antiguas estelas de piedra dedicadas a los sabios del país: se mire donde se mire, todo luce como una postal de souvenir.
Pero si hay algo que impregna la arquitectura vietnamita, es el estilo colonial de sus edificios y avenidas. Una estampa que representa esa otra etapa del pasado, cuando en el siglo XIX Vietnam pasó a formar parte de la Indochina francesa. Fue tras la Segunda Guerra Mundial cuando comenzó una nueva lucha por la independencia que desembocó, primero, en la guerra contra Francia y, más tarde, en la conocida guerra de Vietnam, uno de los episodios más traumáticos del siglo XX.

Mujeres posando en esta última. / FELIX LORENZO
El conflicto terminó en 1975 con la reunificación del país bajo el gobierno comunista de Ho Chi Minh, una de las figuras más decisivas y complejas de la historia contemporánea de Vietnam. Tras sortear los socavones que inundan las aceras bajo infinitas banderas nacionales, alcanzamos su mausoleo, sobrio e imponente. Otro imprescindible a visitar.

Dentro de la Ciudadela Imperial de Hué. / FELIX LORENZO
De gastronomía y otros delirios
A priori, cuando nos hablan de café y huevo, se nos encaja una mueca de extrañeza en el rostro: los prejuicios, casi siempre, acaban por jugar a la contra. Por suerte, los expulsamos rápidamente de la mente y ordenamos uno por cabeza: si este pequeño negocio familiar lleva desde los años 40 del siglo pasado seduciendo paladares con su particular mezcla, será por algo. Efectivamente, en cuanto damos el primer sorbo, ya deseamos no beber ninguna otra cosa.

Pagoda de Tran Quoc en Hanói. / FELIX LORENZO
Relamiéndonos, miramos alrededor: las dos plantas que componen Café Dinh lucen forradas de madera y decoradas con fotos del pasado que narran la historia del lugar. Un proyecto que nació de la necesidad: la de agasajar a los franceses de la época con algo diferente a la leche, pues el ganado escaseaba en aquellos tiempos de conflicto. La invención —yema de huevo batida y azúcar— resultó un éxito.

Un antiguo tuktuk en el jardín de un restaurante en Hoi An / FELIX LORENZO
Y es que la gastronomía, en Vietnam, es una baza imbatible. Hasta en los puestos más pequeños, los que andan a rebosar de gente local a todas horas, la oferta culinaria suele ser una delicia. Otro ejemplo lo hallamos en Bún Chå 34, un genuino local cuya receta de caldo con fideos de arroz, verduras y cerdo a la parrilla —ojo, por apenas tres euros— resulta excepcional. Tanto, que hasta la mismísima Michelin la recomienda en su guía. También está la repostería, de marcada influencia francesa.

Calle del casco antiguo de Hoi An / FELIX LORENZO
O la comida callejera de batalla de los restaurantes a pie de vía de tren: esas que nos permiten presenciar el paso de los vagones a escasos centímetros de nuestras rodillas, mientras brindamos con Saigón, la cerveza local. En un viejo edificio, al que llegamos tras recorrer viejos pasillos y escaleras, encontramos The Haflington, una de las flamantes coctelerías con camareros de etiqueta y ambiente selecto incluidas en el Asia’s 50 Best Bars. ¿Una ronda más?

Pagoda Con Son / FELIX LORENZO
La salida de Hanói obliga a atravesar esa periferia infinita donde la ciudad parece resistirse a terminar. Cuando, por fin, el paisaje comienza a mutar, lo urbanita deja paso a lo rural, transformando el gris del cemento en el verde intenso, casi onírico, de sus campos de arroz, un cultivo que gobierna el norte del país, y del que Vietnam es uno de los mayores exportadores del mundo. De tanto en tanto, un puñado de sombreros cónicos irrumpen en la estampa: son los campesinos que trabajan en el cereal. Tras 100 kilómetros de poesía visual al otro lado de la ventanilla, aparecen, tan esbeltas como imposibles, las enormes formaciones kársticas, verticales y poderosas, que definen Ninh Binh, una región en la que no faltan ríos tranquilos que abrazan la vida lenta.

Cultivo de perlas en Halong. / FELIX LORENZO
Hasta aquí llegan quienes, como nosotros, buscan ansiosos esa versión de un Vietnam más auténtico y relajado. Un lugar en el que parar unos días y limitarse a ver la vida pasar, alternando los paseos en bici con recorridos en barcazas por el río Ngo Dong, donde quienes las conducen tienen la pericia de remar con sus pies. También es un enclave para visitar pagodas y templos; para dedicar las tardes a flotar en la piscina del resort. Con este propósito, existen diferentes alojamientos que funcionan como refugios entregados al lujo en torno al pueblito de Tam Coc, apodado “la bahía de Halong en tierra” por su parecido. Jiva Hoa Lu Retreat, que brota entre arrozales y montañas kársticas con sus habitaciones inspiradas en la arquitectura tradicional vietnamita, es uno de ellos. Desde sus dominios, ya sea pedaleando o en moto, es posible explorar la zona y recorrer los intrincados sistemas de cuevas de Trang An —que llevan siendo testigo de la historia desde hace más de 30.000 años—, admirar los campos de loto o subir los 500 escalones hasta Mua Cave, un mirador excepcional.

Artesano de lámparas en Hoi An / FELIX LORENZO
Pero si aquí las montañas emergen entre arrozales y ríos, en la bahía de Halong lo hacen directamente sobre el mar, multiplicando todavía más la sensación de estar frente a uno de esos paisajes difíciles de olvidar. No en vano, se trata de una de las Siete Maravillas Naturales del Mundo: desplegada a lo largo y ancho del golfo de Tonkín, abarca más de 1.500 kilómetros cuadrados y es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Cuenta la leyenda que los más de 2.000 islotes desperdigados por sus aguas color esmeralda son consecuencia de los intentos de China por conquistar esta parte de Vietnam siglos atrás. En una de aquellas ocasiones, los locales pidieron ayuda a los dragones, que para defenderles escupieron jade por sus bocas. Aquellas joyas quedaron repartidas por la bahía, creando un auténtico laberinto que dificultó el trabajo al enemigo, y un paisaje único del que ahora toca disfrutar.

Mercado de pescado en Hoi An / FELIX LORENZO
El plan es bien sencillo: subimos a bordo de uno de los múltiples cruceros que proponen recorrer la zona durante varias jornadas, la manera más efectiva de descubrir los encantos del lugar. Dormir mecidos por las tranquilas aguas de la bahía, respirar el aroma salino y despertar con el canto de los pájaros, cuando el amanecer llega envuelto en neblina, resulta ser solo un preludio de lo que está por llegar. Porque si Halong se disfruta desde la cubierta del barco con una copa de vino, lo hace más aún cuando nos lanzamos de cabeza a sus refrescantes aguas. Después, nos atrevemos con un paseo en barca entre colosos de caliza, adentrándonos en las estrechas cuevas que se esconden bajo las escarpadas rocas mientras nuestro cicerone, un pescador local, nos ameniza la ruta con cánticos tradicionales y una enorme sonrisa. Los más aventureros se animan a hacer lo propio, solo que remada a remada sobre un kayak. A nuestro alrededor, estampas auténticas con aldeas flotantes, islas de frondosa vegetación, pescadores faenando y simpáticas gaviotas como protagonistas.

Vestidas con trajes tradicionales frente a la pagoda de Tran Quoc en Hanói / FELIX LORENZO
Días de autenticidad
Apenas una hora de vuelo conecta Hanói con Hué, la que fue durante más de un siglo capital imperial del país. Esta joya a orillas del río Perfume fue gobernada por la dinastía Nguyen, por ello conserva una identidad muy diferente al resto del país. Es esa elegancia misteriosa, ese nutrido patrimonio dominado por templos, pagodas, mausoleos y antiguas residencias imperiales, la que logra cautivarnos desde el primer instante. ¿Cómo no caer rendidos ante reclamos de este calibre?

Mercado de verduras en Hoi An. / FELIX LORENZO
El gran símbolo de la ciudad es la Ciudadela Imperial, un vasto complejo amurallado declarado Patrimonio de la Humanidad donde Vietnam conecta directamente con su pasado dinástico. No hay mejor lugar para iniciar nuestro periplo: recorremos la Ciudad Cívica, la Ciudad Imperial y la Ciudad Púrpura Prohibida disfrutando de estampas preciosas y maravillándonos con la extraordinaria recuperación de un patrimonio que resultó gravemente dañado durante la guerra de Vietnam. Hoy, reluciente, desprende color y vida, posicionándose como uno de los spots favoritos para las jóvenes vietnamitas que ansían vestirse con trajes tradicionales para dejarse fotografiar.

Embarcaciones típicas vietnamitas en Hué. / FELIX LORENZO
Fuera, de vuelta a la cotidianeidad, la estampa la conforman los edificios residenciales de paredes envejecidas, los templos cubiertos de humedad y esa bruma tan particular que a menudo cubre el río Perfume, reforzando una belleza ligeramente melancólica. Antes de iniciar la recta final del viaje, eso sí, procuramos ahondar en la identidad gastronómica de Hué, pues durante siglos hasta aquí venían los más reputados chefs de Vietnam para agasajar con su talento a la corte imperial. Aún hoy, en sus recetas, la presentación, el equilibrio de sabores y la delicadeza técnica son casi una forma de arte.

Barcas llenando de colorido el río en Hoi An al anochecer. / FELIX LORENZO
Y es así, con el estómago saciado y el alma feliz, como enfilamos la carretera que serpentea por la franja costera del país hasta llegar a la evocadora Hoi An. La antigua ciudad portuaria se nos revela envuelta en farolillos de colores, fachadas ocres y vida, mucha vida. A orillas del río Thu Bon, la urbe conserva esa belleza serena moldeada por las influencias vietnamitas, chinas, japonesas y francesas que reflejan los siglos en los que fue uno de los puntos comerciales más importantes del Sudeste Asiático. Nos entregamos sin miramientos a las calles de su casco antiguo, muchas de ellas, peatonales, donde los comercios se alternan con vetustas casas de madera, pequeños templos, sastrerías y cafeterías de especialidad. De tanto en tanto, un vecino en bicicleta nos regala la estampa más buscada del viaje.

La famosa calle del tren en Hanói. / FELIX LORENZO
El bullicioso ambiente de su mercado nos cautiva a cualquier hora: aquí el ajetreo nunca cesa. Las señoras mayores se entregan a los fogones en los que preparan platillos puramente vietnamitas mientras que, alrededor, se extienden los puestos de carne y de pescado, de verduras, cereales y hierbas aromáticas. Muy cerca, un grupo de viajeros hace cola para cruzar el popular —y fotogénico— puente japonés, cuya importancia histórica reside en que unió, en el siglo XVI, a la comunidad nipona con el barrio chino. Otro tipo de arquitectura tradicional, esta, del siglo XVIII, la encontramos en Tan Ky, la hermosa vivienda de un acomodado mercader vietnamita.

Posando delante de un establecimiento de barras de incienso. / FELIX LORENZO
La vida en colores
“El incienso de sándalo es para lo más espiritual, el de lemongrass, purifica y aleja a los mosquitos”, nos explica, en perfecto español, Minh, el joven propietario de un negocio familiar en Thuy Xuan. Este diminuto barrio a las afueras de Hué conserva una de las tradiciones artesanales más reconocibles y coloridas de toda la ciudad —y, diríamos, que del país—: la fabricación artesanal de incienso. Sobre la mesa de trabajo, reposa la bolsa que contiene la mezcla natural de maderas aromáticas, hierbas y resinas trituradas con las que se prepara la masa. Una pasta fina que Minh se afana en enrollar a mano sobre las varillas que luego deja secar al sol. Así, abanicos de colores teñidos de rojo, amarillo, violeta o fucsia descansan en las aceras del vecindario, convirtiéndose, sin pretenderlo, en una de las imágenes más icónicas de Hué.

Río que discurre entre las montañas en Ninh Binh. / FELIX LORENZO
Es al caer la noche cuando Hoi An adquiere ese halo mágico que la hace tan especial. La música clásica se apodera entonces del casco antiguo, los farolillos se iluminan y las barcas para turistas conquistan el río, transformando la escena en una imagen icónica; en una estampa para recordar. En la perfecta despedida a este viaje por el Vietnam más puro y auténtico.
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