Vietnam. Delta del Mekong: tierra de fertilidad

Ocupando todo el sur de Vietnam, el delta del Mekong es un área inmensamente verde y fértil donde residen más de 15 millones de almas y donde se produce arroz suficiente para alimentar a todo el país. Con una intensa y muchas veces trágica historia, esta región está surcada por multitud de canales por los que es una delicia navegar, adornada por templos de los más diversos credos y animada por mercados repletos de colorido.

María Eugenia Casquet

De los nueve dragones que antaño recorrían la Conchinchina o sur del actual Vietnam sólo quedan siete. Son inmensamente largos y poderosos y avanzan sin descanso, siempre de Oeste a Este. Se enfurecen con las lluvias y se sosiegan al sol, destruyen y crean a su antojo, y en sus miles de años de vida han sido testigos de épocas de paz y de otras trágicas. No son seres mitológicos, ni tampoco de carne y hueso, su cuerpo es sólo de agua. Son los siete brazos en los que el impresionante río Mekong se divide al alcanzar su delta, ya en territorio vietnamita, poco antes de morir en el Mar del Sur de la China y tras un largo viaje de más de cuatro mil kilómetros que comienza en las altiplanicies del Tibet y discurre hasta llegar aquí por China, Birmania, Tailandia, Laos y Camboya.

Los vietnamitas se han referido siempre al Mekong como Cuu Long o río de los Nueve Dragones en referencia a esos brazos líquidos -dos desaparecieron por la sedimentación- que les proporcionan, ahora como hace siglos, una enorme riqueza: sólo con el arroz que se produce en el delta, con tres cosechas anuales, se pueden alimentar los más de ochenta millones de habitantes que tiene el país. Pero, además, en este área de 40.000 kilómetros cuadrados abundan las frutas y las verduras. Son los rojos y peludos rambutanes, las jugosas chirimoyas, los sabrosos mangos u otras especies más difíciles de identificar por el ojo poco habituado y que llenan a rebosar los puestos de mercados como el de Vinh Long, en tierra, o el de Cai Rang, flotante, por el que hay que desplazarse en barca.

Todo es movimiento, ajetreo, vida... pues habita en este rincón meridional de Vietnam un quinto de su población total. Ancianos, hombres y mujeres de mediana edad, jóvenes y, sobre todo, niños que saludan desde las barcazas que hacen la función de autobuses escolares, desde la propia corriente mientras se bañan o desde las frágiles pasarelas que sirven para cruzar los canales más estrechos, animando siempre con sus voces un paisaje repleto de verdor y de esperanza.

Y es que el Delta, como caso todo Vietnam, emana hoy optimismo. Las dos últimas décadas han supuesto un importante respiro en una historia repleta de conflictos. Y a lomos de esa bienvenida paz ha llegado la prosperidad. Así, las modestas viviendas de bambú y hojas de palma van poco a poco dejando paso a construcciones de ladrillo, y en las barcazas que sirven de hogar a familias enteras hay una señal inequívoca del cambio respecto a hace poco más de un lustro: una larga antena de televisión. Sobre los ramales principales del río, modernos puentes colgantes van dejado moribundos a los transbordadores, aunque éstos todavía transportan buena parte del tráfico pesado. De hecho, para los más románticos aún hoy es posible revivir el momento en que, a bordo del ferry de Vinh Long, se conocieron los protagonistas de El Amante, de Marguerite Duras. Las carreteras se amplían y se recubren de asfalto tras décadas de abandono, y los coches van ganando terreno, aunque siguen compitiendo por el espacio con multitud de motos, bicicletas, carros, gallinas, búfalos de agua... Y, sobre todo, con las barcazas, el principal medio de transporte en toda la región del delta.

Rebosantes de arroz, de cáscaras de coco para combustible, de arena extraída del fondo para poner en los cimientos de las casas..., las ruidosas embarcaciones retan a la suerte navegando apenas unos centímetros por encima de su línea de flotación. Al verlas, es fácil creer que los ojos que sus dueños pintan en las proas cumplen a la perfección su papel de espíritu protector.

Pero éstos no son los únicos benefactores en los que confían los habitantes del delta pues en este amplio territorio sureño, además de ciertos cultos animistas, conviven las dos ramas principales del budismo: Mahayana, mayoritaria en Vietnam, y Theravada, que domina en países vecinos como Tailandia, Birmania, Camboya o Laos. Y junto a ellos, seguidores del Islam y curiosas creencias autóctonas, como la que creó el Monje del Coco, que se pasó años comiendo sólo esa fruta; los caodaístas, que adoran a personajes como Víctor Hugo, Churchill o Napoleón; o los hoa hao, que, tocados con un moño y ataviados con una especie de pijama, proclaman la sencillez. Y, por supuesto, el culto a los ancestros. No hay más que ver las cuidadas tumbas que sobresalen en los arrozales, pues a los difuntos hay procurar enterrarlos cerca de casa para poder agasajarlos con ofrendas. Además, sus fotos presidirán el altar casero.

Ahora bien, a pesar de tanto credo, el peligro acecha, sobre todo cuando llega la temporada de lluvias. Éstas alimentan al Mekong a lo largo de su recorrido y hacen que llegue a Vietnam con una energía desmedida. El nivel de las aguas crece hasta inundar campos y hogares, y su fuerza arrebata a sus dueños amplias porciones de huerto. Con el limo que arrastra, eso sí, el delta gana anualmente unos ochenta nuevos metros al mar y se fertiliza aún más esta ya de por sí rica tierra. Pero las tragedias naturales no son las únicas, pues a lo largo de los siglos el Mekong ha presenciado numerosas atrocidades humanas. Así, cuando llega a territorio vietnamita, el gran río ya ha superado Camboya, escenario del holocausto cometido entre 1975 y 1979 por el régimen de los jemeres rojos de Pol Pot, o las tierras de Birmania, dominadas aún hoy por una severa dictadura militar; pero al cruzar la última frontera política de su trayecto se topa con el recuerdo de otro trauma: la guerra de Vietnam. Los ecos del conflicto todavía se escuchan. Los manglares de U-Minh, en el límite sureño del delta y uno de los más extensos del planeta, han tardado años en recuperarse de los ataques con defoliantes lanzados por el ejército estadounidense para evitar que los miembros de la guerrilla comunista o Viet Cong pudieran ocultarse en la espesura. También sobrecoge desplazarse en canoa por los pantanos de la preciosa jungla de Tram, donde en los años de la guerra (de 1964 a 1975) hubo un escondite y base de operaciones del bando vietnamita.

A pesar de ello, al navegar hoy entre los cocoteros, huertos o manglares que jalonan los innumerables y pacíficos canales del delta, no hay resquicio para la amargura. Aquí hubo una guerra, pero la vida que hoy se respira en cada rincón del inmenso estuario hace que todo aquello parezca simplemente un mal sueño.