Viena: El punto final de la vida de un genio

Completamente rotas las relaciones con Colloredo, príncipe arzobispo de Salzburgo desde el año 1772, y buscando su independencia al servicio de José II, el genial Mozart se trasladó en 1781 a Viena, urbe que, a fuerza de compartirla con la natal, le resultaba casi propia. Tal vez por el omnipresente toque Erlach, cuya mano flotaba en cada rincón: el Hofburg -residencia de los Habsburgo, gobernantes del Imperio Austrohúngaro-, la columna de la Peste -que mandó levantar el emperador Leopoldo I a finales del siglo XVII como acción de gracias a Dios por librar a la urbe de una epidemia de peste muy virulenta-, la Iglesia de San Carlos -con su planta ovalada y que aparece rematada por una espectacular cúpula- o el Palacio de Schönbrunn, donde en su niñez le colmase de regalos y abrazos la gran María Teresa, madre del actual emperador. Todos monumentos acogidos por la Unesco como Patrimonio de la Humandidad, junto a otros maravillosos tesoros como el doble Belvedere que fue mandado construir por Eugenio de Saboya, una de las mejores muestras del barroco palaciego en el mundo; la cripta imperial en la Iglesia de los Capuchinos; la escuela española de equitación, también con el sello Erlach; o la Iglesia de San Miguel, en la Michaelsplatz, que acoge los restos de Metastasio, el libretista más recurrente de los compositores operísticos. La misma donde fueron bautizados dos de los hijos de Mozart, y donde una placa de bronce recuerda que allí, el 10 de diciembre de 1791, obedeciendo a un encargo de Emanuel Schikaneder, empresario y libretista de La Flauta Mágica, se entonó por vez primera en honor al músico, fallecido cinco días antes, el Réquiem que dejó incompleto, rematado por su discípulo Franz Xaver Süssmayr.

En Viena, un lugar que inicialmente ya intuyó como el mejor para desempeñar su oficio, Mozart nunca se encontró muy cómodo, tal y como lo demuestra el hecho de haber cambiado doce veces de domicilio en menos de diez años. Desde el elemental apartamento que ocupó en el Graben en septiembre de 1781 a la modesta vivienda de la Rauhensteingasse, donde falleció, pasando por el de la Dommgasse, número 5, el más rico de todos, que ocupó entre 1784 y 1787: el único que se conserva, convertido desde enero de este año, ampliación incluida, en la Casa Museo de Mozart. En él pasó su mejores momentos vieneses. Allí escribió Las Bodas de Fígaro , tal vez su mejor ópera, recibida en la Corte con frialdad, fruto de la envidia que acabó consumiendo al genio.

Sin olvidar tampoco la del Sable Rojo , en la Höhebrucke, el primer nido de amor del músico con Constanze tras su boda en 1782, celebrada en la Catedral de San Esteban, el mejor edificio gótico de Austria y la torre vigía más privilegiada de la ciudad desde su cima, junto a la campana Pummerin, que se alcanza tras ascender 343 escalones. El templo donde, en una capilla lateral, ante su cuerpo sin vida se rezó el 6 de diciembre un responso antes de que los caballos atravesasen al galope la capital austriaca para depositar anónimamente sus restos en una fosa común del cementerio de San Marx.