Vic, patrimonio y buena mesa
En el Pla de Vic, llanura colorista y opulenta, arropada por las raíces del Pirineo, la ciudad episcopal y burguesa de Vic esconde un cúmulo inesperado de notables reclamos artísticos y recuerdos literarios, pero, sobre todo, se ofrece como ejemplo cumplido de civilización, calidad de vida y una afición sin complejos a la buena mesa.

Puente románico sobre el río Mèder.
Carlos Pascual
No hay cosa peor que la buena fama. A Vic le ha perjudicado, más que nada, su aureola de ciudad episcopal y levítica, dos epítetos poco simpáticos. Las sotanas y manteos eran a sus calles lo que sus más de cuarenta iglesias y conventos al catastro. De su vivero o seminario de curas salieron mentes preclaras, a qué negarlo, como Balmes (el filósofo autor de El criterio, que salía en los billetes de cinco pesetas), Verdaguer (el gran poeta catalán, autor del Canigó y los versos de la Atlántida, musicada por Falla) o San Antonio María Claret, fundador de los claretianos. La llamaban incluso "la ciudad de los santos", porque hay cuatro o cinco que nacieron o estuvieron afincados en ella.
Frente a esa imagen santurrona, en fuerte contraste (¿o tal vez no?) está la Vic golosa y glotona -de todos los pecados capitales, la gula siempre fue el más tolerado por el clero-. El "salchichón de Vic" es una forma simplona de englobar a toda una batería de embutidos artesanos: llonganissa, fuet, bisbe, sumaia, botifarra..., cuyos matices y variaciones no son menos sutiles que un silogismo teológico. Por no hablar del pà de pessic (mojicón), tan dado al chocolate de canónigo, o de la ratafía, que, según algunos, también inventaron tres prelados para sellar un pacto (rata fiant, "cúmplanse los acuerdos"; pero no, el nombre y la fórmula vienen de la Italia renacentista, lo mismo que los resolíes).
De cualquier modo, Vic es y no es ya la que era. Aquella ciudad encerrada en sí misma, con aliento a sacristía, conservadora y tradicional, ha atraído con su rico aroma a bastantes inmigrantes. A muchos: un 20-22 por ciento del censo, en buena parte magrebíes. En las escuelas han ensayado lo que llaman "modelo Vic", que consiste en repartir a los niños foráneos por las clases para que se integren mejor, aunque no todos están de acuerdo. El caso es que, por la fuerza de los hechos, los vicenses (o vigatans, ¡pero no vikingos! como sugiere algún bromista) han abierto sus mentes; a lo cual contribuyen factores como disponer de una universidad privada (con 4.500 alumnos, sobre un censo de 40.000 vecinos), de un periódico e incluso de un canal de televisión propios (El 9 Nou).
Esta ciudad no se descubre en una mañana, ni en un día. Aunque su casco antiguo es reducido, encierra una treintena larga de monumentos o edificios de interés. Para empezar por el principio, habría que ir hasta el templo romano. Sí, un templo del siglo II, que apareció en 1882 embutido en los muros del castillo de los Moncada. Y es que el municipium de Ausa se convirtió en la cabeza (romanizada) de la tribu de los ausones. Con los visigodos, en el siglo VI, ya era sede episcopal.
Burgo medieval
El templo, rehecho, y el castillo (en ruinas) quedan a pocos pasos de la Plaça del Mercadal, plaza mayor o del mercado. Y es que en año 878, Wifredo El Pilós ("ElPeludo") refundó la población con el nombre de Vicus Ausonae ("barrio de Ausa); de vicus derivó el nombre de Vic, y Osona fue el nombre aplicado a toda la comarca. La población medieval nació como un ferial, y esa identidad sigue muy viva; basta pasear por la enorme plaza de tierra los martes y sábados por la mañana, cuando acuden los masoveros del Pla de vic con sus gallinas y conejos vivos, enjaulados, sus hortalizas, sus quesos y embutidos artesanos, y también los feriantes de ropa, calzado y cacharrería doméstica.
El burgo medieval estuvo ceñido de murallas, con cuarenta torres y siete puertas; sólo queda un paño de muro, junto al río Mèder, y el hueco de un par de puertas. Junto a la de Queralt aguanta el tipo un puente románico, en el mismo vado por donde corría la calzada romana hacia Barcino (Barcelona, a unos 60 kilómetros).
En esa época medieval se levantó una catedral de la que sólo resta el campanario y una cripta. Luego se rehizo y se añadió el claustro gótico, que aún puede verse.
De nuevo se rehizo en estilo neoclásico; pero lo singular de esta catedral (con aire de duomo italiano de provincias) son las pinturas murales de Josep María Sert, que la cubren por completo.
Pegado a la catedral había un seminario. Allí fue a parar la fabulosa colección de pintura y escultura románica y gótica del primer museo episcopal en España: el que fundó el obispo Morgades en 1891. Un museo que sirvió de estímulo y ejemplo a otros diocesanos; en el año 2000 se derribó el seminario antiguo y se levantó un edificio vanguardista para alojar dignamente las más de 23.000 piezas; dicen los expertos que es uno de los cuatro mejores del mundo en su género, sólo comparable con el MNAC de Barcelona, el de Cluny o The Cloisters de Nueva York.
Edificios modernistas
El maltrato del tiempo ha desdibujado en buena medida los rasgos góticos, renacientes o barrocos de Vic (aunque algo queda); pero hay un patrimonio que destaca, y corresponde a la fase en que una burguesía adinerada devolvía a Vic su antigua pujanza: es el patrimonio modernista. Con ejemplos tan llamativos como la Casa Colomer (frente a la catedral, de J. M. Pericas, 1906), la Casa Comella o "de lascuatro estaciones", en la Plaza Mayor; la Casa Masferrer (junto al templo romano: en ella nació l''Esbart de Vic, sociedad literaria en que militó Jacinto Verdaguer) o la Casa Ricart, junto al río (y que se habla de convertir en hotel de lujo).
Esa burguesía vicense es responsable también de edificios industriales como el Sucre (azucarera, aunque fue harinera), con pinturas de Sert, o de colecciones como la que reunió Andreu Colomer y que llena el Museo de la Piel, instalado en una vanguardista reforma del Convento del Carmen.
Vic tuvo curtidurías o tenerías que funcionaron hasta hace nada; están asomadas al río, junto al puente de Queralt, y parece que van a derruirlas: sería una lástima y un error, porque forman parte de una estampa tan añeja como escasa. Además, apuntan al riquísimo patrimonio industrial de la cuenca del Ter, que constituye uno de los mejores activos turísticos de toda la comarca de Osona. A la cual podrían aplicarse los versos que Cinto Verdaguer dedicó a la capital: "Un niu de flors penjat en una branca/ del Pirineu nevat" ("colgada, como un nido de flores, en una rama del nevado Pirineo").
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