Un viaje prehistórico a Polonia en busca de los bisontes

El Parque Nacional de Bialowieza, en Polonia, es el lugar donde contemplar a los últimos ejemplares del mayor mamífero de Europa.

Noelia Ferreiro
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Es el animal más emblemático de la Edad de Piedra, el que fue plasmado en las Cuevas de Altamira como objeto de veneración, el que se erigió en todo un símbolo de abundancia para el hombre de Atapuerca. Hablamos, sí, del bisonte europeo, uno de los mayores mamíferos terrestres del mundo. Aquella bestia a la que se consideró durante tiempo inmemorial el auténtico rey del bosque.

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Nada extraña el respeto reverencial que casi causaba su figura. Porque todo en él era un regalo para el hombre primitivo. Su carne proporcionaba un generoso festín, sus pieles proveían rústicas vestimentas y sus huesos abastecían de herramientas para la supervivencia de las tribus.

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Sin embargo, hoy, decenas de miles de años después, cuando las sucesivas generaciones han esquilmado los recursos naturales del Viejo Continente, toparse con un bisonte europeo es una misión casi imposible. Sumergirse en la espesura del bosque para dar con su imponente presencia podría parecer un ejercicio de regreso al pasado, un auténtico viaje a la prehistoria.

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Sin embargo esta aventura es posible en el Parque Nacional de Bialowieza, emplazado en el oeste de Polonia, justo en la frontera con Bielorrusia. En esta llanura de más de 250 kilómetros cuadrados, declarada Patrimonio de la Humanidad y Reserva de la Biosfera, perviven los últimos ejemplares de este animal totémico.

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Amenazado por una caza sistemática que fue especialmente intensa durante la Primera Guerra Mundial (sus cuerpos eran empleados para alimentar a las invasoras tropas alemanas), el último bisonte del parque murió en 1919. Por suerte, en los años 50 del pasado siglo se pudieron reintroducir algunos ejemplares conservados en los zoológicos europeos. La mano del hombre, la misma que había acabado con su vida, logró asimismo recuperarlo. El bisonte pasó a convertirse en el símbolo nacional de Polonia: su dibujo en la etiqueta de la cerveza Zubr es todo un guiño a su supervivencia. 

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Alrededor de 90.000 turistas acuden cada año a Bialowieza en busca de su huella única. En este parque, que fue un coto de caza de los monarcas polacos y posteriormente de los zares rusos, es fácil contemplar a las manadas pastando en semilibertad –sólo la valla que separa la frontera con Bielorrusia les impide un desplazamiento completo- a lo largo de sus casi veinticinco kilómetros de rutas, tres de ellas para caminantes y dos para bicicletas.

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Junto al bisonte, además, conviven otros animales que fomentan el atractivo del lugar. Alces, corzos, ciervos y jabalíes, así como los igualmente reintroducidos zorros, tejones y gatos monteses deambulan entre la vegetación, mientras en los cursos fluviales nadan nutrias y castores, y en las alturas reposan búhos y lechuzas, rapaces, pájaros carpinteros y veintitrés tipos de aves insectívoras.

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Más allá de la fauna, Bialowieza es el último reducto del bosque primigenio que cubría Europa central antes de la llegada humana. No existe en el mundo masa forestal que conserve intacta semejante antigüedad, con árboles multicentenarios cuyas copas llegan a alcanzar más de 50 metros de altura. Una tupida estampa de abetos, robles, álamos, tilos hayas y fresnos que, gracias al alto grado de protección del que hace gala este espacio, no son retirados del terreno ni siquiera cuando perecen, pues así se transforman en hábitat para las múltiples plantas y hongos.

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Por todo ello, este parque polaco es un escenario primitivo, un rincón especial de la tierra en el que, sólo con pisarlo, uno siente que está ingresando en un túnel del tiempo.