Un viaje de piedra y mar: ruta por las joyas de la costa dálmata
Este tramo costero de Croacia enamora por su belleza marinera.

En el tramo de litoral que va de Zadar hasta Dubrovnik, Croacia esconde uno de los secretos mejor guardados del Viejo Continente. Una sucesión de ciudades de piedra, tocadas por la magia marinera, que parecen haber echado el ancla en el Medievo. Todas ellas están ribeteadas de calas de aguas cristalinas que se cuelan por la costa dentada y que dejan ver, al fondo, la silueta del puzzle desbaratado que conforman las más de mil islas desperdigadas por el Adriático.
Estas poblaciones de la Costa Dálmata, que se alternan con tranquilos pueblecitos de pescadores, exhiben hermosos cascos antiguos en los que perviven huellas románicas y renacentistas, y en los que el puerto, con su agradable paseo marítimo, da paso a un laberinto de calles empinadas en el que late el estilo de vida mediterráneo.
Zadar y sus islas
Zadar, con su gran oferta de museos e iglesias, es el punto de partida de este viaje de piedra y mar. Aquí el viajero encontrará lo que busca. El soplo urbano de una ciudad de marmóreas calles peatonales, plagada de ruinas romanas y museos apasionantes. O el ambiente playero de los bonitos arenales que rodean el centro histórico.

Pero tal vez lo más interesante es descubrir sus alrededores. Por ejemplo, el Parque Nacional de Plakenika, donde se puede disfrutar de las mejores rutas de senderismo y de los más complejos circuitos de alpinismo de todo el país. O, ya puestos, las islas que emergen frente a la costa: Pag y Dugi Otok, en las que la oferta turística se aleja un poco de los grandes complejos hoteleros.

Estos dos paraísos insulares, con su belleza intacta y su serena quietud, son el refugio perfecto para disfrutar de un paisaje dibujado con suaves colinas y acantilados abruptos, viejos viñedos y pastos de ovejas. Todo tan calmado y silencioso que el viajero podrá sentirse un Robinson al que nada puede perturbarle.
La joya de Trogir
Como Zadar, también la irresistible Trogir es un reflejo de la vida cultural que floreció en esta costa, que en tiempos estuvo bajo dominio veneciano. Esta joya encapsulada dentro de unas murallas del siglo XV y con una esbelta catedral en el centro es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 1997. Una ciudad pequeña y recoleta a la que es fácil llegar por carretera o en barco.

Es aquí, en la Dalmacia central, donde más abundan los vestigios romanos, las playas salvajes, la arquitectura medieval y una geografía costera dominada por los Alpes Dináricos. También, por supuesto, islas vírgenes: desde Brac y Hvar, más famosas y concurridas, hasta las pequeñas de Vis, Bisevo y Solta, que son auténticos paraísos.
Split y Dubrovnik
Menos secretos esconden las dos grandes ciudades de esta franja. Y sin embargo, son una auténtica delicia a la que el turismo no logra empañar. Split, elevada sobre un promontorio donde se esconden, tapizadas de pinares, las mejores playas de la zona, es un palacio convertido en ciudad. Literalmente. Es el Palacio de Diocleciano al que con el tiempo se fueron adosando viviendas e incorporando elementos urbanos. Y resulta de lo más agradable, tanto como su moderno paseo marítimo plagado de terracitas, que es un escaparate para la gente guapa.

Dubrovnik es, sencillamente, una ciudad magnética en la que hay que perderse sin rumbo. La calle principal, Stradun Placa, toda de mármol, que conduce hasta la Torre del Reloj en una fantástica fusión del comercio, el ocio y la fe, pasa por ser una de las más bonitas de Europa. Pero además están las callejuelas estrechas que la cortan con sus plantas sobre la escalera y su ropa tendida; la Ulica Zudioska o judería, la iglesia de San Blas, el Palacio Sponza… Y nada resulta más romántico que dar un paseo al atardecer desde lo alto de sus murallas.
Síguele la pista
Lo último
