Un viaje al origen de los tiempos: vivir con los bereberes en el Alto Atlas

Ruta por la cadena montañosa más alta del norte de África, allí donde la vida late como antaño.

Noelia Ferreiro
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Foto: Pavliha / ISTOCK

A pocos kilómetros de Marrakech, en la franja que se extiende entre la cumbre del Toubkal y las inmediaciones del Sahara, Marruecos esconde una naturaleza prehistórica. Un mundo cobrizo, salvaje, misterioso, que vive a caballo de la nieve y de la arena y que constituye la espina dorsal que moldea su geografía.

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Es el territorio del Alto Atlas, la cordillera más alta del norte de África, un macizo desafiante que fue bautizado en el origen de los tiempos como Idraren Draren (montaña de montañas). Aquí, al abrigo de imponentes rocas volcánicas cortadas por los fríos que descienden hasta valles frondosos, reside ese otro Marruecos alejado del caos de las medinas, bañado en silencio y soledad, aislado, a veces hostil, asentado tan cerca del cielo que incluso parece arañarlo.

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Paisaje soberbio 

El Alto Atlas –que es, en realidad una subcordillera del Atlas, su lado más meridional- se despliega desde las cumbres nevadas del pico más elevado del país (4.167 metros), hasta las gargantas verticales del Dadés y el Todra. Un recorrido diagonal que, a lo largo de mil kilómetros, ejerce de frontera entre dos mundos: las costas mediterráneas en el norte y el desierto infinito en el sur. 

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Por eso, internarse a pie por estas montañas alfombradas de paisajes líricos, ascender por sus flancos persiguiendo infinitas curvas, es descubrir cómo la tierra va exhibiendo sus cambios drásticos: desde riscos inhóspitos a verdes valles que, como auténticos oasis, ven crecer nogales, olivos y algarrobos.

Nostalgia primitiva

Pero al mismo tiempo, internarse en estas latitudes supone sumergirse de pronto en otra vertiente nostálgica de la vida, en un mundo de resonancias primitivas. Se trata de las pequeñas aldeas que cuelgan de la pendiente, donde los bereberes viven como si nada hubiera acontecido desde el principio de los tiempos. En este rincón del planeta tan próximo y tan distante, el siglo XXI apenas pasa de puntillas: sin agua corriente y sin calefacción, las casas se construyen con la arcilla extraída de la tierra; los lugareños seleccionan las hierbas silvestres para preparar remedios medicinales; y la vida, en definitiva, dista mucho de estar pendiente de la cobertura del móvil o de esa extraña cosa llamada wifi. 

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No hay experiencia más auténtica que recorrer a pie estos caminos donde la vida late como antaño. Seguir el curso de las acequias por las que discurre el agua fresca para dar con las primeras muestras de vida del Alto Atlas. Así encontraremos poblados con un perfil tan rojizo como el de la tierra, mimetizados con el entorno y aferrados tan tenazmente a las laderas que casi se diría que son un apéndice de las mismas. 

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En las casas de los lugareños

Los bereberes tienen sus puertas abiertas al turismo en pueblos como Setti-Fatma, Tasselt, Tichki y Aït Ali. En ellos el viajero descubre la peculiar forma de vida de esta etnia milenaria del norte de África, que mantiene su lengua y sus tradiciones desde tiempo inmemorial,. 

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Son poblaciones que abandonaron hace tiempo el carácter nómada de sus orígenes -esa imagen romántica que los retrataba envueltos en turbantes y sorteando sobre sus camellos fatídicas tormentas de arena- para acabar asentándose en estas cumbres, donde el día a día se desliza sumido en las labores del campo: acumular la leña para calentarse en el gélido invierno, recolectar enormes fardos de forraje que las mujeres cargan a sus espaldas para alimentar al ganado y cultivar sus propias frutas y hortalizas ayudados de unos sistemas de riego en canales que sus antepasados desarrollaron y que les permite aprovechar el agua de los arroyos. 

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Acompañarlos, ya sea por un corto tiempo, es una lección de humildad, un buen ejercicio de regreso a las raíces en la belleza de estas montañas donde el tiempo tiene otra cadencia muy distinta de a la que estamos acostumbrados en las grandes ciudades.