El viaje por mar más bonito del mundo

Así es como se conoce al Expreso de la Costa, la mítica travesía de Hurtigruten por los rincones más recónditos del Círculo Polar

Noelia Ferreiro
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Hay que remontarse a 1893, cuando Richard With, un capitán noruego de navío, lanzó esta desafiante idea: ¿por qué no crear un servicio marítimo para acceder a las  desoladas poblaciones de la costa ártica? Por aquel entonces, sólo una mente soñadora podía confiar en tal empresa. Agreste y desconocido, el norte del continente europeo seguía siendo aquel rincón apenas salpicado de pequeñas poblaciones, donde sólo las cartas postales, recibidas con meses de retraso, tendían un frágil lazo con el mundo exterior. Mientras toda Noruega disfrutaba del soplo tecnológico de la Revolución Industrial, el progreso pasaba por alto esta región aislada.

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Pensaron que estaba loco, pero su sueño se hizo realidad. El 2 de julio el vapor Vesteraalen partía desde Trondheim hacia Hammerfest, el pueblo más septentrional del mundo. 67 horas después, incluso casi 30 minutos antes de lo programado, arribaba a su destino. Nacía así el Expreso de la Costa, el épico esfuerzo de Hurtigruten por acercar el correo, las mercancías y, en definitiva, la edad moderna, a lo que hasta entonces se consideraba un páramo olvidado. Una ruta que ha sido calificada como el viaje por mar más bonito del mundo.

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Han pasado más de 120 años desde que Hurtigruten comenzara a operar esta línea, nacida para la distribución de productos básicos, pero abierta también a aquellos viajeros que podían aprovecharse del trayecto para descubrir estos parajes del remoto norte, para conocer de primera mano la tierra donde brilla el sol de medianoche. 

Belleza natural bajo un manto blanco

Esta ruta centenaria está salpicada de cumbres nevadas, fiordos, auroras boreales y pálidas noches veraniegas. Aguarda el paisaje más sobrecogedor de la costa ártica. Dirección norte o dirección sur, cada una de las escalas esconde una pequeña sorpresa. 

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En Kirkenes, las carreras en trineo de perros o motos de nieve, la fascinante experiencia de dormir en un hotel de hielo o la pesca del cangrejo real –con su posterior festín- a través de un agujero en la nieve. En Vardo, la llegada de los buzos locales para hablar sobre la vida en el océano. En Hammerfest, el paseo por el coqueto entramado urbano de casitas de colores. En Berlevag, la visita de los pescadores que invitan a degustar gambas frescas… Y en verano, excursiones nocturnas, safaris de ballenas o el disfrute a bordo del sol de medianoche.

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No hay rincón que se resista a Hurtigruten, incluso en las condiciones más extremas. Por eso el Expreso del Litoral garantiza todas sus visitas, desde las de fácil acceso como la ciudad de Tromso, la capital del norte de Noruega con su animada vida universitaria, hasta las más recónditas como la aldea de Hammes, que guarda en su memoria un interesante episodio: era tal la belleza de sus atardeceres púrpura junto al lago, que los alemanes decidieron privarle de las bombas durante la Segunda Guerra Mundial. Fue así el único enclave polar que resistió a la barbarie. 

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Un concepto especial cargado de emociones

De todas las maravillas naturales, son los fiordos, esos valles excavados por glaciares y colonizados después por el mar, lo que más concentra la atención del paisaje que se desliza desde el barco. Unas veces son acantilados verticales; otras, verdes laderas cuajadas de cascadas espumosas como cortinas de humo. Destaca el de Lyngenfjord, flanqueado por las cimas de los Alpes Lyngen, que compite en majestuosidad con el Geirangerfjord y el Hjørundfjord. 

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Más allá de la belleza, esta travesía encierra un concepto de navegación que en nada se parece a ningún otro: se trata de un servicio de línea regular, y al mismo tiempo, de un viaje en barco turístico, de un buque de carga para comunidades aisladas, y a su vez, de un crucero con todas las comodidades. Y esto, claro, confiere al viaje una vivencia emocional diferente. Mientras la población local sube y baja de estos barcos como si se tratara del metro, los turistas coinciden a bordo con familias que acuden a un bautizo en un pueblo perdido del Círculo Polar o con una remesa de focas que van a parar a algún acuario.

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El Expreso de la Costa conserva su esencia de antaño: la de un mítico barco/correo. Por eso en el viaje que propone chocan emociones diversas. Y por eso este trayecto tiene una magia especial.

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