Un viaje por Angola, el alma de África
Un viaje lleno de sorpresas, sensaciones únicas, paisajes y modos de vida ancestrales por uno de los países más fascinantes, y a la vez más desconocidos, del continente africano.

Las Cataratas de Calandula son uno de los muchos secretos que esconden los parajes de Angola. / Gen Image Media
Angola es uno de los países más fascinantes y a la vez desconocidos de África. Cincuenta años después de alcanzar la independencia, hoy vive una época de paz social y desarrollo como nunca antes, sobreponiéndose a las secuelas de la descolonización y a décadas de guerra que borraron su geografía de los mapas del turismo. Castigo inmerecido para un país que cuenta con fabulosos bosques tropicales, valles impresionantes, sabanas infinitas, ríos caudalosos, desiertos impenetrables y una larga costa salpicada de espléndidas playas y acantilados. Y, sobre esta diversa geografía, viven cerca de 40 millones de habitantes —más de la mitad, menores de 18 años—, con una gran variedad de lenguas y culturas, que ambicionan un futuro de prosperidad.

Mujeres ngendelengo de aldeas próximas a Lubango. / Gen Image Media
La mejor puerta de entrada es el nuevo aeropuerto de Luanda, inaugurado en 2025 para mejorar la conexión internacional y abrirse al turismo. Hasta hace poco, la mayoría de visitantes eran directivos y trabajadores extranjeros de compañías del petróleo, la minería y la industria, que disparaban los precios de hoteles y apartamentos de la capital, convirtiéndola en la más lujosa de África, en contraste con la realidad de los suburbios pobres e insalubres que la ensanchan, creando una metrópolis de cerca de ocho millones de almas.
Al ritmo de Luanda

Mercado municipal de Lubango. / Gen Image Media
El centro histórico de Luanda, levantado por los portugueses a partir de 1576, tiene un mirador privilegiado: la fortaleza de San Miguel, desde donde, a un lado, se contempla la bahía, con la elegante avenida 4 de Fevereiro y la estrecha isla (ilha) animada por sus playas, hoteles y restaurantes, y al otro, un horizonte de edificios donde destacan la sede de la Asamblea Nacional y el monumento al padre de la nación, Agostinho Neto, recordado en todos los rincones del país.

Monumento natural de Tunda-Vala. / Gen Image Media
Luanda merece varios paseos para observar el tráfico revuelto de sus calles, la algarabía de los niños frente a las escuelas, las danzas callejeras que improvisan adolescentes o el trajín de hombres y mujeres que cargan en la cabeza los artículos más sorprendentes. Ante la precariedad, en Angola siempre hay quien vende algo, cualquier cosa: desde huevos, agua, fruta y mandioca, hasta tarjetas para móviles, baterías o enseres de cocina, ofreciendo imágenes verdaderamente singulares.

Playa frente al Mirador de la Luna, cerca de la desembocadura del río Cuanza. / Gen Image Media
A pocos kilómetros de la capital, y en la misma costa en dirección sur, se encuentra el Museo Nacional de la Esclavitud, que recuerda el trágico negocio que diezmó la población joven durante generaciones. Es el mismo edificio donde los esclavos eran bautizados a la fuerza antes de ser embarcados en los barcos negreros. Se cree que fueron esclavizadas más de tres millones de personas, llevadas a trabajar en condiciones inhumanas a América entre el siglo XVI y finales del XIX. Por eso, Angola sigue manteniendo fuertes lazos con Brasil, donde la semba bantú dio origen a la samba.

Hombre entre baobabs vestido con ropa tradicional (Garganta, provincia de Namibe). / Gen Image Media
A los angoleños también les gusta bailar la kizomba y, entre los jóvenes, el kuduro, música urbana de raíz contracultural que ha dejado de ser marginal para difundirse internacionalmente. Sin embargo, lo que más suena es la música tradicional, muy enraizada y presente en cualquier celebración civil y religiosa. Y en Luanda en particular, si las fechas de febrero coinciden con el viaje, no hay que perderse el carnaval, una tremenda explosión de música, alegría y colorido en sus calles.
Siguiendo el viaje, cerca del museo de la esclavitud, la naturaleza ofrece un paraje único, el Mirador de la Luna, donde la erosión de una colina frente al mar ha creado barrancos y pináculos que recuerdan un paisaje lunar de gran belleza. Y, a sus pies, la desembocadura del poderoso río Cuanza forma un estuario rodeado de selva que alberga una gran variedad de especies entre sus magníficos manglares, como cocodrilos, monos de cola roja, multitud de aves acuáticas e incluso manatíes.

Puente en la ruta que bordea el Parque Nacional de Cameia (provincia de Moxico). / Gen Image Media
Lindando con el Cuanza, se encuentra el Parque Nacional de Kissama (o Quiçama), la reserva de vida salvaje más accesible de Angola, ya que los demás parques nacionales (como Cameia, Luiana o Iona, por ejemplo) se encuentran muy alejados de las principales rutas de comunicación. Muchas especies, como elefantes, jirafas, antílopes y cebras, se debieron repoblar con ejemplares de Sudáfrica hace 25 años, operación de translocación que se sigue repitiendo. El hambre durante los años de guerra y la caza furtiva después causaron la aniquilación de muchas especies que, poco a poco, van recuperándose. La visita a Kissama puede continuar, unos kilómetros más al sur, en las hermosas playas de Cabo Ledo, punto de encuentro de surfistas locales y extranjeros y embarcadero de pescadores locales.

Danza de los muila. / Gen Image Media
El fragor de las cataratas
Alejándonos de la costa, otro destino obligado es Pedras Negras de Pungo Andongo, conjunto de formaciones rocosas moldeadas por la erosión que se yerguen imponentes sobre la llanura y que acogieron a los reyes locales, cuyo título (Ngola) daría nombre al país (Angola); entre ellos, la famosa reina Nzinga, que combatió a los portugueses.
Pero, sobre todo, no hay que perderse las cataratas de Calandula, a seis horas de carretera hacia el este desde Luanda: un anfiteatro de 400 metros de amplitud, con el agua del río Lucala, afluente del Cuanza, precipitándose a 100 metros de profundidad. El fragor de las cascadas, la intensa bruma y la luz del sol crean un espectáculo maravilloso que invita a tomar fotografías desde todos los ángulos.

Colinas de Curoca. / Gen Image Media
Calandula se encuentra cerca de la ciudad de Malanje, en una de las regiones fértiles del centro del país, donde se multiplican plantaciones de plátanos, mandioca, café, algodón, caña de azúcar y cereales, produciendo como mínimo dos cosechas al año que coinciden con la estación lluviosa, de noviembre a mayo, y con la estación seca, llamada cacimbo, de junio a septiembre. La fertilidad de estas tierras atrajo emigrantes de países vecinos durante siglos, y también a colonos europeos, principalmente portugueses, quienes llegaron en diversas etapas a partir de la primera expedición del navegante Diogo Cão a la desembocadura del río Congo, el más caudaloso de África, en 1482. Angola era entonces, y volverá a ser en el futuro, si la estabilidad política lo permite, una tierra extraordinaria de riquezas y oportunidades. Aunque hay mucho por hacer, la paz y la democracia crean la esperanza de conseguirlo.

Miembros de los muila. / Gen Image Media
Más al este, viajar a ciudades como Dundo (ciudad minera rica en diamantes), Luena o Luau se convierte en una aventura por el mal estado de las carreteras. Aun así, la ruta que atraviesa la provincia de Moxico hasta la frontera con Zambia revela un paisaje infinito salpicado de aldeas en tránsito entre la cultura ancestral y el mundo moderno. Si bien todas las villas y ciudades de Angola conservan el sello colonial portugués, las aldeas (kimbo) mantienen el estilo nativo de chozas de madera, arcilla y fibras vegetales, aunque cada vez se utilizan más ladrillos y techos de metal.

Vista aérea del encuentro de las dunas y el océano en la Costa de los Esqueletos desde el lado angoleño. / Gen Image Media
Angola conserva diversos grupos étnicos que rechazan la vida urbana, como los himba, los muila, los mucubal, los ngendelengo, los dimba o los san, cuya herencia tiende a disolverse y desaparecer. Muchos de ellos, del centro y sur del país, aún viven apegados a la naturaleza y a costumbres ancestrales, pero no pueden eludir muchas de las reglas de la sociedad moderna. Por otra parte, resulta complicado mantener seis hijos o más por pareja en el medio rural, de manera que muchos emigran para sobrevivir.
Sorprendentemente, la mayoría de la sociedad angoleña desconoce la realidad de estos grupos; vive en un mundo bien distinto, en ciudades que no paran de crecer, como Benguela, Lobito, Sumbe o Moçâmedes en la costa, o Huambo, Kuito, Menongue o Lubango en el interior.

Cementerio de navíos en las playas de Sarico y acantilados de Barra do Dande, al norte de Luanda. / Gen Image Media
Literatura y leyendas
Angola cuenta con una fuerte producción literaria que funde las letras portuguesas con las leyendas africanas y su realidad social. Algunos de sus autores son celebridades dentro y fuera del país, como lo fue el poeta y revolucionario Agostinho Neto, o como lo son Pepetela, Luandino Vieira, Ondjaki o José Eduardo Agualusa, quien describe como nadie el duelo y los sueños rotos por la guerra. El auge de la literatura empezó durante los tiempos de la independencia como instrumento de movilización, y aún hoy sigue gozando de prestigio y popularidad. Tiene mucho que ver la pasión que sienten los angoleños por los mitos, leyendas y relatos populares; como el de la Kianda, un espíritu en forma de sirena que a veces actúa como hada y otras veces como bruja, capaz de dictar la fortuna o la desgracia de los pescadores, superstición muy arraigada, vinculada a una naturaleza hostil y a unas costas que cuentan centenares de naufragios. Pero entre los numerosos seres fantásticos de Angola destaca especialmente el gran árbol sagrado, el baobab (imbondeiro), que, según dicen, crece con los sueños de los humanos. Por eso hay tantos en Angola que no paran de crecer.
Un atardecer inolvidable
Cerca de Lubango, una de las ciudades más ordenadas y con mejor clima del país, se encuentra uno de los destinos más impresionantes de Angola, el Tundavala (Tunda-Vala), el espectacular corte de la sierra que crea un barranco de mil metros de profundidad. Contemplar el paisaje desde el borde del precipicio quita la respiración, y disfrutar de la puesta de sol y la salida de las estrellas en un lienzo celeste completamente limpio, una experiencia irrepetible. Desde allí, la ruta desciende por la Serra da Leba, en uno de los tramos de carretera con mayor desnivel del mundo, para luego cruzar un vasto territorio de sabana habitado por gentes ngendelengo, muila y mucubal, hasta llegar a la ciudad portuaria de Moçâmedes (también nombrada Namibe) y, aún más al sur, hasta Tombua.

Carretera principal que lleva de Luena al Parque Nacional de Cameia y a la frontera con la República Democrática del Congo. / Gen Image Media
Más allá de Tombua, el territorio se vuelve cada vez más inhóspito, donde el paso de los siglos ha esculpido y modelado parajes yermos de gran belleza, como los maravillosos cañones del río Curoca. En esta misma región se encuentran los famosos grabados rupestres de Tchitundo-Hulo, y también, emergiendo del suelo, incontables ejemplares de Welwitschia mirabilis, una planta de tiempos prehistóricos, de tronco corto y raíz profunda, que es capaz de sobrevivir cientos de años en entornos desérticos muy extremos.

Elefante en el Parque Nacional de Kissama. / Gen Image Media
Además, en este rincón del suroeste de Angola, se extiende una larga hilera de dunas que lindan con el mar, la Costa de los Esqueletos, creando un paisaje espectacular pero peligroso de visitar si no se va acompañado y con vehículos 4x4 bien equipados. El único paso para seguir la costa hasta el extremo sur, la frontera con Namibia, se abre ciertos días y solo durante unas pocas horas, cuando baja la marea. Son cerca de 100 kilómetros de paso muy estrecho y solitario entre enormes dunas a la izquierda y el océano Atlántico a la derecha. Sufrir una avería o, lo que es más fácil, atascar el vehículo en la arena, puede resultar fatal. Sin embargo, completar el trayecto hasta la desembocadura del río Cunene (Foz do Cunene), uno de los lugares más remotos y salvajes del mundo, y acampar entre las dunas, cerca del río o del mar, es una experiencia única e inolvidable que merece el esfuerzo de organizar la expedición. Llegar hasta aquí es la culminación de un viaje extraordinario, lleno de sorpresas y sensaciones únicas, que nos descubre lo mejor y más bello del alma de África.
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