Vivir entre el agua y la tierra: un viaje a la ciudad más anfibia de Europa
Todo en ella, desde la arquitectura hasta el transporte, está diseñado para adaptarse a un entorno acuático.

Al igual que hay animales que alternan, en su existencia, los medios acuáticos y terrestres, hay ciudades que hacen lo propio en su devenir urbano: se adaptan a su posición de tal manera que todo en su infraestructura gira en torno a la interacción de la tierra con el líquido elemento. Esto es lo que ocurre con Rotterdam, la segunda metrópoli de los Países Bajos emplazada al oeste del país y poseedora del puerto más grande y activo de Europa.
Aquí todo está concebido en función del agua, que se integra completamente en el diseño y se adapta de forma magistral a sus ventajas y riesgos. Es por ello por lo que está considerada la ciudad anfibia por antonomasia, lo cual (ojo) no quiere decir que sea la más acuática: aunque Venecia ostenta el record de canales y Ámsterdam el de lluvia, Rotterdam es la que convive de forma más directa y eficaz con el agua.

Entramado acuático
Ciudad aerodinámica, vanguardista y experimental, es su ubicación geográfica la que define ante todo este rasgo. Porque Rotterdam se encuentra situada en el delta de los ríos Mosa y Rin, que aquí se unen al océano, y que hacen que una parte considerable de su entramado urbano se encuentre por debajo del nivel del mar.

Todo esto, claro, le confiere un carácter acuático, pero es sobre todo el diseño el que le otorga la definición de anfibia. Un diseño que combina la herencia marinera con una arquitectura rompedora, concebida para coexistir con el agua y, al mismo tiempo, para proporcionar una experiencia visual única, moderna y experimental, que contrasta con los estilos tradicionales de otras ciudades holandesas.

Y es que en Rotterdam encontramos menos canales y menos edificios de ladrillo visto, pero a cambio mucha más factura contemporánea. El ingenio (y también la osadía) han marcado la reconstrucción de esta metrópoli desde aquel 14 de mayo de 1940 en el que, en tan sólo 15 minutos, quedó totalmente devastada por las fuerzas aéreas nazis de la Segunda Guerra Mundial. A partir de entonces, el reto ha sido definir una nueva anatomía urbana que planta cara a muchos desafíos.
El agua también como amenaza
Róterdam no sólo ha sido diseñada para favorecer la resiliencia ante cambios climáticos y resistir las inundaciones con puentes diques, presas y otros sistemas de protección, sino que también su eficacia alcanza a la infraestructura y el transporte. Para ello están los puentes como el de Erasmus (que cruza el río Mosa y conecta las zonas norte y sur de la ciudad) y los túneles como el de Maas (que permite a los vehículos y trenes cruzar debajo del río). Y para ello está también el transporte fluvial que, además de una generosa red de barcos, incluye el autobús anfibio: un bus que se transforma en una embarcación para realizar tours híbridos por la ciudad y el río.

Rotterdam, al tiempo que gana en verticalidad, desafía los embates del mar con una serie de proyectos flotantes sobre el delta que dibujan los ríos Rin y Nuevo Mosa. Granjas flotantes donde las vacas pastan alegremente sobre las aguas y un parque reciclado con los plásticos que se lanzan al río (y que a su vez sirve como un nuevo hábitat para los peces) son algunos de estos ejemplos en esta ciudad en la que tienen cabida museos interesantes, paseos a orillas de los canales y una vibrante escena cultural.
Edificios icónicos
Al hilo de su arquitectura experimental, nadie que recale por aquí puede irse sin admirar ciertos edificios emblemáticos. Empezando por la Estación Central, una virguería de acero inoxidable con el techo en ángulo inclinado, y terminando con el llamado De Rotterdam, un rascacielos triple proyectado por el arquitecto local Rem Koolhaas, quien lo concibió como una auténtica ciudad vertical. Sus tres torres conectadas dan la impresión de ser seis en un impresionante juego óptico.

Tampoco hay que perderse el Markthal, un complejo de viviendas con forma de herradura invertida, bajo el que descansa un mercado gastronómico. Ni la Biblioteca Central, con su fachada de vidrio y sus vistosos tubos amarillos. Ni Blaaktoren, el bloque de viviendas más conocido como El Lápiz, por su inequívoca similitud.

Pero nada hay más icónico que el bosque de Casas Cúbicas (Kubuswoning), erigido a principios de los años 80 por Piet Blom, representante de la corriente estructuralista. Casas asentadas sobre un pilar y giradas 45 grados que son todo un grito a la experimentación, como lo es la propia ciudad.
Síguele la pista
Lo último
