La Vera, un chapuzón con ecos históricos

Esta bella comarca extremeña trazada de piedra, agua y pimentón es el destino perfecto para remojarse y seguir los pasos del ilustre Carlos V en el último viaje de su vida.

Noelia Ferreiro
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Foto: ISTOCK

Esconden las tierras de Cáceres en su esquina noroccidental un lugar con cientos de posibilidades para darse un merecido chapuzón. Es la Vera, una bella comarca decididamente pasada por agua. Allí donde la sierra de Gredos se descuelga hasta llegar al río Tiétar, y donde al fondo se dibujan las cumbres presididas por el Pico Almanzor, la naturaleza exhibe su rostro más refrescante vertebrando el lugar de pozas cristalinas.

En total: un río, 47 gargantas, 1.423 arroyos. El agua que baja con fuerza de las montañas terminó conformando, en su erosión arrolladora, lo más parecido a la playa en las entrañas de Extremadura.

Son múltiples las zonas de baño que salpican esta región, unas veces entre gargantas represadas, y otras tantas en rincones más íntimos, con el rumor constante de las aguas y el marco de la vegetación. Está la garganta de Alardos (en Madrigal de la Vera), con un estrechamiento rocoso apto para un baño magnífico y un puente de origen romano alzado 16 metros sobre el lecho del río. También las piscinas naturales que deja a su paso la garganta de Cuartos (cerca de Robledillo), con aguas muy frescas, concurridísimas en verano. O la de la Garganta de Jaranda (Jarandilla), de los Guachos y San Gregorio (Aldeanueva), o la que conforma la garganta de Gualtaminos (Villanueva), con la espectacular Cascada del Diablo, que es un salto de más de 60 metros con vistas de vértigo al valle.

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Y entre una y otra, escoltando los manantiales y los ríos saltarines, una ladera bendecida por la bonanza climática y con un paisaje denso, verdísimo y tan exótico que alberga tanto robledales y helechos, como olivos, chumberas y pitas. Y tabaco, por supuesto, amontonado en los secaderos al sol. Así es la fisionomía de la Vera, cuya imagen está ligada irremediablemente al oro rojo, esto es, al pimentón, que tiene su propia Denominación de Origen.

Pero resulta además que este territorio cacereño que alberga pueblos serranos de tipismo arquitectónico escondidos en los valles o agarrados a las laderas -pueblos cuyos entramados de madera y pintorescos soportales no acusan los estragos del tiempo-, es también un rincón tocado por la Historia con mayúsculas. Porque estos parajes de piedra y agua fueron el lugar elegido por Carlos I de España y V de Alemania para saborear su retiro.

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Fue a mediados del siglo XVI. El emperador, vencido por los años, había cedido ya sus poderes y aplacado sus ambiciones. Sólo quedaba, pues, esperar la llamada de la muerte en el escenario escogido: un aislado monasterio de jerónimos, oculto en los pliegues del campo. Un cenobio pobre y modesto que, tras un largo periodo de reformas, se convertiría en el Monasterio de Yuste donde, efectivamente, asistió al fin de sus días.

Hoy, muchos años después, el viaje que emprendió el monarca por tierras extremeñas hasta alcanzar su última morada aquel 3 de febrero de 1557, conforma la llamada Ruta de Carlos V, que muchos turistas recrean entre chapuzón y chapuzón. Una ruta vertebrada por las tres poblaciones que acogieron su visita: Tornavacas, Jarandilla y Cuacos de Yuste. Y que se puede hacer fácilmente por carretera, aunque existe un camino señalizado para recorrerse a pie: un apasionante itinerario que, a través de poderosas gargantas, pueblos a los pies de la sierra y campos de nogales y alcornoques, emula los pasos del monarca.