Venezuela. Por qué no suda Boris Izaguirre

La visita al país y a la ciudad que vio nacer a Boris Izaguirre estuvo marcada por altibajos. Los bajos: la omnipresencia de la fi gura de Hugo Chávez por todas las partes y la inseguridad reinante en determinados barrios y a ciertas horas. Los altos: una gente increíble, unas mujeres impresionantes obsesionadas por la belleza y la inmensa alegría de disfrutar nuestro tiempo con los españoles de la capital venezolana.

Jorge Salvador

PRIMER DÍA:
Un país secuestrado
Hemos de reconocer que se nos ocurrió viajar a Venezuela para conocer los orígenes de Boris Izaguirre. Pensamos que sería divertido conocer la ciudad donde se crió, su familia, sus amigos..., pero nos encontramos con la sorpresa de un país muy extraño, un país "secuestrado" por Hugo Chávez. Hoy Hugo Chávez es más que Venezuela, la imagen del presidente está por todas partes: carteles, muros, estatuas... Es vergonzoso cómo un pueblo se ha dejado engañar por este telepredicador metido a político y ha conseguido que su imagen sea la nueva bandera del país. Sus fotos se venden como souvenirs, impresas en mecheros, cucharitas, imanes para neveras y hasta convertido en marioneta para los niños. Nos cuentan que Chávez ha cambiado todo, hasta el nombre del país, que ya no se llama Venezuela sino República Bolivariana de Venezuela. Imaginaros lo que signifi ca cambiar el nombre de un país, ¡qué gasto tan inútil! Tuvieron que cambiar billetes, sellos, impresos, en fi n, todos los papeles ofi ciales del país. Por cambiar, ha retocado hasta el escudo de la bandera. Un día a la mujer de Chávez se le ocurrió comentar que cómo era posible que el caballo del escudo corriera hacia la derecha, pues ya os podéis imaginar que hubo que cambiar todas las banderas del país para que el caballito cabalgue hacia la izquierda.

Esta obsesión llega hasta la calle. Un día al meternos en un mercado local de Caracas, la gente, al notar que éramos extranjeros, nos gritaron ¡viva Chávez!, con la intención de agredirnos verbalmente, "¡con Chávez todo, sin Chávez plomo!"; todo esto sin abrir nosotros la boca. En fi n, creo que la frase del Rey Don Juan Carlos "¿por qué no te callas?" debería convertirse en un lema para la oposición de Hugo Chávez porque lo mejor que podría hacer este hombre es callarse de una vez e irse.

SEGUNDO DÍA:
La fiebre de las "hipotetas"
La obsesión por la belleza femenina en Venezuela resulta increíble. Allí las adolescentes piden de regalo de cumpleaños una operación de cirugía estética. Nos cuentan que hay mujeres que piden créditos para operarse los pechos. Por ello, no es extraño que estos préstamos sean popularmente conocidos como las "hipotetas". Los concursos de belleza en Venezuela tienen tantísima popularidad que son considerados casi como asunto de Estado, y las modelos se retocan quirúrgicamente ya desde pequeñas. Uno de los casos que más nos llamó la atención fue el de este pedazo de "hembra" (foto de la izquierda) que se paseaba por los jardines del hotel de esta guisa, provocando el desconcierto. Boris nos confesó que aprovechó sus pocos días de estancia en Caracas para inyectarse botox en los sobacos; sí, sí, lo han leído bien, botox en las axilas. Os preguntaréis: ¿y para qué? Pues para no sudar. Con un buen chute en cada sobaco te aseguras un año sin sudor en las axilas. Para comprobar la efectividad de este producto basta con mirar por las tardes a Boris en "Channel nº 4" y esperar a que levante los brazos; si no veis ningún cerco alrededor de sus axilas, es que el botox funciona, porque por experiencia os he de confesar que Boris ya salía manchado de sudor antes de empezar el programa.

TERCER DÍA:
Mejor a comer que a cenar
Después de estar más de tres días en la capital venezolana te invade una sensación de peligro. La gente de allí te aconseja tener muchísimo cuidado con tus objetos personales cuando vas por la calle. Te recomiendan no llevar reloj, teléfono móvil, gafas e incluso no llevar cinturón; en fi n, es como si vivieses continuamente en uno de esos controles de aeropuerto donde te obligan a dejar todo en una bandejita. Hubo una persona que me explicó cómo durante una época la moda era robar a punta de pistola las zapatillas deportivas de marca, y se llegaron incluso a dar casos de asesinatos sólo por unas Nike. En una "fi esta de sociedad" en casa de Boris Izaguirre se me ocurrió preguntar a un grupo de ocho o nueve personas si había alguien que no hubiera sido atracado. El resultado fue contundente: todos habían sufrido algún incidente. Uno de los invitados acababa de sufrir un robo un par de días atrás: un hombre se le había metido dentro del coche y le había puesto una pistola en la cabeza simplemente para robarle el móvil, o como dicen allí, "el celular"; a una mujer también le habían robado en los últimos años ocho coches, y otra de las invitadas había sufrido un secuestro exprés. La solución me la dieron los padres de Boris: en Caracas lo mejor es no salir a cenar, comer con los amigos al mediodía y luego volver rápidamente a tu casa.

CUARTO DÍA:
El barrio de la Bombilla
Decidimos conocer la zona más degradada de Caracas, el barrio de la Bombilla, una colina abarrotada de favelas que rodea la ciudad. La gente que conocimos esos días nos desaconsejaron la visita: "Estáis locos si se os ocurre meteros en la Bombilla, pedir seguridad para entrar allí". Cuando llegamos a la Bombilla, nos encontramos con la "compañía" de dos policías disfrazados de "Hombres de Harrelson", con cascos, chalecos antibalas, ropa de camufl aje y armados con pistolas y ametralladoras. Glups, ¿pero estamos locos?, ¿dónde nos hemos metido? La gente del barrio nos miraba como a extraterrestres. De repente pasé de tener miedo a vergüenza. ¿Qué hacíamos allí grabando a esta pobre gente? Sólo cuando nos fuimos de Caracas entendimos el porqué de tantas medidas de seguridad: leímos en un periódico local que en la semana que estuvimos (Semana Santa del 2007) habían asesinado a 69 personas sólo en la capital venezolana.

QUINTO DÍA:
El maestro barbero
Nos dicen que no podemos abandonar Caracas sin conocer a un barbero español que trabaja en el hotel Tamanaco. Él es Antonio, un gallego que lleva más de 40 años viviendo en Venezuela y que se ha convertido en una institución. Es un barbero de los de antes, que se ha creado una fama mundial. Por él han pasado muchos presidentes de Hispanoamérica, políticos, artistas, cantantes... No hay famoso que pase por Caracas y no acabe en las manos de Antonio. Sus clientes lo tratan como a una eminencia; a su nivel es como el doctor Pitangui de Brasil o el doctor Barraquer de Barcelona, pero en barbero. El hombre hace un tratamiento espectacular: primero aplica una mascarilla en la cara, luego una lámpara de calor y, tras ello, un juego de toallas calientes y frías que Antonio aplica a traición. Pero el momento culminante llega cuando saca su máquina de masajear, un instrumento extrañísimo que Antonio compró en Estados Unidos en los años 50 y todavía conserva. Es como una granada que se conecta a la corriente eléctrica y que se coloca con un guante en la mano. Al ponerse en marcha provoca una vibración brutal. A eso hay que añadirle un ruido como de minipimer estropeada. Antonio lo maneja con maestría y cuando pasa su mano por tu cara hace que el escalofrío llegue hasta las uñas de los pies; además, luego lo aplica a pecho, brazos, piernas; en fi n, un completo pero de los años 50.