Venecia, belleza y misterio

Formada por 118 pequeñas islas conectadas por numerosos canales y puentes, Venecia es el escenario de la última novela de Sandra Barneda, "Las hijas del agua". La autora describe para VIAJAR sus impresiones y emociones ligadas a "La Serenisima", una ciudad que la ha cautivado especialmente.

Sandra Barneda
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Foto: Eduardo Grund

Pasear por Venecia es, como sabiamente dijo Truman Capote "comerte entera una caja de bombones de chocolate rellenos de licor". Allá por donde pisas, por donde pasas, sientes como el corazón explota al ver tanta belleza junta. El tiempo ha sido benevolente con ella y, haciendo una excepción, corre menos deprisa. Es por ello que estar en la Città delle donne te hace sumergirte a una historia perdida de máscaras, placer, fiesta, libertinaje, cultura y riqueza infinita. Aunque cada año la visitan millones de turistas, La Serenísima no pierde brillo. Por mucho que siga la leyenda de que se hunde, permanece más viva que nunca ante nuestros ojos.

Con sus centenares de calles, portegios, sotoportegios, puentes y plazas, lo mejor es caminar hasta perderse y, una vez desorientado hasta el marcador del GoogleMaps, respirar y comenzar a andar contemplando su hermosura sin buscar el norte, sin otra intención que llegar a comprender su esencia… de paredes húmedas, canales de agua espesa y claroscuros. Si uno no pierde el rumbo en Venecia es que no ha sentido lo más importante en ella: que no se deja atrapar, que de nadie es dueña y que tiene tantas caras como máscaras decoran y cuelgan de las tiendas de souvenires. La ciudad que nació de las invasiones bárbaras es dura y frágil, y ha desafiado al mundo pareciendo eterna.

Pequeña, situada en el interior de una laguna de 50 km de longitud y 15 de anchura, Venecia se construye sobre 118 islas unidas por sus famosos canales. La ciudad flotante reposa sobre millones de estacas de madera petrificada por el paso de los años y tan sólidas como bloques de piedra. Solo para el levantamiento de la Basílica de Santa Maria de la Salute se clavaron 1.106.657 estacas en el siglo XVII. Hoy sigue erguida y, como dijo Henry James, nos da la bienvenida como "una gran señora en el umbral de su salón". Para conocer a La Serenísima necesitaríamos varias vidas y, aun así, sería una gran desconocida, pero para recorrerla bastan tres o cuatro días y saber que te dolerá el bolsillo porque sus precios son elevados en el hospedaje y la comida.

Desde que aterrizas en el Aeropuerto Marco Polo, el sueño de cualquiera es tomar un taxi de madera, cuidados sillones de cuero bicolor y techo de cristal, para que te lleve a tu hotel a descargar el equipaje. Si la marea lo permite y el precio de 100 euros no escuece, durante media hora podrás sentirte en el glamour de los 50 de estrellas como Grace Kelly, Sofía Loren o Audrey Hepburn: el fotógrafo Graziano Arizi las inmortalizó, saludando sobre la lancha y dando la bienvenida a la fascinante ciudad.

La plaza San Marcos

Las primeras en recibirte serán las gaviotas que, como auténticas vigías de la ciudad, contemplan curiosas sobre los postes la llegada de los nuevos. Sin lugar a dudas, la mejor zona para dormir son las colindantes al Gran Canal y cercanas a puente Rialto y la Plaza San Marcos. Venecia, como buena isla, tiene pocos hoteles recomendables y endiabladamente caros, pero su entorno arregla cualquier habitación minúscula o desayuno desafortunado. Una vez la pisas, la ciudad simula una genuflexión y se rinde a tus pies y, como una buena alfombra, te invita a recorrerla, alzando la vista para contemplar sus palacios escondidos, sus paredes ocres, terrosas y bermellonas erosionadas por la sal del agua verdosa de sus canales. La Plaza San Marcos es el mejor punto de encuentro, el norte de la brújula de cualquier viajero; el imán de quien desea percibir el brillo imponente de la espectacular fachada de la Basílica de San Marcos a cualquier hora del día. Decenas de miles de cámaras la han inmortalizado, pero ninguna ha logrado atrapar el hechizo que sienten los ojos de quien la contempla por primera vez. La dos columnas con el León Alado te indican el camino, dejando a la izquierda el patio de columnas del palacio Ducal hasta llegar al muelle, descanso de decenas de góndolas esperando que cualquier viajero sienta la tentación de recorrer las arterias de La Serenísima a remo y como hacían los románticos pobladores.

Venecia rezuma música de Vivaldi cuando tomas el vaporetto y recorres el Gran Canal, la gran explosión de esplendor con los palacios a cada lado, llenos de historias silenciadas y contadas por quienes todavía viven en la ciudad. Cuatro kilómetros atravesando la ciudad, en una gran S, dividiéndola en dos desde el nordeste al acceso al Adriático. Cuatro puentes: el Rialto, la Academia, el de los Descalzos y la Constitución, y decenas de palacios a visitar. como el Grassi, Ca’ Rezzonicco, Ca D’oro, Ca Pessaro, con sus imponentes tres plantas, sus balcones de distintas y variadas columnas presidiendo aquella vida que todos nos imaginamos al contemplarla. Venecia se esconde en sus paredes y en sus ventanas de palacios no abiertos al público que alumbran la travesía nocturna y nuestras fantasías de fiestas, nobles, vestidos imposibles, pelucas infinitas y máscaras traviesas. Subir por las escalinatas del palacio Grassi, contemplar la solemnidad pasada en las estancias de Ca’ Rezzonicco, te lleva al siglo XVIII; lo mismo que el mercado de pescado de detrás del Rialto, con un curioso catálogo de criaturas marinas en los capiteles de sus columnas. El olor a pescado, las barcas cargando y descargando, los puestos dibujando un puzzle de colores, texturas, olores y sensaciones a cualquiera que pasea en plena ebullición. 

Eduardo Grund

Ya quedan pocos venecianos, apenas cincuenta mil; todos velan por La Serenísima al tiempo que viven de ella. Curioso es observar en el contador colocado en la farmacia Morelli el número exacto de venecianos que quedan en el centro histórico.  La ciudad gana turistas y pierde habitantes que protestan porque el precio del dinero sustituye auténticas joyas de tiendas por una de máscaras colgadas. El souvenir más grande, dicen, pronto será la propia Venecia, que habrá perdido su alma y se habrá convertido en el parque temático más grande del mundo. Puede que lleven razón, pero al igual que antaño los viajeros nobles y ociosos deseaban pisarla y disfrutarla, es imposible no querer pernoctar unas noches y sentir el agua por dentro y la Luna presente, reflejada en los canales de la ciudad. Duelen los cafés del Florián a 15 euros, o los Bellini del Harry’s Bar a 21 euros, pero son sorbos de la historia de una de las ciudades más bellas del mundo.

Las compras y el lujo se unen en las famosas Galerías Fondacco dei Tedesci, histórico palacio del siglo XIII cercano al Rialto, simbiosis perfecta del pasado y presente esplendoroso de la ciudad. Imposible no subir a su terraza y contemplar una panorámica de la ciudad, abierta a sus canales y misteriosa y oscura en sus callejones estrechos. A mar abierto y volviendo a los 50, la terraza del hotel Danieli te ofrece otra vista glamourosa. Recorrer hasta desorientarte y llegar por casualidad al puerto largo con el museo Fortuny a lo lejos o de nuevo a la Plaza San Marcos, para al final darte cuenta que La Vechia Signora es la que siempre guía, la cicerone a la que todos nos rendimos por placer o por resignación. 

Eduardo Grund

Arte y seducción

Venecia no sería ella sin Peggy Guggenheim; su museo no solo es un recorrido por el arte contemporáneo sino también por la esencia de una mujer que con cuarenta mil dólares logró la mejor colección de arte del mundo y que en los 50 llevó el escándalo de la modernidad en su palacio veneciano. Para modernidades, las gigantescas manos del escultor Lorenzo Quinn que emergen del agua para sostener la fachada del hotel Ca’ Sagredo para sensibilizar que nada es eterno aunque lo parezca, y Venecia sufre desgaste con el cambio climático y la mala obra del hombre. Esa Venecia que ha evitado cientos de batallas permanece a flote y sigue hechizando a quien la pisa. Bien podría ser cierto lo que dijo Jacobo D’Antonio Sansovino, que el propio nombre, Venecia, podría venir del latín Veni Etiam, que significa Venid, otra vez, y emergiera su efecto puesto que por mucho que la visites la descubres de nuevo, tan bella, tan esquiva, tan misteriosa, tan seductora...pero siempre con el mismo aroma.

Las hijas del agua

VIAJAR

El último trabajo literario de Sandra Barneda, que acaba de publicar Suma de Letras, se titula Las hijas del agua, la tercera parte de una tetralogía protagonizada por mujeres –y que tiene como nexo de unión los cuatro elementos de la naturaleza (Aire, Tierra, Agua y Fuego)– y que la periodista y escritora inició con Reír al viento, su primera incursión en el mundo editorial, que obtuvo gran éxito de ventas y crítica, y que continuó con La tierra de las mujeres.