Vanuatu, sinónimo de sueños

Situado en el Pacífico Sur, a 1.750 km al este de Australia, en Vanuatu, que fue considerado "el país más feliz del mundo", los "cultos del carguero" siguen gozando de gran aceptación entre los nativos.

Luis Pancorbo

Los cargo cults, o "cultos del carguero", abundaron en el siglo XIX en Melanesia. Al principio se referían a la fascinación que suscitaban entre los nativos los cargamentos de los barcos, tesoros que algunos isleños soñaron que también serían para ellos.

Después los cargamentos llegaron en aviones al Pacífico Sur con el resultado de que se acrecentaron esos cargo cults, término paraguas para definir expectativas religiosas, movimientos de revitalización cultural y milenarismos. Todo lo cual está basado en el choque entre la riqueza y el dominio tecnológico de los blancos y la pobreza material y los deseos de mejora de los isleños. En Vanuatu, país independiente desde 1980, los cultos del carguero siguen teniendo gran difusión. Uno de sus epicentros es Espíritu Santo, la isla de mayor extensión del archipiélago, descubierta en 1606 por Pedro Fernández de Quirós.

Todavía hay allí seguidores del Nagriamel, movimiento impulsado en 1980 por Jimmy Stevens, o Moisés, un visionario que no veía con malos ojos a los blancos si le daban dinero para la secesión de la isla nada más crearse la República de Vanuatu. Pero fue durante la Segunda Guerra Mundial cuando la isla de Santo (como hoy se la llama) recibió el mayor impacto cultural y económico. El ejército de Estados Unidos llenó hasta la bandera la base de Buttons con tropas y pertrechos bélicos. En aquella época apenas había 60.000 nativos en todo Vanuatu, mientras medio millón de soldados pasaron por sus islas.

Los ni vanuatu se quedaron anonadados ante un despliegue militar que no parecía tener fin. Sin embargo, los planes bélicos cambiaron y el Proyecto Manhattan desembocó en el bombardeo atómico del Japón. Los norteamericanos empezaron un repliegue considerable y rápido, lo que se llamó la Operación Roll Up.

Los nativos del sur de Santo no daban crédito viendo cómo los norteamericanos liquidaban como si fuesen basura las riquezas bélicas que habían acumulado. En 1945, el batallón de los seabees, los "abejas marinas", había construido una rampa y desde ella no pararon de tirar al mar camiones y jeeps intactos, ambulancias, tractores, latas de comida... Todavía ese sitio, Million Dollar Point, el Cabo del Millón de Dólares, constituye un paraíso para buceadores y peces. Hace poco conocí en Port Vila, la capital de Vanuatu, a Reece Discombe, explorador submarino que encontró los dos barcos de La Pérouse hundidos en 1788 en Vanikoro (Salomón). Reece me contó que en 1948 trabajó también en Santo y rescató muchos bulldozers. Los lavaron con agua dulce y volvieron a funcionar perfectamente. Pero aquel material acabó en Australia, y la gente nativa de Santo se quedó con un palmo de narices.

En la isla de Tanna, al sur de Vanuatu, todavía hay mucha gente que deposita su fe en los cultos del carguero. En la zona de Sulphur Bay se originó el culto de John Frum, que, según la hipótesis más probable, pudo ser un suboficial norteamericano de color que fascinó a los nativos melanesios porque alguien semejante a ellos controlaba un almacén militar, es decir, tenía la llave de un mundo de riquezas inimaginables. Eso sucedió en los años 40 del pasado siglo, cuando los nativos de Tanna vestían taparrabos y, en lo tocante a subsistir, plantaban ñames y desenterraban taros, además de ir a la palmera a por cocos, y de matar un cerdo de tanto en tanto. La admiración que sintieron los isleños hacia aquel personaje coincidió con el hastío que arrastraban desde los años 30 por las prohibiciones de los presbiterianos. Estos misioneros les empujaban hacia un abandono radical de todas sus costumbres, de sus indumentarias y bebidas tradicionales (entre ellas la kava, una raíz ligeramente narcótica).

Así fueron muchos quienes articularon en torno a John Frum la protesta que estaban incubando. Y acompañaron ese malestar con su deseo de que alguien, un mesías como John Frum, volviese un día a la isla y les redimiese en lo material y en lo espiritual, dándoles riquezas y quitándoles enfermedades. Quizá Frum pudiese convertirlos en inmortales.

Todos los años, el 15 de febrero los seguidores de John Frum, en torno a 6.000 de los 30.000 habitantes de Tanna, organizan un desfile en Sulphur Bay. Se despliega una modesta parafernalia militar. Sacan una vieja bandera de barras y estrellas y llevan palos que imitan fusiles. Respecto a los uniformes, algunos se limitan a pintarse sobre el pecho la palabra USA con letras rojas. Otros van hasta una pequeña cruz, pintada de rojo e hincada en la hierba, y ahí se recogen durante unos minutos. De este modo, los adoradores de la figura de John Frum ratifican su creencia en la venida de su salvador a no mucho tardar.

Las condiciones de vida material en Tanna siguen siendo precarias. Otra cosa es la belleza de una isla por donde corretean los caballos salvajes y dominada por las incandescencias del volcán Yasur. Es la morada de los dioses y de donde saldrá John Frum, el redentor.

No olvidan en Tanna que un día fue cierta y tangible la inmensa riqueza que se derramó sobre su isla. Los soldados norteamericanos usaban decenas de miles de "raciones C". Eran cajas de cartón que contenían pequeñas latas con carne, espaguetis, vegetales, café en polvo, chicle marca Wringley y un bizcocho. Todo eso se ha volatilizado, aunque algunos isleños de Vanuatu y Salomón viven en las Quonset huts dejadas por el ejército norteamericano. Se trata de unos hangares de chapa acanalada que se montan en poco tiempo y que resisten los tifones. Son asimismo unos cocederos con el clima tropical, pero, según los isleños, es mejor que tener que reparar todo el tiempo una cabaña.

Con el cambio de milenio surgió en Tanna otro culto milenarista en torno al profeta Fred Nasse, un visionario que dice que resucitó a su mujer en 2006. En otro momento predijo que el mar barrería el lago situado al pie del volcán Yasur. Y eso pasó en un reciente maremoto, haciendo aumentar los seguidores de Fred. Creen éstos que Fred tiene mayor poder que Frum, y de vez en cuando hay choques entre ambas facciones.

Otros que viven en paz su utopía son los partidarios del Prinsi Pilip en Yaohnanen, siempre en la isla de Tanna. El protagonista de ese culto es el príncipe Felipe de Edimburgo, todo un dios para los nativos. El cultó se originó en 1974, cuando el jefe Jack Naiva vio de lejos el Britannia, el barco de la familia real británica de visita en el archipiélago. Naiva volvió a su aldea de Yaohnanen y tuvo una visión: el marido de la reina Isabel II era una divinidad. Además, convenció a la gente de su poblado de que un día vendría cargado de riqueza para ellos. El príncipe Felipe de Edimburgo conoce este culto, y el palacio de Buckingham ha mandado fotos oficiales a sus adoradores isleños, que guardan como oro en paño en sus cabañas.