Valparaíso, el centro de Chile

Ubicada en el centro del mapa de Chile, prácticamente a la misma altura que Santiago, Valparaíso se distingue por ser el puerto más importante y la segunda población del país, pero es ante todo la ciudad más extraña y peculiar de Chile, una curiosidad urbanística y arquitectónica única en su género. A pesar de la huella del terrible terremoto de 1906, o precisamente por ello, conserva un irrevocable magnetismo reconocido en junio de 2003 por la Unesco al declarar su casco histórico como Patrimonio de la Humanidad. El poeta Neruda amó como nadie a esta ciudad.

Jaime González de Castejón
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Foto: Jon Hicks/Corbis

Como en un estudio cubista, los edificios de Valparaíso , encaramados a los cerros, miran provocadores al océano en un desafío a la gravedad y al vértigo, en posturas casi imposibles. Cuando Don Juan de Saavedra, uno de los capitanes del colonizador Diego de Almagro, descubre en 1536 los privilegios geográficos de la gran ensenada natural, enseguida la visualiza como el puerto comercial que dieciséis años más tarde mandará construir el rey de España, ajenos ambos por completo al fuerte crecimiento que un día le obligará a trepar por las laderas empinadas.

Inicialmente, los terrenos en los que se esboza Nuestra Señora de las Mercedes de Puerto Claro de Valparaíso apenas constituyen una estrechísima franja entre el mar y los acantilados de la cordillera montañosa que la rodea.

Como la mayoría de dársenas de la colonización hispana, se desarrolla de forma espontánea, sin acta de fundación. Tras las primeras casas surge una vigilante fortificación y una pequeña ermita en el lugar donde, tras sucesivas edificaciones, se ubica la iglesia de la Matriz, hoy encerrada por edificios y calles, pero diseñada en 1559 cerca de la costa, cuando las playas lamían los cerros y el Santiaguillo, la nave de Saavedra, fondeaba en lo que ahora son barrios ganados al mar.

Hasta 1850, la zona costera, llamada El Plan, era realmente angosta, pero el esfuerzo sostenido de los porteños y su gran espíritu luchador pronto comienza a idear un relleno sistemático para ensancharse. Los cinco mil habitantes de 1818, fecha de la Independencia de Chile, se multiplican por diez a comienzos de la segunda mitad del siglo XIX, una cantidad que en 1880 ya se ha duplicado.

Este desarrollo explosivo se debe a la condición indiscutible de Valparaíso como primer puerto de atraque en la ruta que rodea el Cabo de Hornos, atrayendo a ingleses, alemanes y franceses que se dedican al comercio de importación. Por aquel entonces la ciudad se hallaba dividida por un gran peñón en dos sectores diferenciados, El Puerto y El Almendral.

El tremendo terremoto de 1906 lo destruyó casi todo, pero a su vez provocó un desarrollo urbano más armónico. Se dinamita el peñón y una parte de la población se sube a las colinas mientras los más adinerados se alejan hacia las explanadas más cómodas de la cercana Viña del Mar, la actual prolongación lúdica de Valparaíso.

Para entender a Valparaíso es imprescindible conocer los desafíos urbanísticos que desde siempre ha tenido que asumir porque en eso precisamente residen los rasgos principales de su carácter, su astuta fantasía y la inevitable diferenciación entre los cerros y El Plan. Hoy El Plan se ha convertido en el sector de mayor actividad comercial y en zona de servicios públicos. La parte residencial se sostiene en los cuarenta y cinco cerros que configuran este anfiteatro oceánico, acogiendo al 95 por ciento de sus 285.000 habitantes.

Pero hay que aclarar que todos estos cerros no siempre son cerros en el sentido geográfico de la palabra; los primeros en poblarse, Cerro Alegre y Cerro Concepción, sí lo son, y muchos más también, pero otros son agrupaciones que se van creando, simplemente barrios o sectores.

En las décadas de 1960 y 1970 resultaba aleccionadora la convivencia espontánea que se establecía entre gentes diversas, sin importar diferencias de clases ni de otras índoles, y cada cual transitaba de un cerro a otro con toda familiaridad, o bajaba a disfrutar de la alegría que se vivía en el puerto en torno a sus típicos antros marineros, sus cabarets y sus restaurantes.

Decía Pablo Neruda que un recorrido completo por esta intrincada metrópolis equivalía a una vuelta al mundo. El carácter cosmopolita de Valparaíso, uno de los pocos lugares de Chile donde la consabida y repetitiva influencia española resulta prácticamente nula, se aprecia claramente en lo europeo de su arquitectura.

Frente a las elegantes balaustradas de los miradores, casas neoclásicas de comerciantes ingleses y alemanes de fines del XIX, de mármol, cristal y madera finamente trabajados, conviven con desconcertantes edificios criollos forrados de roñosa calamina; grandes mansiones de picudos torreones y envidiables terrazas y balconadas, como empingorotadas casas de muñecas teñidas de amarillos, rosados o celestes, aparecen junto a frágiles casuchas que exhiben su ropa tendida entre callejones y escaleras; antiguas residencias fastuosas contrastan con pequeños adosados de dos plantas de fachadas de chapa ondulada pintadas de brillantes colores... iglesias católicas, anglicanas y luteranas, recoletos jardines, ambientes bohemios, edificios modernos de varias plantas..., todo se superpone sujeto por un misterioso e inexplicable concierto.

En su Oda a Valparaíso, Neruda utiliza descripciones insuperables: "Disparate, puerto loco, cabeza con cerros desgreñada..., el vaivén de tus sordos callejones, el desenfado de tu movimiento, la claridad de tu marinería..., tan pequeña como una camiseta desvalida, colgando en tus ventanas harapientas meciéndose en el viento del océano...".

Metáforas extrañas para una ciudad extraña que cautivó a Neruda y a otros tantos artistas, poetas, pintores, cineastas y escritores, aunque sigue siendo entre todos ellos Neruda, Premio Nobel de Literatura en 1971 -que hizo proclamar a Alberti que "la poesía del continente americano limita al norte con Walt Whitman y al sur con Pablo Neruda"-, el símbolo más poderoso de Valparaíso y el mayor de los mitos chilenos. En julio de 2004 se celebró el centenario de su natalicio, y nadie se va de Valparaíso sin pasar por su casa museo La Sebastiana.

Neruda amó como nadie esta ciudad: "Valparaíso, un montón, un racimo de casas locas..., Valparaíso, secreto, sinuoso..., insólito puerto sin puertas a la puerta de los anchos mares..., un andamio en ventolera, un naufragio al revés, escalas que van al cielo, laberinto de colores...". También cantó sus desastres, profundamente sensible a la fuerza brutal que insufla aliento al puerto: "Te agarró el terremoto, corriste enloquecido, te quebraste las uñas, se movieron las aguas y las piedras, las veredas, el mar, la noche... Pronto, Valparaíso, marinero, te olvidas de las lágrimas, vuelves a colgar tus moradas, a pintar puertas verdes, ventanas amarillas, todo lo transformas en nave, eres la remendada proa de un pequeño, valeroso navío".

Desde principios del siglo XX, Valparaíso vive y pervive asida a la añoranza de una época dorada que cada vez le va quedando más lejos. En 1914, la construcción del Canal de Panamá, que permite a los barcos evitar la larga y peligrosa travesía de las rutas sureñas, le propina un fulgurante y repentino eclipse, y la hasta entonces denominada Perla del Pacífico empieza a perder su brillo nacarado.

Asume como puede el duro revés de su herido destino marinero, aferrándose a la nostalgia, conservando en la memoria la imagen plasmada en los viejos daguerrotipos cuando el puerto se llenaba con más de 300 buques, y las promesas de libertad de los ojos de tantos marineros del mundo se quedan colgadas en las bocanadas salitres de sus muelles.

En aquellos años esplendorosos se forjó el carácter de los porteños, todo llegaba aquí antes que a Santiago, pero lo más importante de todo es que llegaban las gentes, y con ellas un enriquecimiento natural, una apertura de mentes al compartir culturas diferentes, especialmente la alemana, la inglesa y la francesa, además de la italiana y la yugoslava, y el carácter porteño se abrió, se volvió más culto y mundano, aprendió la convivencia y la solidaridad como algo consustancial a su infraestructura, y aunque perdió capacidad económica e importancia comercial, guardó todo aquello y lo alimentó.

Por eso Valparaíso sigue atrayendo a gentes de todo el mundo como un potente imán con sus promesas de bohemia y libertad y el magnetismo irresistible de todos sus secretos ocultos.