Valles emblemáticos, iglesias románicas y puentes tibetanos: un paseo por Canillo, la joya de Andorra

La población de Canillo sirve de base para un veraneo con muchas dosis de naturaleza mañanera, tranquilidad al atardecer y fresco por la noche. Una alternativa al tópico invernal de este pequeño país pirenaico.

Unos cuantos lugares de Andorra que te enamorarán.
Unos cuantos lugares de Andorra que te enamorarán. / Cristina Candel

Existe una Andorra que va más allá de los comercios y termas de las poblaciones que se acurrucan en el fondo de los valles. Una Andorra de naturaleza y alta montaña, de monumentos medievales y de planes familiares que trascienden la temporada de nieve y que enlazan con una vida conectada con el mundo rural y las estaciones del año. Su paisaje recortado, en apariencia inaccesible, tuvo mucho que ver en la conformación del carácter andorrano y en la preservación de uno de sus patrimonios más preciados, el arte románico.

Esta tendencia artística y de construcción llegó a Andorra desde la Lombardía italiana gracias a los peregrinos que seguían el Camino de Santiago. Aquí se encontraron con un relieve complicado, marcado por desniveles y picos de considerable altura que convertían al Principado en un bastión inexpugnable. El aislamiento hizo que el románico perdurara hasta bien entrado el siglo XIII, cuando en otros lugares ya se estaba imponiendo el estilo gótico.

Iglesia de San Serni de Canillo.

Iglesia de San Serni de Canillo.

/ Cristina Candel

Muchas de las iglesias de los siglos X y XI tienen en su visual otras emplazadas en diversos puntos que dominan los alrededores, evidenciando su carácter religioso, pero también vinculado a la seguridad. Un ejemplo sería el templo de Sant Joan de Caselles, que desde lo alto de una colina domina la carretera N-II, vía de acceso a Francia desde la población de Canillo. De dimensiones modestas, destaca por su campanario exento y el porche que en el pasado servía de lugar de encuentro y debate para los vecinos, como si se tratase de un pequeño parlamento comunal. Su interior esconde uno de los escasísimos ejemplos escultóricos del país de los Pirineos, un Cristo de estuco incrustado en una pintura mural. Se halló por casualidad, durante la restauración realizada en el año 1963, ya que el abad de La Seu d’Urgell decidió que había que quitarlo de su ubicación, pero una vez lo tuvo en la mano, le pareció mal destruir una figura sagrada y la hizo esconder debajo del altar. Recordemos que el obispado de Urgel comparte la jefatura de Estado con el presidente de la República francesa desde que se instauró esta figura en el siglo XI. En fin, que la opinión del religioso tenía (y tiene) su peso.

Adriana Fernández

Arcos abiertos al cielo

Los turistas japoneses aprecian el románico andorrano por su sencillez y minimalismo, afín a una visión budista del mundo. Pero en términos de devoción andorrana, el cercano Santuario de Meritxell no tiene rival. La capilla que guardaba la preciada talla de la virgen fue destruida por un incendio en el año 1972, un duro golpe para sus devotos, que aquí son multitud, pero el conjunto fue rehabilitado y convertido en un amplio espacio con arcos abiertos al cielo por el arquitecto Ricard Bofill, como si se tratara de una iglesia con las nubes por techo. El efecto estético es impecable, mientras que los restos del santuario original se han convertido en un espacio consagrado a la memoria colectiva del país pirenaico. Además, el conjunto forma parte de la Ruta Mariana desde 2014 o, lo que es lo mismo, está conectado por lazos de fe con el Pilar de Zaragoza, Torreciudad en Huesca, Montserrat en Barcelona y Lourdes en Francia.

Basilica Santuario de Nuestra señora de Meritxell

Basilica Santuario de Nuestra señora de Meritxell

/ Cristina Candel

El puente tibetano

La inevitable visita al santuario de Meritxell tiene desde hace un tiempo un rival laico en cuanto a visitas en la misma parroquia de Canillo. Se trata de un puente tibetano superlativo suspendido sobre la Vall del Riu. Como el nombre indica, esta estructura se inspira en las pasarelas con los que se salvan grandes desniveles en las montañas del Himalaya. Aunque lo sujetan imponentes cables de acero, la peculiaridad de la construcción no evita que el cimbreo se vaya notando más y más a medida que se avanza hacia el centro, y aún más si la visita tiene lugar un día de público numeroso. Su longitud es de más de medio kilómetro, 603 metros, que deben cubrirse de ida y de vuelta, por lo que no es aconsejable para aquellos que sufran de vértigo. En todo caso, la distancia de 158 metros hasta el suelo y la cota de 1.875 metros en la que está instalado, garantiza unas vistas extraordinarias, que se complementan más tarde desde el mirador del Roc del Quer.

Puente Tibetano en Canillo, Andorra

Puente Tibetano en Canillo, Andorra

/ Cristina Candel

Ambas atracciones se alcanzan gracias a un servicio público de autobuses, aunque requieren de una discreta caminata en su parte final. El remate del mirador en sí es una pasarela pavimentada con vidrio que se adentra en el aire, un nuevo desafío para quien no gusta de las alturas, y la remata la escultura El pensador de Miguel Ángel González, que apoyado en su atalaya contempla los valles de Montaup y Valira d’Orient a sus pies.

Puede que la tentación de regresar a Canillo en un medio rodado sea grande, pero si no hay prisa, mi recomendación es volver a pie del mirador a la población, por sendas claramente señaladas que permiten disfrutar de las vistas un buen rato más y sin gran esfuerzo, aprovechando que todo es bajada. Un estupendo aperitivo antes de lanzarse a explorar las zonas de alta montaña cercanas, como las del valle de Incles.

Incles, un valle emblemático

Ocultos por el atractivo de los deportes de invierno, los paisajes subalpinos y alpinos de Andorra constituyen un destino de primera para los aficionados al excursionismo. Además, la altura hace que las temperaturas desciendan hasta un nivel muy agradable por las noches, lejos de los niveles tórridos de tantos lugares de la Península Ibérica en verano. De entre todas las opciones disponibles, Incles promete una experiencia cómoda y familiar en su parte baja, evolucionando hacia retos más exigentes en lo alto. El valle se ubica entre Canillo y El Tarter —en el camino a Soldeu y las pistas de Grandvalira—, y sobre todo en primavera parece un jardín pintado por la paleta de un artista impresionista por la abundancia de lirios, gencianas, rododendros y narcisos de los poetas, que son la flor nacional del Principado.

Valle de Incles, Andorra

Valle de Incles, Andorra

/ Cristina Candel

De origen glaciar, en su inicio el terreno del valle es llano y salpicado de bordas, las sobrias construcciones en piedra que animan el paisaje con la presencia humana. Si la traza parece demasiado cómoda o poco exigente, siempre se pueden afrontar los seis kilómetros que separan Incles de las Basses de Siscaró, unos hermosos estanques de montaña que en verano son la despensa de las marmotas y que en invierno parecen una pista de hielo. Pero en materia de lagos, el Circo de Pessons y el pico del mismo nombre, con 1.865 metros y ya casi en Francia, son lo máximo. A los pies del Pessons se concentran siete espejos de agua consecutivos, entre los que destaca el Estany Forcat y la masa boscosa que lo rodea, donde no falta el pino negro y el abeto. Para los montañeros que están más en forma, incluso cabe la posibilidad de conectar uno de estos recorridos con el Valle de Sorteny, al noroeste, un parque natural declarado Reserva de la Biosfera en 2020. Quien quiera ir directamente, puede hacerlo en coche hasta El Serrat, descubriendo de paso algunos pueblos tradicionales que uno jamás imaginaría encontrar tras contemplar los nuevos edificios de Andorra la Vella o de Escaldes–Engordany.

Valle de Incles, Canillo, Andorra

Valle de Incles, Canillo, Andorra

/ Cristina Candel

Un poco de adrenalina

Volviendo a Incles, si lo que se busca es un simple paseo en familia, el arranque del camino del Obac es ideal. Y si los dos kilómetros y medio de la ruta hacen mella en los más pequeños, conviene saber que un tren eléctrico va y viene desde el fondo del valle todo el día entre junio y septiembre.

Iglesia San Juan de Caselles, Canillo, Andorra

Iglesia San Juan de Caselles, Canillo, Andorra

/ Cristina Candel

Si, por el contrario, se requiere de un plus de adrenalina, Andorra cuenta con 16 vías ferratas perfectamente equipadas con cables, herrajes y escaleras. Estos itinerarios deportivos sobre roca conviene afrontarlos con un guía, y siempre equipados de casco y arnés. Al cabo de un rato, el manejo de los seguros se interioriza y se empieza a disfrutar de verdad de la experiencia. Hay tres niveles de dificultad, por lo que los primerizos pueden optar por una ruta de iniciación en el Canal de la Mora de Canillo o bien en Segudet, muy cerca de Ordino. Después de tanta naturaleza, quizá apetezca un contrapunto con olor a gasolina, pero en formato museístico. En tal caso, el Museo de la Moto de Canillo es nuestra opción, si bien las piezas más sorprendentes no son las de motor de explosión, sino las impulsadas por vapor. Las motocicletas Henry Capel Lofft Holden, de origen británico y patentada en el 1896, y la Diamant francesa del 1900 funcionaban a la manera de las antiguas locomotoras. La muestra recorre dos siglos de evolución a través de más de cien piezas expuestas en perfecto estado de revista.

Pero el mundo de las dos ruedas no acaba aquí, puesto que el auge de las bicicletas eléctricas ha abierto todo un mundo de posibilidades para un público cada vez más numeroso y, por qué no decirlo, quizá físicamente menos preparado. El año pasado ya tuvo una muy buena acogida el proyecto Grandvalira E-Bike, que este año ya cuenta con más de cien kilómetros de circuitos señalizados y que aprovecha las telecabinas existentes en lugares como Soldeu o Canillo para facilitar el acceso al inicio de varias pistas.

En fin, que planes no faltan cuando se quiere veranear en la zona… pero no nos olvidemos de que también podemos echar el freno, sentarnos a la sombra de un bosque de pino negro y, simplemente, esperar a que el silencio se imponga y obre su magia, convocando reyezuelos, jilgueros, o, con suerte, alguna ardilla o corzo. A fin de cuentas, estamos de vacaciones.

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