La Vall de Boí: románico puro en el Pirineo

De la Lombardía del siglo XI llegaron los constructores de la casi decena de iglesitas que, sorprendentemente uniformes, se concentran por este escondido valle del Pirineo leridano. En noviembre se cumplirán veinte años desde que la Unesco bendijera como Patrimonio de la Humanidad todo este emocionante conjunto, cuna y máxima expresión del románico catalán

Elena del Amo
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Foto: LUIS DAVILLA
Revista VIAJAR

Algunos papas de la Alta Edad Media dejaban bastante que desear. Como Benedicto IX, “un demonio del infierno disfrazado de cura”, a decir del reformador benedictino San Pedro Damiano. Aun con todo, las peregrinaciones a Roma estaban hacia el fin del primer milenio que se salían. Con la idea de hacerse con unas bulas para un par de monasterios, allá que partió Sunifred II, el primer conde de la Marca Hispánica en pisar la Ciudad Eterna, acompañado por un séquito de fuerzas vivas de la Cataluña recién conquistada a los musulmanes. Los templos románicos que le salieron al paso debieron dejarle tan fascinado que, de regreso a casa por Lombardía, se ve que convenció a una cuadrilla de picapedreros y maestros canteros para que volvieran con él y le levantaran unos parecidos en pleno Pirineo. Así se explican los campaniles tan a la italiana de las ocho iglesias y una ermita del leridano Valle de Bohí que la Unesco, hará en noviembre veinte años, tuvo el acierto de bendecir como Patrimonio de la Humanidad.

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Aunque el conde murió sin descendencia, la construcción de estas joyitas, esparcidas sobre una treintena de kilómetros por la comarca de la Alta Ribagorza, quedó asegurada gracias a los muchos dineros de los señores de Erill, ávidos de acumular prestigio tras su rápida ascensión social en la zona y de consolidar un poder feudal que mantendrían hasta el final del Antiguo Régimen. La visita al conjunto podría arrancarse por la absolutamente imprescindible de Sant Climent de Taüll; sí, la misma que nos obligaban estudiar de memoria en el cole como “prototipo de iglesia románica de planta basilical con las tres naves separadas por columnas y cubierta de madera a dos aguas, cabecera con tres ábsides y esbelto campanario de torre”.

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Sin embargo, antes de hincarle el diente a cualquiera de ellas, mejor hacer un alto en el Centro del Románico que abre sus puertas en el pueblo de Erill la Vall. Sus pantallas y objetos a la vista permiten bucear de una forma muy didáctica en la jerárquica sociedad medieval de La Vall de Boí y la llegada del románico a tierras catalanas, en las peculiaridades y las técnicas constructivas de este estilo, nacido en torno al año 1000 en el norte de Italia y rápidamente extendido por media Europa, pero, sobre todo, sus salas aportan las claves para descifrar estos templos de los siglos XI y XII donde nada es casual: ni la orientación de sus campanarios –muchos de los cuales también servían para vigilar el territorio y mandarse mensajes entre las aldeas con banderas, juegos de espejos o antorchas– ni mucho menos la simbología de las pocas esculturas y muchos frescos que adoctrinaban en la moral cristiana a los en aquel entonces analfabetos feligreses. Incluso el propio uso de estas iglesias sorprendentemente funcionales iba más allá del culto, sirviendo tanto de almacén para el grano en los años de buena cosecha como de lugar de reunión para la comunidad, y hasta de refugio ante los enemigos en caso de ataque.

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COLECCIÓN DE LA UNESCO

Si la ermita de Sant Quirc se posa solitaria a 1.500 metros de altitud sobre la montaña de Durro, otras lo hacen en el meollo de uniformes pueblitos de muros de piedra y tejados de pizarra y madera que han sabido preservar todo el sabor campesino del Pirineo. Irresistibles los elementos decorativos de la portada y los capiteles de la iglesia de la Assumpció de Cóll, donde luchan hombres y bestias personificando los pecados a evitar so pena de abrasarse en el averno; los espectaculares ábsides de Sant Feliu de Barruera y Santa María de Cardet, o las grandes proporciones de la nave de la Nativitat de Durro, prueba de la importancia antaño de esta villa de hoy ni siquiera un centenar de habitantes.

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O la reproducción de las esculturas del Taller de Erill en la de Santa Eulàlia, presidida por la verticalidad de su campanario, de seis pisos y decoración manifiestamente lombarda, con sus arcos ciegos y sus ventanas geminadas a los cuatro vientos, además de los emocionantes murales de Sant Joan de Boí y Santa Maria de Taüll a pesar de ser también copias, pues la mayoría de las pinturas originales de estas iglesias se arrancaron para lucir, y de paso protegerlas de los amigos de lo ajeno, en el excepcional Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC), en Barcelona.

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Y, como guinda final, porque de admirarse la primera las demás podrían quedar algo eclipsadas, la mencionada Sant Climent de Taüll, consagrada el 10 de diciembre de 1123 por el bien relacionado con los señores de Erill y obispo de Roda-Barbastro Ramón Guillem, cuyos viajes por Francia e Italia le permitieron contactar con los mejores artistas de la época. Si bien muchas de sus policromías se guardan igualmente en el MNAC, conserva in situ algunos fragmentos recuperados recientemente, amén de tres tallas románicas y una proyección inmersiva o video mapping que, echando mano de la tecnología, permite imaginar cómo debía imponer en el siglo XII el mural del Pantocrátor de este templo que llega al alma. 

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Abiertas ininterrumpidamente al culto desde su construcción y apenas modificadas a lo largo del tiempo gracias al aislamiento del valle hasta bien entrado el siglo XX, estas sencillas iglesias de sillares de granito y vigas de madera comenzaron a restaurarse en la pasada década de los 90 al ser declaradas Bien de Interés Cultural por la Generalitat. Sumado al premio gordo de colarse en el listado de Patrimonio de la Humanidad en 2000, desde entonces cerca de dos millones y medio de admiradores de cualquier rincón del planeta se han dejado caer por esta esquina de Cataluña. Entonces y solo entonces los lugareños comenzaron a ser conscientes del tesoro que tenían, y a abrir, para atender a sus visitantes, hotelitos, casas rurales y restaurantes que le han dado un nuevo brío a la economía de sus pueblos.

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La comarca de la Alta Ribagorza recibió otro espaldarazo hace cinco años al inscribirse como Patrimonio Inmaterial la Fiesta del Fuego y las Fallas del Pirineo que celebran tantas de sus villas, así como, en 2018 e igualmente avalada por la Unesco, la certificación de los cielos del vecino Parque Nacional de Aigüestortes y Lago de San Mauricio como Destino y Reserva Starlight. La celebración será pues triple cuando, el próximo 30 de noviembre, se cumplan dos décadas del reconocimiento mundial a lo singular de este hilván de templos románicos. El programa de actos previstos para la conmemoración suma desde conciertos por varias de sus iglesias durante el verano, hasta una edición especial del Vall de Boí Trek Festival, una maratón de senderismo, en octubre, consagrada este año al aniversario.

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TERMAS Y GASTRONOMÍA

Por si faltaran excusas para una escapada a estos pagos, quedan a mano las caminatas por el Parque Nacional y los senderos que antaño unían estas aldeas pirenaicas o, pasadas las nieves, por las inmediaciones de la estación de esquí de Boí Taüll. También los servicios termales del balneario de Caldes de Boí o las carnes ecológicas, los quesos de cabra y las setas del valle que a los señores de la Unesco se les debió olvidar galardonar. Aunque se necesitan pocos aliños para rendirse ante esta soberana concentración de iglesitas, tan intactas, que una cuadrilla de canteros italianos, dejándose convencer por el conde Sunifred, vino en el siglo XI a levantar tan lejos de su casa.