Vacaciones remotas: cinco islas de Oceanía para que nadie te encuentre

En estos paraísos perdidos en las antípodas hallarás la desconexión absoluta

Noelia Ferreiro
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¿Decir adiós a la rutina para escaparse lo más lejos posible? ¿Perderse en un lugar exótico donde nadie pueda encontrarte? ¿Vivir el sueño de hallarse en lo más remoto del globo? Si tu idea de las vacaciones es sumergirte en la desconexión absoluta, aquí van cinco paraísos de Oceanía, perdidos entre el Índico y el Pacífico. 

Upolu (Samoa)

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Esta isla enclavada en el corazón de la Polinesia es una joya que emerge del mar envuelta en jungla. En su pequeño territorio, salpicado de soleados pueblos repletos de flores, no sólo se encuentran cascadas, ríos, piscinas naturales y fascinantes lagunas iridiscentes sino también algunas de las mejores playas del Pacífico Sur, como las que se suceden a lo largo del distrito de Aleipata.

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La vegetación exuberante supone un bálsamo de paz en el que encontrarse con uno mismo, mientras que la animación de Apia, la capital, invita a contrarrestar la soledad para el que se canse de tanta reflexión.

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En esta bonita ciudad de marcado sabor colonial en sus calles y fachadas encontrarás bulliciosos mercados y locales donde descubrir la calidez de sus pobladores, que fueron los primeros de este rincón del mundo en reclamar la independencia y de ahí que se mantengan muy fieles a sus costumbres.

Maui (Hawai)

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Conocida también como la Isla valle, es la segunda más grande de Hawai y constituye el destino soñado para todos aquellos amantes de dos elementos de la naturaleza: las playas, que son famosas a nivel mundial por su variedad y belleza (las hay de arena blanca, roja e incluso negra) y los volcanes como el Mauna Kahalawai y el Haleakala, que aparecen unidos en un istmo.

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Más allá de estos atractivos, podrás desconectar de la vida rutinaria entregándote a la práctica del deporte acuático (hay miles de posibilidades: surf, windsurf, snorkel, buceo...), avistando a las ballenas jorobadas que emigran desde Alaska hacia las aguas más cálidas, contemplando magníficos amaneceres y atardeceres desde Haleakala o disfrutando de la cocina orgánica que distingue a esta isla maravillosa.

Tetiaroa (Polinesia Francesa)

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Sí, has oído bien, es la isla privada del mítico y legendario Marlon Brando, que cayó rendido ante este paraíso, donde proyectó un ecohotel de lujo con 30 villas privadas. Sus propias palabras no dejan lugar a dudas sobre la magia del lugar: “Tetiaroa es hermosa más allá de mi capacidad de describir. Se podría decir que es la tintura de los Mares del Sur”, dijo el actor.

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Tetiaroa, que forma parte de las Islas de la Sociedad, consiste en un pequeño atolón aislado, a unos 50 kilómetros al noreste de Tahití, que está formado por una docena de pequeñas islas dispuestas en forma de anillo a lo largo de una laguna. Aquí sólo se puede llegar en avión privado con lo que la sensación de hallarse en un lugar perdido (¡y qué lugar!) está más que asegurada.

Vatulele (Fiyi)

Encarna la idea del edén en el más amplio sentido de la palabra. Vatulele (pronunciada Vah-too-lay-lay) es una isla situada en la Costa de Coral, al sur de Viti Levu, la mayor isla del archipiélago de las remotas Fiyi. Un lugar sólo apto para privilegiados.

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La retina difícilmente podrá creer lo que tiene ante sí: arenas blancas, aguas turquesas protegidas por arrecifes de coral y una vegetación exuberante en la que se esconden lagunas alimentadas por cascadas.

A todo ello hay que sumar su cultura sincrética, que bebe de la Melanesia, la influencia hindú y la herencia británica. Un coctel explosivo que no puede exhibir más belleza y sensualidad.  

Tasmania (Australia)

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Refugiarse en esta isla que se descuelga al sur del continente australiano es empaparse del aura de lo mítico y lo remoto, contagiarse del romántico paradigma de uno de los muchos rincones que anticipan el fin del mundo.

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Tasmania es uno de los territorios menos contaminados del planeta, un lugar agraciado con vastas extensiones vírgenes en nada menos que quince parques nacionales cuajados de playas, lagos y bosques fluviales.

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Estos paisajes sin sombra de civilización encierran una variedad apabullante para un territorio tan pequeño y propician la paz para todos aquellos que buscan aislamiento y vida salvaje.