Uzbekistán, leyendas de seda
Entre los siglos I a. C. y XV, las calles de Samarcanda, Bujará y Jiva estaban atestadas de caravanas que transportaban ricas mercancías entre China y Europa. Las cúpulas turquesa que coronan estas ciudades del corazón de la Ruta de la Seda recuerdan hoy aquel periodo de esplendor.

Todas las tardes, Laziz se dirige a la plaza Registán de Samarcanda para vender globos. Cada día los elige de un color y forma distintos desatando su imaginación y la de los viandantes. Cuando cae la noche y acaba su jornada laboral, suelta al cielo todos los que le han sobrado y comparte la escena en Instagram para seguir suscitando sueños anacrónicos en la joya más legendaria de la Ruta de la Seda.
El ajetreo de la reconocida como una de las plazas más bellas del mundo antiguo es constante. Niños jugando, parejas coleccionando fotografías y mujeres vestidas con prendas tradicionales se mimetizan con las fachadas de las tres antiguas madrazas (escuelas dedicadas a la enseñanza del Corán) que componen esta plaza, transformadas hoy en tiendas de artesanía y recuerdos. Registán fue erigida entre los siglos XV y XVII por orden del invencible Tamerlán, el conquistador turcomongol fundador del Imperio timúrida y orgullo nacional, y en ella se puede sentir cómo la historia muta y las leyendas cobran vida.

Registán, “lugar de arena” en persa. Podría poseer un bello significado literario y, en cambio, esa arena a la que hace alusión su nombre era la misma que absorbía y ocultaba la sangre de las ejecuciones que en ella se llevaban a cabo. También era sitio de mercadeo y de reunión, dos actividades vigentes a día de hoy.
El corazón de la Ruta de la Seda
A pesar de no encontrar un idioma común para comunicarnos, los uzbekos, de fama acogedora, interactúan con nosotros mientras que un espectáculo nocturno de luces colorea cuentos en las fachadas. Sorprende seguir encontrando esa curiosidad humana en el punto más popular de la Ruta de la Seda, un destino aún bastante desconocido a pesar de su fama histórica. ¡Cuántas experiencias diferentes pueden vivir distintos viajeros en un mismo espacio! Pero los encantos de Uzbekistán irán in crescendo a medida que avancemos por el sur del país, recorriendo campos de algodón sobrevolados por cigüeñas hasta llegar al desierto de Qizil-Kum, donde el corazón de la Ruta de la Seda sigue latiendo.

Situado en Asia Central, entre otras seis naciones “istanes” (Kazajistán, Afganistán, Kirguistán, Afganistán, Turkmenistán y Tayikistán), Uzbekistán es, junto con Liechtenstein, uno de los dos únicos países del mundo doblemente aislados del mar. Caracterizada por una extraña mezcla de Rusia y Oriente Medio, cultivada por su localización y su historia, la nación se distingue por tener tan buenas como necesarias relaciones con sus vecinos. 138 etnias —latentes en una curiosa mezcla de facciones—, el islam moderado de mayoría suní como religión y el ruso como segunda lengua, heredada de su periodo soviético, desde 1924 hasta el 1 de septiembre de 1991. Con todos estos datos cuesta pensar que la libertad de prensa llegara hace apenas ocho años.
Samarcanda, el fuerte de piedra
“Sa mar can da”. Solo el hecho de nombrarla hace perderse en un mundo de fantasía donde revivir las aventuras de Marco Polo. Este “fuerte de piedra”, como se traduce el nombre, fue fundado en torno al año 700 a. C. Unas columnas aún marcan su viejo territorio, pero sus monumentos están desperdigados por la ciudad y separados por grandes avenidas de estilo ruso. Uno de los más reseñables es la necrópolis de Shahr-i-Zindah, una avenida de 11 mausoleos decorados en pan de oro y mármoles, entre los que se encuentra Gur-e Amir, la “tumba del rey”, donde descansan los restos del héroe nacional indiscutible, Tamerlán, y que sirvió como ejemplo arquitectónico para el Taj Mahal. En su lápida se puede leer: “Si yo me levantase, el mundo entero temblaría”. Una inscripción que hace honor a su alma guerrera. En la necrópolis nos estremecemos con los rezos del imán mientras que distintos grupos de musulmanes van intercalándose para acompañarle en sus plegarias.

Tras sufrir terremotos y los destrozos de la conquista de Gengis Kan, en el siglo XI, al igual que sucedió en otros muchos enclaves del país, la necrópolis ha tenido que ser reconstruida y rehabilitada en diversas ocasiones.
El regalo de Tamerlán a su mujer favorita
En la antigua capital del imperio de Tamerlán, territorio que ocupaba toda Asia Central, también resulta indispensable visitar otro de los monumentos relacionados con el autoproclamado sucesor de Gengis Kan y restaurador del imperio mongol. Se trata de la mezquita Bibi-Khanum, un regalo de Tamerlán para su mujer favorita, de las más de 40 que tuvo. Una fachada de 35 metros de altura, decorada con azulejos, custodia un gran Corán de mármol, varias mezquitas y salas para aquellos antiguos caravaneros. Se ubica junto al bullicioso bazar Siyob, el más grande de la ciudad, donde hileras de puestos de especias y frutas —además de otros de cerámicas y ropa— aromatizan con exóticas fragancias. Entre ellos relucen las sonrisas de oro de las mujeres que recuerdan que Tamerlán también llevaba dientes de este metal precioso como símbolo de belleza.

Las mil y una noches en Bujará y Jiva
El Arq, del siglo XIII, define la zona histórica de Bujará, una ciudad con un extenso patrimonio monumental más concentrado que el de Samarcanda. Frente a esta fortaleza, una torre-mirador con luces cambiantes contrasta con la historia tallada en los muros, historia que se remonta a 2.500 años atrás, cuando fue fundada bajo el dominio de los persas.

Perderse por esas callejuelas, que desembocan en bazares cobijados por una sucesión de cúpulas, es descubrir sus más de 100 edificios históricos, los mismos que la llevaron a ser declarada Patrimonio de la Humanidad en 1993. Desde el complejo Poi-Kalyan hasta Lyabi Khause, la plaza principal de Bujará, donde su vida palpita con fulgor alrededor de un estanque, especialmente cuando cae la noche. En sus restaurantes es posible degustar el plov o pilaf, el plato tradicional por excelencia elaborado a base de carne de cordero con arroz, garbanzos y verduras que acompañar de una cerveza local o vodka. También hay numerosos comercios de prendas y marionetas encargadas de dar voz a las leyendas del lugar. Los bazares se entrelazan, Taqi Sarrofon, dedicado al cambio de dinero y a la orfebrería, o Taqi Telpak, el de los tejedores de alfombras y telas que reproducen la geometría de las decoraciones de los edificios en llamativos bordados.
En Poi Kaylan, las mismas señoras ocupan los mismos bancos día tras día, una niña se pasea con globos de colores bajo el imponente minarete Kalan, reflejo de que el tiempo vive detenido aquí, en el exotismo que evoca la Ruta de la Seda. Cuando cae la noche, las luces iluminan esta plaza, símbolo de una de las ciudades más sagradas del islam: la mezquita de Kalan, los 45 metros de su minarete tallado con figuras geométricas y la madraza del emir Alimkhan.

El mar de Aral, el desierto más joven del mundo
Dejando atrás Bujará, avanzamos hacia el suroeste de Uzbekistán atravesando caminos dorados y rojizos que nos indican que el desierto se encuentra cerca. Rozamos la frontera con Turkmenistán, delineada por el río Amu Darya. Al norte del país es el río Sir Darya el que serpentea por su frontera con Kazajistán, también perfilada por el cada vez más extinto mar de Aral. A la imparable desertización de este mar contribuyó, en gran parte, el desvío de estos dos ríos que lo alimentaban, para el cultivo de algodón a principios del siglo XX. El que fuera el cuarto mar de interior más grande del mundo ha visto reducir su tamaño a un 10 % de lo que fue, hecho que ha provocado graves tormentas de sal y polvo afectando a la agricultura, a los ecosistemas y a la salud de la población. El mar de Aral es hoy el desierto más joven del mundo, un desierto de sal conocido por su cementerio de barcos oxidados en puertos evaporados.
Las arenas de otro desierto, el de Qizil-Kum, arropan la orilla de la carretera. Esas mismas arenas parecen esculpir el fuerte de Jiva, Itchan-Kala. Sus murallas encierran el casco histórico de esta ciudad construida en adobe, en la cual la magnificencia de la Ruta de la Seda se dispara. Las paredes de Khiva, como también se la conoce, se tornan rosas cuando el cielo tiñe la tarde. Rosas que, combinados con los turquesas de su minarete inacabado Kalta, siguen desvelando mil y un cuentos. Contemplarlos al atardecer, desde alguna de las terrazas que ocupan las azoteas de sus edificios, nos hace imaginar la vida de este reino independiente que, en 1873, empezó a pertenecer al imperio ruso.

El skyline de Jiva está delineado por otros 11 minaretes de los 80 que tuvo en su momento compitiendo en su ascensión al cielo, como el de Islom Huja o el de Juma. En sus sombras, la vetusta madraza Mohammed Amin ejerce como hotel, la mezquita de Juma es un bosque de más de 200 columnas de madera tallada y el palacio Tash Khovli muestra su opulencia pasada como harén del rey Kan Allakuli. Son algunos de los monumentos entre los que perderse siguiendo los tejidos ikat de los puestos de bazares, que en Jiva ocupan todas las calles. En algunos de los edificios, sus patios están presididos por yurtas, fabricadas con lana de camello, rememorando la importancia que estas tiendas tuvieron en la vida nómada de la zona.
Brutalismo en Tashkent
Como contraposición a estas ciudades talladas por el peso de la historia, la capital de Uzbekistán exhibe una estética moderna y cosmopolita muy distinta, poblada de grandes parques, como el de Ankhor, junto al que se encuentra el Palacio del duque de Romanov (1889), que ha funcionado como museo de arte, o el parque de la Ciudad de Tashkent, el área recreacional más amplia de la ciudad flanqueada por los flamantes rascacielos del distrito de negocios. En este último, un espectáculo de luces y sonido da la bienvenida a los visitantes en su fuente.

Desde la Plaza Amir Tamur, la cual ha cambiado de estatuas y nombres a lo largo de la historia, asoma el Hotel Uzbekistán, una mole de hormigón ornamentado levantada en 1974, brutalismo soviético en toda su expresión. Para descubrir otras sorpresas de Tashkent, habrá que sumergirse en el metro y explorar sus distintas estaciones, verdaderas obras de arte con decoraciones hipnóticas, de temática soviética e influencias islámicas, que desarrollan el más puro estilo uzbeko. Es el caso de la estación de Kosmonavtar, que homenajea a los cosmonautas soviéticos por medio de retratos espaciales sobre un fondo azul. Hasta 2018 estuvo prohibido fotografiar el metro de Tashkent, ya que su uso contemplaba las funciones de emplazamiento militar y refugio nuclear.

La mezcla de modernidad y tradición de la urbe se hace especialmente notable en lugares como Sayilgokh, que viene a traducirse como “avenida de eventos”. Food trucks y puestos de ropa, arte, regalos o juguetes entre atracciones de tiro con arco o dardos tejen la diversión de grandes y pequeños mientras que varios artistas despliegan su arte en este lugar rebautizado como Broadway. Los uzbekos deambulan por esta vía ávidos de sentirse cerca de la avenida de luces neoyorquina, dando así rienda suelta a las nuevas leyendas de seda.

La Ruta de la Seda
Fue en el siglo I a. C. cuando el emperador chino Wu, de la dinastía Han, se interesó por establecer lazos con civilizaciones del oeste. Desde China hasta Venecia, fueron varios los caminos por los que circularan caravanas de comerciantes hasta que en el año 1453, el imperio otomano boicoteó el comercio y clausuró las rutas. En sus camellos, los mercaderes transportaban sedas, pieles, té, porcelanas y especias y regresaban de Europa cargados con piedras preciosas, lana, oro y plata tres años más tarde, tiempo que tardaban en completar el trayecto. El término de ensoñación “Ruta de la Seda” sería acuñado por el geógrafo alemán Ferdinand von Richthofen en el siglo XIX, agregando al imaginario aventuras de grandes viajeros entre los que se incluía el mercader veneciano Marco Polo, quien cruzó estas tierras en el siglo XIII, o Ruy González de Clavijo, embajador del rey castellano Enrique III. El español dejó constancia de su paso por Samarcanda en 1404 en Historia del Gran Tamorlán. Ya no hace falta ser Marco Polo para vivir aventuras de seda. Desde septiembre hasta finales de octubre, un vuelo chárter es el encargado de acercar a los viajeros a Tashkent o Urgench (ciudad vecina de Jiva) en algo menos de siete horas de trayecto. Consulta más información en kannak.es.
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